Hay una clase de dolor que se precipita con todo su peso hacia lo más profundo y amenaza llevarse consigo incluso la posibilidad de nombrarlo. De ese vertiginoso horror que se genera durante un instante al verse asomado al borde de uno mismo, mientras el dolor pareciera perderse en lo inefable, nace el arte, o para ponerlo en las propias palabras de Gabriel Reyes: “Durante diez días más de cien páginas, que fueron una especie de organización de mi brutalidad interior y que me llenaron de optimismo. Me hicieron sentir que podía tener una posibilidad real como escritor. Pero aún no lograba encontrar el contexto adecuado donde meter esas bolsas de gatos que estaba tecleando sin parar. Hasta que el sol serrano me dio la solución. Una tarde, borracho, se me ocurrió desplegar todo lo escrito sobre una mesa al aire libre en el parquecito de Sergio para intentar descifrar un orden. Luego de más y más vino me dieron ganas de una siesta y me fui a dormir sin imaginar el milagro que iba a ocurrir después, la clara señal que me decía que dejara todo como estaba, que algo peor o mejor, según se lo mirara, estaba por venir. Algo peor para el mundo pero mejor para mí, era lo que yo ni siquiera podía imaginar. Recuerdo que en esas páginas yo hablaba del hecho que no me atrevo aún a considerar como un hecho, y lo hacía de frente y sin pudores”. Tal vez sea cierto y escribir es como hablar solo. 

En los pensamientos de Gabriel Reyes, personaje memorable de sus libros anteriores El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad y En cinco minutos levántate María, se define algo más que el tono de El origen de la alegría, la nueva novela de Pablo Ramos que nace de un hecho trágico: el fallecimiento repentino de una hermana. Todo lo que la muerte deja inconcluso da comienzo, en un plano de lo real, a un viaje hacia Rosario mientras una catástrofe de dimensiones bíblicas está a punto de azotar el planeta entero, un virus desconocido prohíbe transitar por las rutas del país. La tragedia de un hombre debiera ser la de todos, podría pensar Gabriel. No hay nada más solitario que la angustia. Entonces de pronto, acaso como un hombre absurdo en el sentido que Camus le da al término, antes de emprender el viaje en una limusina y en compañía de Alfredo, su amigo incondicional, irá al Casino de Palermo, lugar donde se va a perder mucho más que dinero. 

El otro plano es el existencial, la tragedia de un hombre que tiene que reinventarse a sí mismo y escribir sino para salvarse al menos para intentar entender lo que no tiene explicación. Todo lo que nace debiera ser inmortal o no haber nacido, diría el poeta. “Pero al leerlas siempre me pasaba que sentía que esa escritura no tenía nada que ver con lo que yo buscaba, que no servía para entenderme, es lo que quiero decir. Entendeme, no curarme, no calmarme, no enmudecerme en palabras impresas y mucho menos volver amable y civilizado mi dolor, ése con el cual aún no podía conectar”, dice Pablo Ramos. Entonces de repente uno comprende que está leyendo a un hombre. Porque hay ciertos seres que parecen venir al mundo con la literatura encima

¿Autobiografía? En la esencia, sí; pero hay un trabajo estético que a Pablo Ramos le ha llevado muchos años y es consciente de eso como también de todas las dificultades que tuvo que sortear para volver a ser un hombre que escribe además de hacer todo lo que hay debajo del sol para sobrevivir, incluso ser parte, junto a Jorge Ferraresi, de llevar adelante -en Avellaneda- el proyecto Tu primera bici para niñas y niños de las escuelas primarias. “Cuando era chico me hice la primera guitarra con una tabla de madera y tanzas de distinto grosor y la afiné. Y acá estoy con una banda. Por eso dije que soy incancelable, porque tengo la valija de herramientas y soy electricista y soy plomero y buen soldador y hago un montón de otras tareas que me interesa más concretar que visibilizar. Yo no le tengo miedo a la vida, me voy a ganar el pan todos los días y voy a seguir escribiendo. Yo les molesto mucho a algunas personas, soy muy molesto. Lo sé. Hay quienes piensan que yo no debería escribir porque apenas tengo sexto grado. Pero no voy a dejar de escribir nunca. ¿Sabés por qué sé de gramática? Una vez en el taller de Liliana Heker me corrigieron un tiempo verbal, un habría por un hubiera. Me dio tanta vergüenza que en una semana, me leí todos los libros de gramática que conseguí. Y ahora sé todos los tiempos verbales. Porque eso es el hambre Siempre quise ir a la escuela, pero no pude. Quería ser médico y porque no pude, no puedo, soy escritor. O mejor, soy escritor porque no puedo un montón de cosas”.

