#Gritazo
Políticas del nombre
La relación entre el nombre elegido, el amado, el nombre legado al nacer, el nombre de guerra es un punto donde se cruzan tensiones políticas, biografías personales y solidaridades. El nombre también es un grito sostenido como resistencia, un territorio simbólico que (re) construye identidades y lazos.
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¡Justicia por Diana Sacayán! es uno de los reclamos del Gritazo 
Imagen: Sebastián Freire

Me gustaría decir que María Moreno es más yo que yo pero no es cierto. Es un conjunto de acciones teatrales cuyo instrumento es la escritura, una contraseña en los porteros eléctricos, una marca modesta en un mercado pequeño. Hay otras María Moreno, la pintora realista, la bailarina de flamenco, la ministra de salud pública, la asustadora de linterna mágica. Y hay algo trans en María Moreno -no me comparo, me identifico-, con ese nombre escribí en revistas para hombres desde el punto de vista de un play boy que debe elegir sus lecturas, sus hábitat, sus vinos, sus amantes para pertenecer a una elite de recienvenidos a la clase ejecutiva (Status). Los capítulos de la novela de María Moreno -el nombre- no importan; solo  quisiera denunciar que secuestrara al otro, al asignado. Y hoy, si me buscara la policía, podría evadirme con sólo huir munida con ese plástico en donde un poco más arriba de mi papada figura un olvidado “Cristina Forero”. No como si yo fuera famosa bajo el primer nombre sino por mi pase a la clandestinidad con el segundo. María Moreno puede pensarse como una cronista de los mil pequeños sexos, una zapadora sobre los goces, lo que se quiera agregar a ese nombre de acuerdo a una política o a un lance. Mi nombre no proviene de una épica, carece de drama político, es un chiste sin precio salvo su explotación en un mercado. 
Cristalizaciones: caída del nombre del padre, amor que no osa decir su nombre, el nombre es una cifra. Improviso aunque no tanto. Voy a hablar una vez más sobre Rodolfo Walsh, esta vez autorizada para trazar ciertas coordenadas entre esa W magnífica y la de Marlene Wayar -emblemática activista travesti y un poco para burlarme del pomposo objeto A lacaneano. Entonces…

De Walsh a Wayar
El vínculo entre un apellido notable y su legado es dramático. En la carta que Rodolfo Walsh escribe a su hija Vicki, cuando ella no puede leerla, ejercicio de duelo luego de su muerte durante un enfrentamiento, carta recuperada de la escuela mecánica de la Armada por una sobreviviente, Lila Pastoriza, él improvisa una teoría que une la memoria de la sangre y la de la Orga (Montoneros): “No podré despedirme. Vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía”. Si el verdadero cementerio es la memoria, se puede elidir al otro. 
Probemos un cruce de Walsh a Wayar. Libros como Cumbia, copeteo y lágrimas y La gesta del nombre propio, coordinados por la travestiarca Lohana Berkins, son ese espacio de memoria donde guardar, acunar y celebrar, utilizando los verbos de Rodolfo Walsh, a las muertas queridas, hijas de la gesta del nombre propio travesti, a veces recordadas sólo por ese autobautismo sin agua bendita con que han renegado de los datos del documento o por la malicia reciproca de las compañeras (Claudia La veinte litros, Andrea Guerra, Puré de araña, Paula, La Chinchulín con Moño). Esas listas ordenadas por año de fallecimiento equivalen a las que figuran en los bloques del Parque de la Memoria de las víctimas del poder desaparecedor.
Y a la manera de tumbas populares de ruta, Cumbia, copeteo y lágrimas recoge mini biografías en ráfaga como la de Jenny, La Narciso, una de las fundadoras de la zona roja de Neuquén; La Pepona, que organizaba fiestas paralelas para estudiantes de Jujuy y vivía con su mamá; La Dona a la que llamaban “muñequita de color”; La Fofó, que murió en la cárcel de varones de Salta o La Katya, que era costurera y tiraba las cartas. Políticas del nombre hechas desde el relato oral de las compañeras. El apodo puesto por ellas indica el pase de la familia a la comunidad aunque ésta sea nómade y se junte y deshaga en mapas sucesivos de acuerdo a la persecución de la policía.
