A veces pasa: escribir sobre un libro se hace imposible. Sucede cuando su materia antecede, contiene y desborda a quien lo escribe. Es esa clase de libros que están vivos y urgentes, tan urgentes que sin embargo, no son en absoluto más importantes que la acción que los llevó a existir. Son escrituras sin precedentes, no vienen de otros libros porque nacen donde no existen las bibliotecas. Leerlos es también desesperarse, querer dejar la lectura a un lado para tomar el verbo por asalto y pasar directo a la acción, salir a las calles a unirse a la gente que desde el libro nos libera y nos convoca. 

Es una puerta abierta a la posibilidad de pensar y hacer desde la contradicción de ser singulares y colectivos juntando lo que somos con las partes que hemos sido. Nóis é Ponte e atravessa qualquer rio es el el verso de un poema, nacido de un sarao de la periferia de Sao Paulo, lo escribió Marcos Pezão pero ya es un mantra que circula en las ocupaciones, en las cárceles, en las bocas de todxs lxs que entienden que nosotrxs para nosotrxs /es singular / nosotrxs para nosotrxs / el plural es personal. Este mantra es el hilo del cordel con el que Helena Silvestre ha tejido Notas sobre el hambre, finalista del prestigioso premio Jabutí 2020, que llega a nuestro país traducido por Mara Speranza y gracias al trabajo de Mandacarú, un proyecto editorial feminista e independiente dedicado a rescatar, traducir y publicar a escritoras mayormente afrodescendientes de lengua portuguesa.

Helena Silvestre es escritora, educadora y activista afroindígena del movimiento Luta Popular, es también editora de la revista Amazonas e integrante de la escuela feminista Abya Yala. A los once años comenzó a militar en su barrio, la Favela do Macuco,en la periferia de São Paulo. A los dieciocho ya era una de las fundadoras del MTST (Movimiento de trabajadores sin techo) con el que rompió años más tarde, por diferencias con el nuevo cuadro político que se diseñó cuando Lula llegó al poder.

 “Yo tenía dieciocho años cuando mi primera ocupación, ya era activista de favela y me enamoré al ver nacer una comunidad y poder participar en ella. Pero la izquierda no es y nunca ha sido un campo acogedor para las mujeres, mucho menos para los afro-indígenas y los habitantes de los barrios marginales. Yo tuve la suerte de relacionarme desde un lugar que era el mío -porque la gente de las tomas es como la gente de mi familia- Esto no es una virtud, es solo una realidad que lucho por destruir, porque no quiero que la condición de privación sea nuestra mayor marca. Conozco e integro la riqueza que veo en la gente de los barrios marginales, en los ocupantes ilegales o en la periferia. Sabiendo de esta riqueza, se me hizo insoportable percibir mecanismos de apropiación privada del activismo colectivo. Fue un proceso largo y lento de darme cuenta y criticar las lógicas, en medio de una autocrítica profunda, ya que integré cada parte del movimiento. Así, mis diferencias se hicieron irreconciliables. Sabía que el MTST era un movimiento combativo, pero necesitaba caminar por otro camino. Por eso me fui”

En Notas sobre el hambre, Helena entrelaza ensayo, narrativa, poesía y autobiografía, usando imágenes tan concretas como poéticas a la vez. Dialoga con el recorrido personal y colectivo cuestionando, por sobre todas las cosas, al ojo occidental de las ciencias sociales que engloba y silencia a su objeto de estudio alimentándose de él. Helena habilita un lugar de la enunciación donde el lenguaje es el de las tomas, el de la ancestralidad afroindígena, el de la ira y el del deseo que se hace aullido desde el hambre. “A veces es tan aburrido tener que comenzar diciendo: yo soy fulana de tal lugar. Pero el debate sobre el lugar del habla es muy necesario, porque no existe la voz universal que habla. Cada lectura y conclusión que tenemos viene de un camino determinado, de una condición de clase determinada desde que nacimos. Entonces escribir el libro también fue un poco esa idea: pongamos algo en claro para que podamos encontrarnos y abrazarnos bien. No venimos del mismo lugar y caminamos kilómetros distintos. Algunos más, otros menos. Yo estoy haciendo la facultad recién ahora con 36 años y veo que la gente ahí nunca dice de dónde viene. A veces es por intentar pertenecer, a veces porque duele, cansa, desgasta. Yo en cada clase tengo una discusión porque no voy a aceptar lo que dice tal bibliografía de nosotros porque no es así, y no es que crea en el puro empirismo pero vamos, escuchen un poco lo que dice alguien que estuvo ahí, que viene del territorio.”

El libro de Helena Silvestre, con traducción de Mara Speranza, es un proyecto feminista para editar a afrodescendientes de lengua portuguesa.