El origen de la alegría parte de un hecho que no puede nombrarse y, al mismo tiempo, define la estructura de la novela.

-Gabriel está negando la muerte. Su hermana cumple en marzo y fallece en diciembre, pasan las fiestas. Al no poder nombrarla, tuve que buscar un recurso que me pareció que funcionaba bien: ¿cómo contar la muerte de Julia sin nombrarla? Ahí tuve un problema técnico, un problema grave, ¿cómo lo cuento? No se va a entender, pensé. Y no soy de los que no quieren que no se entienda su literatura. En un momento Gabriel se lo dice a una policía, de manera tan brutal, tan real, que resume toda la novela. “Estoy desesperado porque perdí a mi hermanita”, le dice. Y ya ahí manifiesta lo que pasa a pocas páginas de empezar y por lo tanto después lo puede negar tranquilo. ¿Cómo contar la negación en primera persona? Gabriel tiene que perderlo todo, quiere perderlo todo. Soltar todo. Y lo primero es el dinero, acaba de vender la empresa y un tipo le guarda guita. Si querés perderlo todo en la ruleta, ¿a qué número apostás? Al cero. Después viene el viaje a Rosario.

¿Pensase en algún momento en escribirla en tercera persona?

-En tercera sería muy fácil y no me interesaba. Quería escribir en primera persona porque me interesa la literatura de la idea, de la motivación, la que se abre entre lo conocido y lugares comunes. Y ahí, donde ya nadie cree que hay nada, hacer surgir una gema. “Estamos juntos en el barro solamente que algunos miramos todavía las estrellas”, escribió Oscar Wilde. Y a mí eso me convoca mucho porque me parece muy aburrida la literatura de algo extraordinario. En el barro me manejo muy bien. Yo creo lo mismo que dice Samuel Beckett en un libro sobre Proust: “Uno deforma al pasado o el pasado deforma a uno, no importa quién deformó a quién, lo único que importa es que hay deformidad”. Sartre diría algo parecido: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. En ese tono, en ese tenor de Abelardo Castillo sartreano, mi maestro junto con Liliana Heker. Si hay algo que manejo bien es la estructura, la mecánica. Eso es porque soy buen mecánico, arreglo bien cosas, las veo cómo funcionan. Para que una máquina funcione, hay mecanismos que tienen que girar en sentido contrario. Y eso en la novela es lo mismo. Gabriel tiene que perderlo todo, soltar todo. Piensa que es el dinero y entonces va al Casino, perderlo todo, ¿a qué número apostás? Al cero. Después viene el viaje. Y ahí la novela es un diálogo con el Quijote. Necesité un Rocinante: la limusina, un Quijote: Gabriel Reyes, un Sancho Panza: el paraguayo Alfredo. La novela es un plagio del Quijote, directamente.

FOTO DE NORA LEZANO

 

AMIGOS SON LOS AMIGOS

Pablo Ramos nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. También autor del libro de poemas Lo pasado pisado y de la novela El sueño del murciélago que recibió el galardón The White Ravens. Su libro de cuentos Cuando lo peor haya pasado obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en 2003 y el primer premio Casa de las Américas de Cuba, en 2004. Publicó también el libro de relatos El camino de la luna y el de crónicas Hasta que puedas quererte solo. Su obra ha sido traducida al francés, al alemán, al serbio y al inglés. Como músico, lidera la banda Analfabetos y es coautor de las canciones de "El hambre y las ganas de comer" (nominado al Premio Carlos Gardel 2011) con Gabo Ferro. Como guionista mereció el Premio Ópera Prima del INCAA por El estaño de los peces, basada en su novela El origen de la tristeza junto a Oscar Frenkel, y los premios Tato, Martín Fierro y Argentores al mejor guion televisivo 2015 por Historia de un clan.

Sobre la concepción de leer El origen de la alegría en clave autobiográfica, Pablo Ramos plantea algunas distinciones que para él resultan esclarecedoras en quien lea atentamente. “La novela es todo el tiempo un delirio, pero parte de una situación concreta, real, y en tiempo presente: el viaje, un viaje fantástico, caprichoso, donde invento lugares, mujeres, un prostíbulo, entre otras cosas. Fijate que hay dos personajes que se llaman Alfredo. ¿No es demasiada casualidad? Sin mencionar que uno de ellos tiene un compadre en todas partes. Y eso es el amor que está en todos lados. Solamente la gente marginal entiende ciertas verdades”.

