Dentro de 20 días se van a cumplir siete años de la muerte de Alberto Nisman. En los últimos meses declararon 34 agentes de inteligencia que en aquellos días integraban la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), aunque la mayoría están hoy jubilados. El cálculo es que sólo faltan declarar cinco o seis. Como era evidente, ninguno de los espías pudo aportar nada a la investigación, básicamente porque no existió el comando que, según la justicia, alineada con el macrismo, ingresó al edificio Le Parc, subió hasta el departamento del fiscal, ingresó pese que las puertas estaban cerradas desde adentro, llevó a Nisman al baño, lo mató y luego salió sin dejar ni rastros de lucha ni una huella, una gota de sangre y con la cabeza del fiscal obturando la puerta del baño. Finalmente, el comando habría salido del complejo sin que lo registraran las 80 cámaras que funcionaban, del total de 101 existentes en el complejo. Había dos agentes de inteligencia que despertaban más interés. Uno que asociaban con el informático Diego Lagomarsino, pero que resultó que vivía en el mismo complejo de Martínez, sin conocerlo. El otro estuvo la noche de la muerte en Puerto Madero. Ese espía declaró que fue con amigos a tomar una cerveza.

Relevados del secreto sin secretos por contar

Los agentes fueron relevados del secreto para declarar en la causa Nisman y todos coinciden en que la fiscalía de Eduardo Taiano respetó los protocolos para que testimonien. Los espías no fueron a Comodoro Py sino a una dependencia de la Procuración, no hubo filmación y las preguntas, por lo general, se centraron en aquel fin de semana del 17 y 18 de enero de 2015. La mayoría, por entonces, sabía poco y nada de Nisman, sólo por lo que leían en los diarios.

Buena parte de las preguntas tienen que ver con las llamadas, que en aquella época de la AFI se hacían por Nextel. Al principio, entonces, les preguntaban, por ejemplo, por qué habló 56 veces con el agente B, pero en realidad eran clicks del sistema, y por lo tanto se trató de cuatro o cinco contactos reales. Por supuesto está la dificultad de acordarse de las comunicaciones a casi siete años, en especial si se tiene en cuenta que los agentes usaban el aparato para hablar con amigos, parejas, familiares e incluso para hacer vida social entre ellos.

Toda la cuestión parte, además, de una hipótesis poco sustentable: que el comando que supuestamente mató a Nisman --al que incluso mencionaron como iraní-venezolano-- tenía complicidad del kirchnerismo y la AFI. Y lo más absurdo es pensar que los agentes, para semejante complot, usaron sus propios celulares, registrados oficialmente.

El resultado lógico de los testimonios fue que los espías contaron dónde estaban, que hacían y con quién hablaban, pero sin relación alguna con Nisman.

Los dos "superespías" que solo pasaban de casualidad

Como ya anticipó Página/12, el mayor interés estaba en un agente que accionó su Nextel muy cerca del informático Lagomarsino, en Martínez. Como se sabe, Lagormarsino le prestó a Nisman la pistola con la que el fiscal se disparó y fue la última persona que lo vio con vida. Salió de Le Parc a las 20 del sábado y está probado que después de esa hora Nisman habló con otras dos personas e intercambió mensajes con varios periodistas. El espía llamado a declarar contó que vivía desde hacía cinco años en el barrio cerrado Talar de Martínez y que su hermana llevaba allí 14 años. Pese a eso, dijo que no sabía quién era Lagomarsino, que también vivía en ese enorme complejo.

Aquel fin de semana, el agente contó que estaba de guardia pasiva, es decir que tenía la obligación de estar a disposición, con el celular activado. Era un fin de semana caliente, porque Nisman había denunciado a Cristina Kirchner por el Memorándum, pero ese domingo el diario La Nación publicó como principal título que el acuerdo con Irán lo tejió un agente de la AFI en Zurich y Nueva York. El matutino no reveló el nombre, por lo que los espías se dedicaban a buscar de quién se trataba. Al final se supo que el agente mencionado por Nisman era Alan Bogado, que nunca salió del país. Es decir, fue data falsa que el fiscal consignó en su denuncia.

El otro agente cuya declaración importaba aparecía en Puerto Madero, el barrio en el que estaba Le Parc, en la noche del sábado 17. El espía declaró que estuvo allí tomando una cerveza con amigos y por eso se accionó su celular de acuerdo al entrecruzamiento que realizó la Policía Federal. La lógica es que se chequee su versión, algo que no resulta fácil con siete años de demora. Nuevamente, parece inverosímil pensar que un sofisticado espía que habría participado de un complot aún más sofisticado, haya usado un celular que tenía asignado de forma oficial.

Incógnitas

Durante los últimos días, la fiscalía tuvo la dificultad de varios aislados por el Covid. Los testimonios se toman dos días por semana, por lo general martes y jueves, y temprano a la mañana. O sea, que la ronda de agentes terminará en breve. Es posible que sigan con algunos jefes de la AFI y hasta jefes policiales, porque aquel fin de semana hubo varias llamadas que tenían que ver con partidos que jugaban Boca y River en Mar del Plata y la versión que las barras bravas tirarían un muerto en la campaña electoral de 2015; la desaparición de un misil de una base del Ejército en La Plata y la versión del misterioso agente de la AFI metido en el Memorándum con irán. 

La incógnita obvia es cómo seguirán a siete años sin ninguna prueba y tan sólo en base a un peritaje trucho hecho por la Gendarmería durante la gestión de Patricia Bullrich. El juez Julián Ercolini y el fiscal Taiano se negaron en todo este tiempo a confrontar las conclusiones con todos los estudios anteriores, hechos por el Cuerpo Médico Forense, una junta de criminalistas encabezada por la Policía Federal y el laboratorio del Centro de Investigaciones Fiscales de la procuración de Salta. En todos los casos, las pruebas fueron en el mismo sentido que lo apuntado por los criminalistas: “al momento del disparo, no había ninguna otra persona en el baño”, es decir que Nisman se disparó a sí mismo. Pese a eso, siguen imputados los cuatro policías federales que eran de la custodia --incluyendo dos que estuvieron el sábado y no el domingo, el día de la muerte-- y el propio Lagomarsino, a quien tuvieron con una tobillera electrónica durante seis años.