Una de las notas “Carta no entregada a la filósofa de la existencia” dialoga con la idea de cosmopolítica. ¿Cómo la entendés y de qué manera atraviesa tus procesos en la teoría y en la práctica?

Es difícil decir de una qué es la cosmopolítica, porque es algo en construcción y no podría hacerlo sola, necesitaría más gente para producir una respuesta y tiene que ver exactamente con esto. Yo vengo de la militancia, fue mi escuela. Dejé la escuela a los 16 porque tuve que trabajar y recién después de los veinte terminé la enseñanza media. Estudié muchas cosas por la militancia. Por otro lado muchas palabras eran comunes para mí por estar en este espacio, como la expresión “sujeto revolucionario.” Y hoy yo veo como sujeto revolucionario todo lo que vive. O sea, hay alguna racionalidad en el río que yo soy incapaz de comprender y que no puedo ser tan arrogante de pensar que porque yo no comprendo no existe. Entonces tengo que tomarlo como a un sujeto y todo lo que vive como sujeto. Eso me ayudó a ver el movimiento de mujeres y muchos debates que me son preciosos, como el debate del cuerpo- territorio. Yo misma reproduje en muchos momentos conmigo y con otras mujeres y con otras vidas la opresión que me golpeaba y que yo profesaba al organizarme para combatir. Entonces la cosmopolítica es esto, es una política hecha en un alineamiento con los intereses de todo lo que está vivo. Es una política de la diversidad y su principio quizás más grande y único es la defensa de la vida y la autonomía del cuerpo, del territorio, de la manera de vivir, de la manera en la que generamos pensamiento. No solo de cómo se responde a una pregunta sino también de cómo la cabeza formula preguntas.

¿La filósofa a la que te referís es Isabelle Stengers?

-Sí, cuando leí Cosmopolítica reconocí en la proposición de ella un intento, un paso en dirección a otras personas, a escuchar, a decir: hay más, la vida puede ser diferente. Entonces me animó muchísimo charlar con ella, pero no puedo charlar con ella en sus términos porque vengo de otra parte y de ahí también mis críticas, porque muchas veces avanzamos hacia la osadía de reconocer vida en el río, pero no logramos reconocer vida en la gente que está muy cercana a nosotres, por ejemplo en las favelas. Y vemos en los indígenas de la Amazonia una fuerza resistente, potente, y no vemos que las mujeres faveladas que limpian muchas veces las casas de la gente rica, son las hijas de estos pueblos que están generando también pensamiento acerca de su vida en otros términos. Términos que no son ni totalmente los términos originarios ni tampoco los términos de la mercancía que nos fueron impuestos, sino un hibridismo de esto que es quizás un camino para escapar de este estar aislado y producir política entre todes.

¿Qué significa ocupar un territorio?

-Ocupar un territorio es participar de un parto comunitario. Es participar del nacimiento de una comunidad, decidiendo cómo queremos que sea desde el principio. Una ocupación nace en el campo de los cuidados, de la reproducción, de lo doméstico, de lo territorial. Nace invisibilizada y chupada inexorablemente por la ciudad institucional, por la tarjeta postal. Es algo concreto que todos pueden sentir con las manos. Sentir que solo hay salida si estamos juntos, que cocinar dejó de ser una cuestión privada para asumir su lugar comunitario dedicado a que nadie tenga hambre. Es sentir que pertenecemos al pedazo del suelo que pisamos, al lugar de algún descanso.

¿Y cómo es este pasaje de la militancia con el cuerpo a la escritura?

-Yo siempre fui Helena activista, Helena de las tomas de tierra, Helena del movimiento, de la marcha, del barrio, del sarao, de todo eso. Y creo que ahí es donde comienza mi trayectoria. Decirme escritora es algo nuevo para mi, así que me veo en la literatura como una persona que vive con la mitad de la humanidad que no come y que no tiene su relato fácil de encontrar acerca de la vida. Milton Santos decía: “La mitad de la humanidad no come y la otra mitad no duerme porque tiene miedo de la mitad que no come.” El relato que conocemos es de la gente que come y no duerme. Y yo creo que estoy con la mitad de los que a veces no comen, pero sueñan. No sólo duermen sino que sueñan. Y es un relato al que tenemos acceso sólo los que vivimos ahí. Porque hemos sido alejados de la palabra escrita. Yo lo que hice fue buscar cosas que no estaban muy disponibles para mí y una de ellas fue escribir. Escribo la vida entera, escribo panfletos, escribo libretos para hacer educación popular, para hacer talleres en las tomas, con la gente. Yo no lo pensaba como una acción de escritora sino como la acción misma de respirar. Sino me volvía loca, es mucha vida para pensar.