Aisladites sociales preventives y obligatories; revoilusionarios de café; barbijos y barbijas de ideales pasados pero no pisados; amigues a más de dos metros; esclarecides de la incertidumbre; jóvenes que saben que algún día no lo serán; grupos de riesgo informático (sesquicentenials que tocamos una tecla equivocada y ¡paf! arruinamos nuestra compu o nuestro celu para siempre); deseantes y deseantas de todas las edades; sexagenials septuagenials, octagenials y nonagenials; conciudadanesas que al único bar que van es al Bar Bijo; profesionales de la salud-que-les-están-rompiendo con el riesgo de romperse; docentes -esenciales para que siga habiendo presente-; encargados y encargadas que se encargan; vecinos y vecinas que entienden que “la patria es el vecino del quinto B o la vecina del tercero C”: los llevo en mis latidos, los inhalo, y no lo expulso en los estornudos que la primavera me obsequia como buen alérgico que soy.

Hace siete meses que Dios le da pandemia al que no tiene dientes; y al que tiene, también. Un bebé concebido en el lejanísimo enero precovídico nacería ahora, y "si es nene, le ponemos Barbijo; si es nena, Lavandina”. El cafecito que tanto nos convoca se ha vuelto una trampa eventualmente mortal. #ElSabordelContagio es tendencia en estos tiempos en que los algoritmos se han vuelto dioses que deciden nuestros destinos.

Es difícil creer que todo se debe a que un murciélago chino mordió a la serpiente equivocada que fue vendida a un restaurante donde un cliente tomó la sopa más dañina de la historia. Tampoco creemos que lo trajo la cigüeña de París ni que fue un comando iranovenezolanomapuche. Ni que fueron los afroamericanos, los judíos, los gays, los musulmanes, las mujeres, los pobres, los progres, los elefantes, los escépticos, los veganos arrepentidos, los acuarianos, los nerds, los varones, los que laburan noche y día como un buey. Pero que el virus está y enferma, contagia y mata, eso sí sabemos que es cierto.

¿"Sabemos"?...

...Entonces, ¿somos conscientes de que estamos arriesgando la vida de nuestros vecinos por tomar un heladito/café en la calle y no en nuestra casa, un ratito después?

...Entonces, ¿de verdad creemos que vale la pena arriesgar nuestra vida u obligar a que un empleado arriesgue la suya para vender un par más de zapatos/camisas/celulares?

...Entonces, ¿tiene sentido tomarnos una cerveza con los amigos, todos juntitos en el mismo lugar, y de la misma botella eventualmente envirulada (ruleta rusa al uso nostro), total somos jóvenes y no nos va a pasar nada?

...Entonces, ¿tan importante es lo que tenemos que decir que vale la pena decirlo en plena calle y sin barbijo, para que todos y todas les que pasen a menos de dos metros oigan nuestro virus?

Alguien, un ahora excontacto, me dijo: “Se ve que no te dedicás a la gastronomía”, con tono de enojado neoliberal que debía hablar libertariamente en salvaguarda de las fuentes de trabajo que le importaron un cuarto de bledo durante los cuatro años de mauritocracia pero que ahora le estallan antipopulísticamente en las fake venas. Se puede pedir un café o una comida a domicilio, incluso se puede pagar la comida a cuenta y disfrutarla luego, ¿no?

Mi respuesta fue: “Se ve que no te dedicás a la salud”.

Mientras elles intentan infructuosamente escapar de la Venezuela que alucinan (un efecto adverso del Lilitazepam o del Duhaldopidol que toman todos los días sin saber), otros, otras, otres —profesionales de salud, docentes, artistas, algunos funcionarios—, quizás con aciertos y errores, tratan de recordarles que, además de dinero, en la vida hay salud y amor. Pero así como el suero equino es un posible remedio contra la Covid, el suero de gorila no parece funcionar contra el neoliberalismo, la infodemia y algún otro infortunio de cuyo nombre prefiero no acordarme.

Acompaña esta nota, el video Militancia de la cuarentena (partes 1 y 2), en el YouTube de RS Positivo (Rudy-Sanz):