¿El reconocimiento del nombre propio mediante la Ley de Identidad de Género retira el peso de injuria del nombre asignado, lo desactiva hasta poder pronunciárselo al pasar? Demasiado simple. Hay personas trans que llevan su nombre, más allá del reconocimiento de la ley. Hay nombres propios cuya novela es intraducible al documento de identidad: Susy Shock, Naty Menstrual, Hija de Perra; son indocumentables, aunque ellas puedan usarlos al igual que María Moreno como nombres de fantasía en un cuit. Hay políticas del nombre propio que no eliden el nombre asignado como la de Marlene Wayar, que lo dice (Rubén Osvaldo) por ser el nombre que le puso su madre, una infracción al ritual del padre que serió a sus hermanos con heráldicas y cordobesas W en el nombre de pila: Walter, Waldo… Para Lohana Berkins, en cambio, el nombre propio significó un autobautismo sin pasado “yo siempre fui Lohana”.
Las políticas del nombre no clausuran con la inscripción simbólica. El nombre propio trans yira y como el nombre de guerra es una cifra más allá de su uso práctico (el de Vicki Walsh era “Hilda”, nombre de la hija del Che, el de su padre “Esteban”, nombre de un santo venerado en Irlanda). Las locas tunean sus nombres sin pasar por el registro civil. Barroquizan apodos: el poeta Néstor Perlongher llamaba Monique Latronique a otro poeta, Néstor Latrónico, Echevarránica al poeta Roberto Echavarren. Y a sí mismo: Rosa L. de Grossman, Rose La lujanera, Roshina da Boca (Perla de Pernambuco), La Rosa coja (arlteana), Rosa L. de Grossman, La Rosa. En cada nombre un proyecto, un logo autobiográfico.  
En el álbum lgbtti a veces la política del nombre funciona paródicamente como un ejército de ocupación a nominaciones cis: La Babenco, la Retamar, la Vargas Llosa lanza Manuel Puig desde sus cartas como quien draguea a esas potestades intelectuales, señalándole el fondo reprimido de loquesas.

El nombre bajo tortura 
¿Qué fue la dictadura sino una política del nombre como eje del exterminio? Arte criminal del adjetivo “subversivo”, “delincuente”, “desaparecido”. La denominación de “marcadores” desplazaba la culpa y el acto a los cautivos que sacaban de los campos para identificar en las fronteras a los compañeros que volvían al país. Arrancar nombres mediante la picana y el submarino, la venda y la capucha, fue su práctica. Hacerlo a menudo no era utilitario ya que a menudo se conocía el nombre a arrancar sino una prueba de sojuzgamiento; que la víctima “hablara” develaba la intención de volverlo abyecto para sus compañeros. La resistencia: tragarse nombres, dar nombres falsos, nombres de quien ya estaban protegidos por un cambio de identidad, un cambio de domicilio, también nombres de calles falsos para ganar tiempo.
Las tres fuerzas armadas unían en sus mapas política y deseo, bisagra precarizada en los grupos a los que llamaban “subversivos”. En sus publicidades, elegían el anonimato para simular voces que representaran al total de la sociedad. 
