Emancipación
Deportada, libertina, abuela del pensamiento anarcofeminista, Emma Goldman reunía en carne y obra una visión del mundo que apuntaba a detonar las instituciones, desde la educación sexual hasta el matrimonio.

En 2016 visité nuevamente el bar The Stonewall Inn en el Village de New York, ícono de la insurrección LGTBIQ a la represión policial y de cualquier tipo, y la nueva administradora intentaba volver a darle una dimensión histórica al lugar, con recortes de prensa enmarcados y colgados sobre lo sucedido en ese bar el 28 de junio de 1969. Lo que se contaba en esos cuadros del bar era más o menos la estampa valiente de resistencia que se documentó y recreó de distintas formas, como barricada queer contra la violencia disciplinaria. No fue hasta que decidí salir del bar para ir a algún otro lugar que encontré algo que redefinió mi visión de aquella batalla ganada: en el andén del metro, debajo del bar, había un mosaico con esta leyenda al costado: “Rebeldes. Este mural muestra a anarquistas, pacifistas, feministas, comunistas, insurgentes y visionarios iluminados por los brillantes matices rojos de la Rebelión de Stonewall y culmina con una visión del famoso desfile del Orgullo Gay del Village.” Se enumeraban al lado de esa frase, las personas dibujadas en el mural: “1. Emma Goldman, revolucionaria. 2. Henrietta Rodman, sufragista. 3. Thomas Paine, panfletista. 4. Barney Josephson, dueño de cabaret. 5. Billie Holiday, cantante de jazz. 6. John Reed, periodista”. No puedo negar mi sorpresa al ver que públicamente se  reconocía a la anarquista Emma Goldman, que fue combatida, perseguida y encarcelada por defender derechos tan básicos como la libertad de expresión. Tal vez sea la única lista en EE. UU. que ubica en primer lugar a mi amada Emma, a quien décadas atrás comencé a leer por amigas anarcofeministas que la citaban decir aquello de que si no se puede bailar no vale la pena la revolución, la mejor frase de trinchera. Y, aunque es factible entender que el pensamiento de esta anarquista prodigiosa pudo ser precursor de la resistencia queer, su filosofía como impulsora de los acontecimientos del bar Stonewall aún está bastante invisibilizada. Su diáfana claridad para desarmar el estado de las cosas burguesas que asfixia el libre desarrollo de las personalidades, desde los mecanismos institucionales de la educación al matrimonio, ya sería suficiente para ubicarla en ese primer lugar, aunque su ensayo a favor de las minorías, prefigurando la micropolítica desde el anarquismo en 1911, es fundamental para ver su dimensión queer: “Como me siento entre los oprimidos, los desheredados de la tierra; como conozco la vergüenza, el horror, la indignidad que supone la vida de las personas, por ello repudio a la mayoría como fuerza creativa de algo nuevo”. Esa fuerza nueva de Goldman fue reconocida por el sexólogo alemán Magnus Hirschfeld cuando reconoce que “ella fue la primera y la única mujer, de hecho la primera y única persona estadounidense, en sostener una defensa del amor homosexual públicamente”. Podrían enumerarse muchas ideas queer que desarrolló Goldman, pero ninguna supera su visión de la educación sexual en 1911, que aún es una bomba anarquista al moralismo actual: “Un sistema educativo que se niega a ver en el joven el desarrollo y crecimiento de una personalidad, una mente independiente y lo saludable de un desarrollo corporal libre, ciertamente no admitirá la necesidad de reconocer las fases de la sexualidad en el niño. Los niños y los adolescentes tienen sus propios sueños, sus vagos presentimientos del impulso sexual. Los sentidos se abren poco a poco como los pétalos de un capullo, la cercanía de la madurez sexual realza las sensibilidades e intensifica las emociones. Nuevas visiones, fantásticos cuadros, aventuras coloristas se siguen unas a otras en una veloz procesión ante el despertar sexual del niño. Los puritanos y los moralistas no dejan nada sin hacer para echar a perder y manchar este mágico período. (…) El mantener al niño en la ignorancia en todas las cuestiones del sexo es considerado por los educadores como una especie de deber moral. Las manifestaciones sexuales son tratadas como si condujeran al crimen, a pesar de que los puritanos y los moralistas, más que nadie por experiencia personal, saben que el sexo es un factor fundamental.”