A propósito del debate sobre el filósofo italiano

Apología de Agamben

Parece ser –permítaseme el coloquialismo– que la pandemia creó un nuevo deporte intelectual: pegarle a Agamben. Resulta curioso que, en torno a uno de los nombres que obtuvo rápidamente éxitos editoriales y ocupó lugares de privilegio en las currículas universitarias, confluya ahora un denodado encarnizamiento por parte de los mismos que leyeron y enseñaron sus teorías. ¿Devolverán las becas quienes las obtuvieron justificando sus investigaciones en el pensamiento del otrora prestigioso autor, devenido traidor? ¿O se es agambeniano en el claustro y pragmático en el resto de los ámbitos, como los filósofos ilustrados que no se perdían la misa del domingo, mientras de lunes a viernes elaboraban ideas ateas?

La incapacidad para vincular los conceptos de Giorgio Agamben con los sucesos actuales no se debe, como se le objeta, a su dificultad para leer la realidad, sino a la superficialidad con la que son interpretados sus textos. Es que, lejos de estar atravesando una situación completamente novedosa, sus propios análisis dan cuenta del modo en que las circunstancias se inscriben en una concatenación de fenómenos que cuentan con innumerables antecedentes en la historia de Occidente. Así, habiendo construido su obra –en diálogo con Arendt, Foucault y Benjamin, entre otros– enfatizando en la forma en que la biopolítica deriva en un estado de excepción permanente, en el que la decisión sobre la vida y la muerte legitima y funda modalidades de sujeción, no deberían llamar la atención los aspectos en los que coloca el foco de sus análisis.

Pero de lo que se trata aquí es menos de defender una teoría que, por su profundidad, resistirá a los débiles embates que le profieren, que de problematizar el vínculo entre el intelectual y la coyuntura, que la disputa en torno a Agamben expresa con claridad. Quienes se involucran con los sucesos presentes, siguiéndolos día a día bajo la lógica de la comunicación viral, encuentran en sus postulados una falta de responsabilidad. Pero es justamente este atributo el que obtura la capacidad esencial que define a los intelectuales: el pensamiento. 

Es que el lugar –ni universal ni obligatorio– que éste ocupa en la sociedad, compartiéndolo con los artistas y los poetas, no es el de inmediatez. Sólo deteniendo el tiempo y distanciándose de la coyuntura, puede observarse con claridad el presente. Desde ese bloque espacio-temporal, que Agamben denomina lo contemporáneo, pueden señalarse las contradicciones, más allá de la vertiginosa actualidad. Ello explica el que, muchas veces, su reconocimiento no se produzca sino después de mucho tiempo de haber plasmado sus obras.

Lejos de proponer, a lo Platón, un estado gobernado por filósofos, atendiendo al sentido común, la velocidad de reacción y la primacía de lo actual que implica llevar las riendas de una nación, conviene también remarcar que la temporalidad instantánea y la lógica de la responsabilidad empañan la actividad intelectual. Sólo reservando ese espacio marginal –literalmente hablando– desde el que la realidad se observa con la distancia del pensamiento, puede establecerse un diálogo indirecto con la política que, precisamente por no resolverse en el presente, nos abra una perspectiva de futuro.

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