A partir de mediados de 1976, la pedagogía militar difundió cartas anónimas en donde un hermano, un “recuperado”, más frecuentemente una madre, relataban la presencia en la familia de un militante político como esa irrupción fatal que desliza la vida cotidiana a la tragedia. Un ejemplo: “Por un día (mi hijo mayor ya estaba en 2º año de la universidad) pasó algo… no puedo saber qué… Se me escapa ese momento sin poder atraparlo y no comprendo nada… Sólo sé que allí cambió todo. Mi hijo comenzó a estar inquieto, nervioso. Le molestaban cosas que hasta ayer nomás le habían sido necesarias… Una semana después, la última vez que lo vi…; pero al despedirse aún brillaba en sus ojos el amor por nosotros. Luego supe que se había unido a un grupo guerrillero y que ya no estaba en la ciudad... ¿Qué lo impulsó a esta actitud? ¿El querer ayudar a los “débiles”? El sabe que en casa siempre se ayudó al necesitado. Sabe también que lo que hoy tenemos fue el fruto del sacrificio de todos nosotros. ¿Se fue en pos de un ideal…? Mahatma Gandhi también fue un idealista que jamás derramó una sola gota de sangre hermana y movió montañas con su actitud… ¿Se fue por temor? ¿Lo amenazaban con nuestra muerte?”.
En esas cartas-relatos ejemplares se homologa militancia a militancia clandestina, “desaparecido” a desaparecido para su familia y sin domicilio conocido. En ninguna de ellas existe como “causa” la elección de acuerdo a convicciones personales, la asumisión consciente de una praxis. El coptado por la guerrilla aparece como materia inerte ante un enemigo que cuenta sólo con formas de intimidación, desde las físicas a las retóricas pasando por las de la extorsión afectiva. La militancia es presentada como fruto de un rapto, el coptador como una figura cercana a la del flautista de Hamelin o las sirenas que pierden con su canto a los marinos.  
Los signos de quien ha hecho contacto son descriptas como un súbito cambio de conducta signado por la inquietud y el nerviosismo, la defección escolar y el ensimismamiento leído como secreto guardado ante el grupo familiar, de acuerdo a la clínica de perversión sexual. Si la intención de estas cartas era persuasiva, tienen un efecto inesperado; erotizaban poderosamente a la guerrilla, al suponerla capaz de anular la voluntad individual con una fuerza que el lector, siempre más perspicaz que los publicistas que se dirigen a él, no podría explicar por la mera coacción. ¿El tono? El de un padre que teme que su hijo sea abusado por un pederasta.

Documento y placer
Si exilio significa “salir del suelo”, “ser arrancado del lugar de origen”, más allá de que sea producto de una decisión, lo es bajo la forma de una coacción tal, que lo convierte en un eject donde el que lo emprende, lo hace fuera de sí. Ese fuera de sí experimentado como vacío lanza hacia a un otro que acoge no sin condiciones. Sin embargo, en medio de las noticias que sostenían un duelo permanente, de la culpa de haber sobrevivido a tantos otros, el exilio permitió restituir a la vida cotidiana, aspectos enajenados por la militancia, donde el modelo político militar parecía haber comprometido la vida toda. El ideal sacrificial, el ascetismo que impusieron la clandestinidad y la precipitación de los hechos, encontró un límite en las democracias de llegada que, al mismo tiempo que quitó el paréntesis a los deseos personales en suspenso, informaron sobre su dimensión política. Pedagogías del Destape español, los feminismo felipistas (¡Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo!), exilios como exilios de la heterosexualidad.
“Para aquellos que veníamos de una militancia -me contó alguna vez el ex militante montonero Nicolás Casullo- donde habíamos abandonado el libro, fue la posibilidad de recuperarlo. Nosotros, que habíamos renunciado a todo, a la universidad, a la novela, al arte empezábamos a vivir en un espacio que ya no nos exigía pensarnos desde un compromiso total. Porque si la generación del setenta, había comenzado a pensar allá por el 61, 62, muchos veníamos de revistas literarias, de Thomas Mann y de Baudelaire, del Che tomado estéticamente. ¿Dónde había quedado mi Musil en medio del quilombo posterior? ¿Cómo lo pronunciaba? La militancia había sido tan dura, tan podadora que sentarse a leer una novela era como volver a oxigenarte. Además, en México nos entrenan los vientos de la época: las crisis de los marxismos, el eurocomunismo, la crisis del estado de bienestar. También veíamos las derrota en el resto de Latinoamérica que entraba en un período de reflujo”.
