La ciencia, según la propia definición de la Real Academia Española, es el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente. Este acervo de conocimientos obtenidos bajo esta metodología le ha permitido a la humanidad, desde sus albores, la exponencial mejora en sus condiciones de vida, con lo cual la ciencia se ha constituido como el motor fundamental de todo progreso.

Con el advenimiento de la pandemia del covid-19, el método científico ganó súbitamente un terreno que hasta ahora solía serle ajeno: el de los medios masivos de comunicación. El repentino cambio de vida que originó la pandemia hizo que la carrera científica por el descubrimiento de las causas, las estrategias preventivas y la cura misma de la enfermedad se transmitiera segundo a segundo en la órbita mediática. De esta forma, pudo observarse por estos diversos canales modernos y masivos los maravillosos beneficios del método científico que alcanzaron su máxima expresión con el descubrimiento y la producción de múltiples vacunas en un tiempo absolutamente récord.

Sin embargo, las palmarias evidencias existentes en la historia de la humanidad en favor del método científico no han logrado que su rigurosidad y beneficios se derramaran en todos los ámbitos. Puntualmente en el universo de la política el avance de la modernidad no ha sido suficiente para permitir la difusión de este método, sino que, por el contrario, cada vez es menos científico el tono de las disputas en las arenas políticas.

Degradación

Este fenómeno global de degradación del método científico en el discurso político ha encontrado en los últimos tiempos grandes referentes a nivel internacional, como lo han sido Donald Trump o Jair Bolsonaro, casos emblemáticos. En el ámbito local la vacuidad del discurso político ha alcanzado también niveles de un paroxismo absolutamente inescrupuloso.

En una primera instancia se comenzó menospreciando la gravedad de la pandemia, luego se negó su existencia y se llegó incluso a sostener que la misma era un invento para la dominación y control de las voluntades de los individuos bajo diversos intereses.

Con la llegada de las primeras vacunas se acusó de “envenenadores” a quienes osaban comenzar a inocularlas en la población. A las pocas horas, la acusación mutó a la de “asesinos” por no aplicar la vacuna a la totalidad de la población con la suficiente rapidez en un mundo absolutamente caracterizado por la escasez de este recurso tan preciado.

Este fenómeno permite observar cómo el discurso político hegemónico se encuentra absolutamente eximido de aportar pruebas que respalden sus acusaciones o sus denuncias o lo que es aún peor, se encuentra exonerado en la exigencia de la más mínima coherencia argumental. 

Pero como es harto evidente estas ventajas no se restringen únicamente a cuestiones relacionadas con la pandemia, sino que se extienden a cualquier espacio de discusión pública. El menosprecio por el método científico y por la lógica es, en definitiva, la reivindicación de la mentira, y cuando la mentira se consolida y se extiende lo que se fortalece es la capacidad de daño.

Discursos

Esta ventaja discursiva que la élite política, especialmente en sus expresiones más extremas, ha sabido construir en los últimos tiempos se sustenta fundamentalmente en su demagogia y en su desvergonzada irresponsabilidad, a partir de las cuales se les permite decir prácticamente cualquier cosa, sin necesidad de demostrar la veracidad de sus afirmaciones. 

Así es que pueden, sin enfrentar la más mínima objeción o repregunta, responsabilizar sobre las problemáticas que atraviesa la sociedad a inmigrantes, a desposeídos o a ciertos sectores que según ellos “se embarazan para cobrar planes” y luego dilapidarlos “por la canaleta del juego y la droga”.

Lo que distingue al método científico es ciertamente su potencia transformadora hacia el progreso y es por ello que los sectores de poder concentrado se ven amenazados frente a la posibilidad de todo cambio que pudiera surgir de dicho procedimiento. 

La derecha tiene absolutamente claro que, en el marco de la discusión política, la ciencia y los argumentos que de ella se desprenden debilitan sus posiciones de privilegio. Por eso intentan desterrarla del ámbito de debate público. 

A sabiendas de esto, aquellos que breguen por la construcción de un mundo que mejore las condiciones de vida de todos, disminuyendo inequidades e injusticias, deben tener sumamente presente la potencia transformadora en este sentido del método científico, usufructuando todas sus posibilidades y recurriendo, por lo tanto, a él sistemáticamente, no sólo desde una perspectiva particular sino fundamentalmente como una estrategia de construcción política.

* Economista UBA.

@caramelo_pablo