Mencionaste El Quijote, y me preguntaba si también habría algo de J. P. Donleavy y su Cuento de hadas en Nueva York.

-En esta novela quise desprenderme de frases cortas, algo desconectadas del personaje para volverme netamente expresionista, casi barroco, te diría. Porque en la prosa también tenían que verse reflejados los excesos. Además, necesitaba que el lector se diera cuenta de que estaba ocultando algo que dolía mucho. La verdad es que no tuve presente ni estuve leyendo ningún libro, aunque siempre de alguna manera está en mí el Donleavy de Cuentos de Hadas en Nueva York y de Un hombre singular . Los que seguro siempre tengo presentes son a Abelardo y a Liliana. Para mí no fue Abelardo Castillo, fue un castillo donde atrincherarme y Liliana Heker fue la ternura. Cuando me interné, me acompañaban de la Fundación a lo de Liliana, desde San Isidro en el colectivo 60. Todos los martes, Liliana decía: “Además de Pablo, ¿quién trajo algo para leer?". A mí me dejaban escribir una hora por día en la Fundación.

El tema de la amistad entre Alfredo y Gabriel es fundamental en la novela. ¿Es un tema muy tuyo, verdad?

-Te voy a contar la verdadera historia de Alfredo que hizo que le pusiera el mismo nombre en la novela. Un escritor dinamita su vida y con los escombros construye los ladrillos de su literatura, dice Sartre, no es el narrador ni el autor, un escritor dinamita su vida. ¿Cuál es la diferencia entre escombros y ladrillos? Civilización. Yo suelo tener mucha suerte en el casino, después escabio y la cago. Cuestión que vamos al Casino flotante con Alfredo, yo tenía una guita, ponele de ahora diez mil pesos. A la hora y media ya llevo ganando, en guita de ahora, dos millones, tres millones de pesos. Era para dos autos. Hay una botella de Chivas y el paraguayo me pregunta si nos tomamos un whisky. Perdemos todo, nos tomamos el Chivas. Caminando, nos volvimos. Antes le digo al patovica si nos paga un taxi, ni me contesta. De ahí sale el patovica, el mudo en el libro. Empezamos a caminar desde Puerto Madero. El paraguayo me había visto perder la guita que yo le iba a dar para que se pudiera comprar un auto y ponerlo a trabajar de remís. El amigo que mira perder. Yo le digo que es verdad, soy un pelotudo. Desde Puerto Madero hasta La Paternal, ni sé cuánto caminamos. En un momento me mira y me dice: “ No te aguanto más. Tan inteligente que sos, ¿no te das cuenta de que vos venís al casino a perder? Hasta que no perdés, no te vas tranquilo”. Y yo pongo en la novela a un paraguayo y a un tipo que no se da cuenta que va a perder. Su amigo lo ve y dice algo hermoso en la novela a modo de homenaje a los tipos que son como el paraguayo. En El origen de la alegría yo quise retratar la amistad, que para mí es el amor sin nerviosismo.

FOTO DE NORA LEZANO

LA HERMANA MENOR 

Hay una gran cantidad de pasajes memorables sobre la amistad En el origen de la alegría. La historia del amigo Carlón que antes de morir deja un cuaderno como un testamento poético y un pedido: volver a ver al Ángel del Bar, una bella y misteriosa mujer que solía comprarle a los muchachos todos los jazmines que vendían. “Un ángel en todo el sentido de la palabra: alta y roja como el fuego, y con la personalidad de una guerrera del cielo. Por eso el Carlón dice, o decía, perdón, que era un ángel real. También que una vez le vio las alas. También me dijo que yo, algún día, iba a tener que escribir su historia”. Pero lo genial y fantástico es lo que sucede años después cuando el Carlón está muriendo y el deseo y la promesa de encontrar al Ángel del Bar hacen que la realidad con su simetría y anacronismos jueguen a favor del amor. “Pero esperá que te sigo contando. Sentí. La encaré, se asustó, le dije que no se asustara. Sos el Ángel del Bar, le digo. Y ella me mira. ¿Qué cosa?, dice. Ella nos dijo que vivía cerca de esta plaza, le digo. Bueno, ella que sos vos. Vos me lo dijiste hace muchos años, más de veinte. Soy Locura, Gabriel, el amigo de Carlón. Yo tengo veinte años, señor, me dice ella. La muchacha está pálida pero yo no aflojo en las palabras, no la dejo reaccionar y sigo: le cuento que mi amigo está ya intubado, que resistía con la esperanza de verla otra vez, de que le leyera la fábula esa del barco que se va, de las huellas que nunca dejan los pájaros en las nubes. Yo tenía el libro que ella le regaló a Carlón en la mochila, porque cuando él me mandó llamar había pedido que se lo lleve, que yo se lo leyera antes de morir”.

