Nunca me mintió mi rodilla izquierda. Tal vez mi primera maestra tampoco tuvo la intención de hacerlo aquella mañana que me dijo tiernamente, mientras ataba mi mano siniestra a la silla, "es por tu bien, tesoro, el mundo está hecho para los diestros". En aquel momento mi rodilla testigo temblaba bajo la mesa como una alarma, una bandera roja advirtiendo un interno mar bravío, un latir eléctrico, una taquicardia ósea de una rótula involuntaria. 

Temblaba con la misma intensidad que tiembla ahora mientras escucho el discurso metálico de un joven que parece ser bueno en su trabajo de convencer sobre las bondades del encierro cuidado para los adultos mayores, permite que me explaye libremente en mi divagar anacrónico cual pescador experimentado hace cansar al dorado condenado por el anzuelo de los años. 

 De los cuatros geriátricos que hemos visitado, el dueño de esta cárcel disfrazada resulta el más hábil de todos los carceleros conocidos, me hace creer que le interesa lo que cuento, no me contradice en nada, en todo me da la razón, es notable su experiencia en diálogos con huéspedes seniles. Lo que no imagina es lo que no digo, todo lo que callo antes del fin, todo mi principio, aquello que soy y seré a pesar de todo, mi único bien inembargable, el arca que guardo en el corazón no en el cerebro, velero con el que huyo de este presente no deseado surcando mares de tiempo y anclando en puertos en donde fui feliz, cuando mi mano izquierda, sin tutores ni encargados encontraba otra suerte en el baño, mi pie zurdo en los potreros y mi todo, hallaba la dicha en la casa de doña Guillerma, experta tejedora con lana, mimbre y palabras, de prendas, canastos y relatos increíbles. 

La anciana contaba historias con una sensibilidad propia de las capas profundas de la tierra. Cuando la visitaba en su pueblo vecino, perdido como una luz mala en la llanura, esperaba ansioso la noche para tirar una cobija al pie de la cama grande de su única habitación y escuchar el cuchicheo entre la dueña del misterio y mi madre, hasta bien entrada la madrugada. A la mañana siguiente ponía en escena los increíbles guiones escuchados clandestinamente. 

Así fue como supe entalcarme la cara para personificar al "empolvao", hombre manso durante el día, pero cruel contra indios y mestizos en las noches de farra cuando ocultaba su piel morena debajo de una pasta blanca. No existe violencia mayor que la de un hombre desclasado. Pero de todos los relatos escuchados, hubo uno que se hizo carne en mí y que a lo largo de mi vida supo volver como sueño recurrente, como una premonición grabada con voz original de mi tía abuela, " la herencia, m'hija, es cosa e' mandinga. Saca a variar campo ajuera lo pior del crestiano. 

Diga que la parca supo cerrarle los ojitos a tiempo a don Romildo pa' que no tenga que ver tanta maldá en su propio velorio. La batalla campal entre los gurises del muerto por una miserable lonja e’ tierra, terminó con el cajón destrozao y el cuerpo del dijunto rodando por el piso del rancho. " Un recipiente de chapa vacío, en donde la artesana solía humedecer las varillas de mimbre antes de trenzarlas, fue mi ataúd en mi teatro matinal. Me socorrieron de inmediato al escuchar el ruido de la cuba golpeando contra el suelo. 

Nunca supieron que no lloraba por los golpes recibidos como consecuencia de la travesura, sino por el mundo ruin de los adultos que me esperaba en el horizonte. 

La voz áspera del administrador del asilo me trae de vuelta a este plano inclinado, me mira a los ojos y con una sonrisa plástica me da la bienvenida al residencial. Adriana todavía no lo puede creer, le envía mensajes a sus hermanos, que imagino estarán festejando. La última vez que estuvimos juntos pude escuchar desde el baño la voz de Omar, mi hijo mayor, “siempre fue un viejo jodido, ahora que está medio loco es directamente insoportable, ¿para qué quiere una casa tan grande? ¿Ustedes saben lo que vale toda esa esquina? yo consigo un comprador al toque, olvídense." 

Mientras completan los trámites administrativos, abro otra puerta en el tiempo y me vuelvo a fugar, elijo e momento exacto en el cual, mimetizada con trigales refulgentes, Ana María llegó a la escuela en la volanta de su padre, fue la tarde en que su presencia superó mi imaginación. Todo se contaba por unidad en aquél sitio, aula, maestra y un pizarrón dividido en seis partes con tareas para cada uno de los grados. Sufrí un hechizo al ser alcanzado por el rayo caramelo de su mirada, dejé de pensar en mí para pensar sólo en ella. Nuestras almas estaban moldeadas por cuentos contados por abuelas. Pude llegar a su corazón con palabras robadas a Juan Ramón Jiménez, leyendo en el frente, capítulos de Platero y yo. 

Con mi mano prohibida, una noche de insomnio, dibujé un burro que le regalé junto a mi primer beso. Al día siguiente me devolvió la obra pintada de rojo. En la reciente excursión por esta sala de espera de la muerte, pude ver paredes salpicadas con gotas de vida. Mandalas pintadas prolijamente, un tronco de árbol dibujado sobre un transparente con hojas de cartulina y mensajes apretados de las internadas, " mi vida son mis hijos", " yo amo a mi Argentina", " todas las flores son lindas". 

 La tierna exposición de inocencia finaliza con un almanaque artesanal, dibujos de paisajes soleados, mares y montañas ilustran cada mes en la parte superior de las láminas, debajo aparecen números tachados cual comprimidos de tiempo consumidos sin remedio. La imagen del mes de julio me dejó helado, un asno rojo en medio de trigales multicolores, sacudió mis sentidos en exceso. Lo primero que sentí fue que Ana María no había muerto. De repente contaba con una razón para vivir, no podía abandonar el lugar sin averiguarlo, sin desvelar el misterio. 

Mi acompañante no sale de su asombro, no imagina la causa de mi abrupto cambio de decisión, me niego a volver a casa para buscar lo necesario, deseo comenzar mi búsqueda de inmediato. Mi heredera, antes de ir en búsqueda de la muda de ropa, me pregunta si le quería pedir algo más. Con mi mente teñida de escarlata le contesto lo que siento, " sólo una cosa te pido hijita, ni se les ocurra velarme."

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