Luego de que fueran desestimadas sus críticas a la Conducción de Montoneros, Rodolfo Walsh anunció “vuelvo a ser Rodolfo Walsh”. El nombre asignado, mientras él usaba un documento y un nombre falso,  significaba, la recuperación de su independencia crítica. Mientras que antes de la Ley de Identidad de Género, el nombre inscripto en el documento se agitaba ante las personas trans como un enrostramiento ofensivo, para muchos militantes revolucionarios en el exilio, la acción de poder liberar el documento legal coincidió con la liberación de su deseo.  

La militancia horizontal
Para darle un perfil humorístico a la trama entre política y política sexual, el poeta Néstor Perlongher solía hablar de la izquierda Cary Grant y la izquierda Chicholina. La llamada cuestión homosexual o el viraje del rojo al rosa, no tuvo la misma respuesta en los distintos partidos de la izquierda. Pero en todos ellos por lo menos la homosexualidad era considerada en cuanto problema de seguridad interna. El nomadismo gay, sus nocturnidades confidenciales y el gusto por el chongo (léase lumpen) hacían que la “promiscuidad” y delación se imaginaran como una sola antivirtud personal y convertían al Molina de El beso de la mujer araña de Manuel Puig en una figura redentora, al pasar de soplón a militante. La “regeneración” era una de las probables ofertas que algunas izquierdas han ofrecido al militante, a la militante que no habían aceptado las gloria del nido cis loado por el Eros telúrico de Armando Tejada Gómez. La sanción sobre las prácticas sexuales convertían a las Orgas en Ogras mataputo y matatorta, a la heterosexualidad obligatoria en monogamia. Los deseos disidentes se regulaban en el casamiento beatificado por la causa, hubo degradaciones de militantes gay; ya en democracia, muertes por sida encubiertas por placas heroicas y silencios consentidos, invisibilidades autodiseñadas por barbas Cafrune y pelucas Bardot, resistencias provocativas que intentaban el alivio del género comedia.  
Carlos De Lorenzo, ex militante de Montoneros testimonia sobre un tal B, capaz de ejercer su libertad aún en una constelación de clandestinidades, apasionadamente enamorado de su mujer, A, casado por convicción, fuera de toda mascarada, pero leal a su deseo que nunca fue unívoco, como todo deseo:
-B era un militante monolítico, un cuadro a quien le recomendaron terapia por su forma amanerada de actuar y hablar. Era muy gracioso. Un día me llamó y me dijo: “Te tengo que ver” y yo: “B, hoy no puedo, ¿no podés decirme qué pasa?”. “No, pero es importantísimo, te tengo que pasar un dato.” Yo me preocupé. “¿Qué habría pasado?” Fui. Entonces me contó que el fin de semana anterior había llevado en su coche a Firmenich a una reunión, pero que en la mitad del camino, en Castelar, el coche se paró y entonces tuvieron que empujarlo. Me dijo: “Lo puse adelante a Firmenich para que empujara el coche -era un Fitito-, y yo me puse detrás de él, lo apoyé, le toqué el culo, vos no sabés, ¡a Firmenich!
En las reuniones de célula B imponía literalmente su secreto a voces, voces chillonas que lo decían todo sin decir, lo mismo que sus coreografías de vedette al volver de una cita clandestina, frente a los teatros de la calle Corrientes. Se hacía la loca.
