En el año 2009, en un taller de educación popular, nos enseñaba Octorina Zamora, lideresa del pueblo wichi: “En nuestro idioma no existe la palabra muerte. Existe una palabra que quiere decir dejar lo físico, y nuestro espíritu vuelve a esos lugares a convivir con la naturaleza que es el templo de la vida, por eso ahí están los árboles, las plantas, las aves, los animales”. Ahí está también volviendo Octorina con su memoria de rebeldías.

Muchos años antes, en 1992, en el contexto de los cinco siglos de resistencia, nos decía Octorina: “Quiero que seamos más mujeres indígenas que salgamos, porque nos estamos poniendo al frente en la defensa de nuestros montes, de nuestros ríos, de nuestros niños y niñas, para que la pobreza, el hambre, la miseria, no sean consideradas una “pauta cultural””. Ése es precisamente el legado de su vida.

“Octorina i leiyejh hohnat, dejó la tierra”. Tujuayliya Gea Zamora, informó así que su mamá partió en la madrugada del 1º de junio. “Mi vieja dejó miles de cosas para hacer, para completar, porque era una gran iniciadora de procesos. Fue la primera mujer indígena wichi visible en las luchas de los años 90, con representatividad de un pueblo que estaba y sigue siendo invisibilizado”.

Tujuay es la primera médica del pueblo wichi recibida en una universidad. Se graduó en Cuba, en la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde terminó sus estudios en junio de 2010. Nos cuenta que Octorina siempre luchó para que las y los jóvenes indígenas pudieran estudiar, y reclamaba por una ley de educación indígena. Cuando supo que en Cuba se abría una universidad latinoamericana, para contribuir solidariamente a la formación de jóvenes que nunca podrían estudiar en sus países, escribió a Fidel para solicitar cupos para su pueblo. Todos los años desde entonces, parten algunos jóvenes para aprender Medicina y asumir conciencia internacionalista y solidaria. De regreso en su tierra, Tujuay lucha por una medicina comunitaria en los territorios olvidados. Es una de las batallas de Octorina.

Subraya Tujuay que hasta el último minuto de vida, Octorina enseñó con su ejemplo: “Como tantas personas militantes, dejó el cuerpo en los territorios. Después de recibir su diagnóstico, como estaba llevando adelante la denuncia de los abusos sexuales a las mujeres indígenas, necesitaba llegar a los territorios, juntar los testimonios, darles fortaleza a las mujeres. Ella no dejó de ir a Pluma de Pato, al Chaco salteño, al Chaco chaqueño, para hablar con las mujeres, con las referencias de las comunidades, para que se animen, para que vean que el proceso había avanzado gracias a la lucha que venía acompañando hacía más de 20 años”.


Abusos sexuales y violencias: no son pautas ancestrales.


En febrero de este año Octorina participó de la Primera Asamblea General de Mujeres Indígenas de ruta 81 ‘Nehuayiè-Na’tuyie thaká natsas-thutsay-manses‘, en Pluma de Pato. Se habló especialmente de la violencia contra los niños, niñas, niñes, adolescentes y mujeres indígenas. Octorina insistió en la necesidad de la concientización y prevención sobre delitos sexuales, enfatizando en casos de violencia con víctimas de femicidio e infanticidio. Allí se dio a conocer lo que vivieron siempre las mujeres indígenas, cazadas como animales, y violadas por hombres criollos. Exigieron públicamente que se repare el daño causado por los abusos sexuales en perjuicio de niñas y mujeres adultas indígenas. Aunque hay abusos imposibles de reparar, la visibilización y exigencia de justicia buscaba evitar que se sigan naturalizando y multiplicando.

Muchos años antes, Octorina denunció a los antropólogos y jueces, que en un juicio realizado a un adulto wichi que había violado a una niña wichi, argumentaban que no se lo podía condenar porque eran costumbres ancestrales. Ella se enfrentó a la Corte de Justicia de Salta, que había anulado el procesamiento de Fabián Ruiz, en julio del 2006, acusado de violar y embarazar a una nena de entre 8 y 11 años, hija de su pareja, ordenando que para juzgarlo se tuviera en cuenta “la aceptación social que en esos grupos tiene que las mujeres mantengan relaciones desde temprana edad”. Replicó Octorina públicamente: “Si nosotros aceptamos que el abuso sexual es una pauta cultural, como dice la Corte, estamos aceptando que somos seres bárbaros y pervertidos. Y no es así. Mi pueblo es gente humilde, que ha sobrevivido a masacres, usurpaciones e invasiones, y que en 13 mil años de existencia conservamos en el siglo XXI valores que nos hacen humanos. Es realmente una aberración pensar que mi pueblo acepta la violación o el abuso de menores”.

Octorina defendió siempre la vida de su pueblo y de su territorio. Decía en el taller de educación popular: “Ya no es con el Winchester, el máuser, sino con la soja, el hambre, la miseria, y el tan temido desmonte. Yo pertenezco a un pueblo donde tenemos amor a la tierra, a los montes, a los perros. ¿Qué saben los grandes empresarios? ¿Qué sabe la gente del gobierno? Muchas veces escucho que hablan de desarrollo… ¿a costa de quién? A costa de la desaparición del monte, de los animales, de nuestras aves. A costa de más miseria, de más saqueo. Necesitamos que nos apoyen a las víctimas de las mineras, los desmontes, de la miseria de las villas miserias. Debemos continuar esta lucha que lleva más de 500 años, y no debemos mantenernos en silencio”.

Octorina Zamora partió, y hay demasiados recuerdos de su lucha que se amontonan en la memoria de las resistencias. Partió y aquí queda, regresando al monte, defendiendo la vida y los cuerpos de las mujeres originarias, de sus niños y niñas. Nos toca cuidarles, para que la memoria no se la lleve el viento, para que quede enredada en la vida que sigue naciendo.