Tal vez podríamos hacer una diferencia entre lo autobiográfico y el universo de lo posible en quien escribe. ¿Para ser honesto con determinada escritura no hay que haber sido atravesado por cierta clase de experiencias?

-El día que murió mi hermana, yo la estaba esperando para merendar y la fui a buscar a la morgue. Quedé tirado en un sillón, volví a tomar, no me importaba nada. Yo la había criado. Mi viejo estaba preso por la dictadura cuando llevo a mi mamá para tener a mi hermana. Vivo todo eso solo, replegado en el silencio, dándome cuenta de que entré en la literatura pensando que iba a despertar cariño o admiración que alguien como yo escribiera. Están esperando a que me salga mal. Hay gente que puede ser muy mezquina. Pero no me va a salir mal. Viendo la tumba de Verónica sentí que moría con ella, entonces hice una promesa, le prometí vivir y escribir sobre ella. “Te prometo que mi novela va a llevar tu nombre sobre mi nombre y también te prometo porque te conozco que voy a demorar mucho el próximo encuentro”.

Hay que intentar reponerse y cumplir esa promesa. Escribir. ¿Cómo fue ese proceso?

-Yo caí en el sillón, como te conté antes, pero me levantaba para escribir. Daba clase y me volvía al sillón. En un sillón viví dos años. Dentro de ese consumo sabía que no iba a matarme, no sé qué resistencia tengo a la cocaína y al alcohol todavía, pero la verdad es que ya llevo ocho meses limpio y sobrio. Al principio no podía escribir, hacer el duelo y cuidarme. Pero sabía que iba a salir. No necesité drogarme y emborracharme para escribir la novela, nada que ver. Ocurría que no podía dedicarme tiempo a mí. Y un día escribo el primer borrador. Esta novela tiene diecinueve versiones en borrador.

“El adicto perfecto no es el que consume sustancias externas, sino el que genera en su cuerpo las sustancias que su cuerpo necesita consumir. El adicto perfecto no consume: se consume”, reflexiona Gabriel. “Lo descubrí por casualidad creyéndome deprimido en un primer momento o simplemente triste; sin hace caso a la estupidez de los demás que me decían: “Pemitite la tristeza”. Lo habré escuchado de cincuenta personas, al menos cinco veces por semana, lo que da un total de doscientas cincuenta veces. Al principio cuando alguien me decía una cosa semejante, ni siquiera contestaba. Pero rápidamente la ferocidad que hay en mí, parte de la enfermedad y parte de la cura de mis dolencias, esa misma que algunos psiquiatras distraídos quisieron combatir o al menos “aplacar” y que es un aspecto esencial de mi adaptación al medio violento en el cual nacemos, nos criamos y vivimos, empezó a salir, trayéndome problemas y soluciones, dejándome, indefectiblemente, cada vez más solo”.

Cuando se llega al final, el título de la novela permite darle un nuevo orden a todos los libros que publicaste anteriormente

 

-En un principio, la novela se llamaba Desde esta noche tan oscura, ahora lleva ese título porque El origen de la alegría es un cuento, es decir que Gabriel se convierte en escritor y escribe en el tenor de El origen de la tristeza. Después de escribir esta novela agradezco el privilegio de haber tenido cuarenta años a mi hermanita. Una persona tan hermosa que cambiaría todo por una tarde con ella. De la muerte más terrible que padecí, saqué esta flor que es este libro. Me costó mucho trabajo, incluso alguna vez pensé en abandonarlo. Pero aprendí algo, donde fracasa el que escribe, triunfa en la novela. Cuando la gente te dice que está trabada, en realidad está diciendo otra cosa, nadie quiere ponerle nombre propio a lo que le pasa. El que no puede seguir es porque tiene que levantarse, caminar, vivir la vida. Afuera se escribe literatura todo el tiempo. Ahí es donde hay que detenerse y esperar. El problema es que hoy te preguntan cuántas páginas tiene tu libro y cuánto tardaste en escribir. Rulfo, entonces, no existe como escritor. ¿De qué están hablando? Algunos parecen que están publicando antes de escribir. Pero volviendo a lo del título, El origen de la alegría es la primera risa de una niña, la del cuento final, la del cochecito. Es un cuento que no tiene el registro de la novela. Y en cuanto al nuevo orden al que te referís, te cito algo que me dijo una vez Liliana Heker: “En la literatura, el orden de los factores altera el producto”.