“¡Ey! ¡No está bien tratar de puta a otra chica!” La frase de la heroína Stargirl no define necesariamente a la serie pero sí al personaje, y delimita bien el universo de problemáticas que recorrerá en sus capítulos. Y ahora, ya con media docena de episodios estrenados, también se la pueda poner en perspectiva con las otras propuestas televisivas del universo de DC Comics (Arrow, Flash, Supergirl, Legends of Tomorrow, Black Lightning, Titans), también conocido como “Berlantiverse” por la mano de su productor general, el guionista estadounidense Greg Berlanti.

Stargirl retoma un personaje de DC Comics. En esta adaptación, Courtney es una adolescente que, por esas cosas de la vida, termina con el “báculo estelar” –o de las estrellas, según la traducción de “star staff”– que pertenecía a Starman, un encapotado de la era de plata de los superhéroes que integró la Justice Society of America (JSA, o Sociedad de la Justicia de América), el antecedente de la edad de plata de la actual Liga de la Justicia.

La JSA se enfrentó –y perdió miserablemente– contra la Sociedad de la Injusticia que, obviamente, sigue activa. Y no hace falta imaginar el resto: la piba buscará llevárselos puestos mientras recrea el equipo que la antecedió con lo que tiene a mano: sus compañeros de secundaria.

 

Hasta ahí, y un poco más adelante también, la cosa es bien de fórmula. Berlanti no es un gran innovador, pero sabe encontrarle el punto a las series y anclarlas en un tema que las identifica. Si en Black Lightning los problemas de la comunidad afrodescendiente se mezclaban con los deberes paternales del protagonista, en Stargirl se cruzan las relaciones adolescentes con una dinámica de traspaso generacional.

Acá hasta los villanos tienen hijos y piensan sus proyectos de dominación mundial en función de ellos. Desde el primer capítulo el espectador puede jugar a adivinar qué descendiente seguirá los pasos de sus padres, cuál intentará romper la tradición familiar y quién podría negarla para unirse a los héroes.

Superheroísmo y adolescencia

Si bien no se explica directamente, es fácil intuir que el báculo mágico le da sus poderes a Courtney por sus persistentes buenas intenciones. De ahí el énfasis de los primeros capítulos por pararle el carro a la bully y su slut shamming (y luego, por redimirla), la práctica de tratar de “puta” (slut) a cualquier piba que ejerza su propia sexualidad. En el caso de la serie, ese slut shamming tiene algo de admonitorio, porque va de la mano de la violación de la privacidad que un flaco ejerce sobre una piba. Así, Stargirl aprovecha una temática especialmente sensible para quienes transitan la adolescencia para motorizar la trama.

Lo llamativo es que, hasta ahora, los temas adolescentes eran una rareza en el universo Berlanti de superhéroes. En todo caso, aparecían algunas cuestiones vinculadas a lo juvenil, pero siempre en personajes secundarios: la hermana de Flecha Verde en Arrow, las hijas devenidas heroínas del protagonista de Black Lightning, la extrañeza y el desfase con el mundo en Titans, que más bien hablaban de esa transición entre la adolescencia y la primera adultez.

 

Pero las propuestas televisivas de DC Comics bajaron progresivamente la edad de sus protagonistas. En Arrow, Oliver Queen ya entraba en escena con indisimulables más de 30 años y sus problemas eran todos muy serios. Ahí llegó Flash para sostener la cuota de melodrama pero alternarla con momentos más risueños, pero el Barry Allen de esta serie ya tenía veintilargos. Supergirl, más tarde, sería un poco más joven, pero en todo caso sus conflictos personales eran los de cualquier veinteañera que da sus primeros pasos sola por el mundo. En Titans, pese a que la cuestión juvenil está muy presente, son personajes por fuera del mundo. Su desarrollo no está dado tanto por su relación con él como por lo excepcional de su situación.

Y es en este sentido que Stargirl llama la atención. Porque Stargirl sí se propone a sí misma como serie de adolescentes. Incluso hay un chiste recurrente en casi todos los capítulos, que es cuán ridículos son los adultos para nombrar las cosas. Y si se presta atención, hasta los propios villanos son un poco ridículos. Al fin y al cabo, su tiempo ya fue: es la hora de ella y sus amigues.