“La loca” es una invención crítica del poeta Néstor Perlongher para levantar la figura de la marica popular, visible y escandalosa, un modelo político para oponer al “gay” gringo, al “leder” identificado con un bravucón de metales pesados. Cuando hablamos, mejor dicho cuando escuchamos, solemos poner entre paréntesis la voz para atender al sentido. La voz está cubierta por el sentido, pero en la loca el sentido está también en su voz. Cuando la loca habla quiere decir algo pero también hacerlo como loca. Quizá por eso se atribuye a la loca el hablar con doble sentido o tener lengua de víbora, es decir, dividida en dos. Sería demasiado simple decir que la voz en las locas es una contraseña, que con ella, en medio de la impostación masculina que impone los sonidos con olor a sobaco, llama al reconocimiento de un semejante o de un chongo que identifique ahí las volutas de la seducción, aunque en la novela de la loca siempre hay una pequeña historia en donde cierto tono le reveló a otra loca, en un camuflado en el traje de oficina llevado con un suplicio de armadura, en el “tapado” que exhibe retratos de familia aunque preferiría explayarse sobre Madonna. La voz de la loca nunca está en el closet. La voz de la loca está entre la voz inevitable y la impostada. Cuando Truman Capote inició la investigación de A sangre fría en un pueblo del Medio Oeste estadounidense, cuya tolerancia con los varones amanerados solía ir, al menos en la década del cincuenta, desde la calificación de marica hasta el linchamiento, su voz de patito mimoso equivalía a una salida del closet con un altoparlante en la mano. Pero él no la cambió, la fue “naturalizando” usándola con su cualidad envolvente e hipnótica. La voz de la loca es corajuda: en un consenso de voces normalizadas por el género, exhibe su diferencia como provocación y desafío. A B le gustaba aflautar al máximo su voz hasta para participar de un operativo que incluía unas cuantas armas largas.

En el nombre de B
B fue asesinado y su cadáver arrojado en un parque de la ciudad. Honrado como héroe. Silenciado como gay. En la Doxa militante la homosexualidad era un rezago burgués, Stonewall, una fecha gringa y por tanto imperialista, fecha bisagra entre dos décadas, diez años antes había estallado la revolución que, según uno de sus líderes, no necesitaba peluqueras, la cubana.  
¿Se puede hacer el comming out por otros? ¿Inferir que todos ellos, a la luz de leyes como el matrimonio igualitario o una autocrítica a la homofobia de las organizaciones revolucionarias de los años setenta, estarían de acuerdo en darse a conocer, o que sus amigos y compañeros los relevaran mediante su testimonio sobre su diversidad? ¿O habría que aceptar el veto de los organismos de derechos humanos y agendar para  mañana? ¿Y darlos a conocer sólo implicaría un mero plus en la memoria libertaria? ¿Una develación accesoria como bijouterie de loca? Si como dice Héctor Schmucler, la política concebida como técnica tiende a anexar a sus necesidades toda otra experiencia y convierte a los hombres y mujeres en sujetos separados -los que desean por un lado, los políticos por el otro- lo indigerible de la loca montonera o erpia radicaría, según el puritanismo todavía latente en la moral revolucionaria, menos en su condición de tal que en el hecho de que, por más soterrada, resistente y negociada que fuera su diferencia, a menudo era la particularidad deseante de alguien absolutamente comprometido con su práctica militante: es otro mito homofóbico el pensar el deseo de hombre a hombre, de mujer a mujer, las identidades travas y trans, como aquello que compromete el ser todo de quien lo detecta. En una lógica sacrificial, la circulación doblemente clandestina de los deseos disidentes sería el dispositivo para hacer la crítica de esa lógica. Reponer el apodo de ambiente al nombre de guerra sería guardar, acunar, celebrar en la memoria. No para reclamar un panteón propio de víctimas del terrorismo de estado, ni de héroes y heroínas lgbtti sino para recuperar esos momentos fecundos donde los deseos disidentes inventaban, aún con la frontera del exterminio, nuevos modos de vivir juntos. En cambio callar esos nombres con la coartada de que sus protagonistas no pueden ya hablar sería transformar el decir esos nombres en escrache y devolver a la acción deseosa su pasado de injuria. De Walsh a Wayar, el minuto, ese cuento que se tenía a mano ante un posible interrogatorio y las identidades ficcionales no fueron meramente funcionales, o sea el impermeable de Rodolfo Walsh y la peluca Marlene Wayar son ya performance políticas, ningún nombre es referencial, su novela es un compromiso que no termina de inscribirse, yira y yira siempre hacia un devenir proteico de insurrección, contra la muerte. 

Maitena

Fuente: Gritazo