No hay nada que hable más de un modo de leer y una época que cambia, en la literatura, que el complicado género de la carta de rechazo. Varios han sido los proyectos desaprobados o sometidos por una larga cantidad de años a las sombras que hoy son hitos de la literatura y hasta del pensamiento occidental. Basta mencionar los numerosos rechazos del borrador (bastante trabajado) de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, en donde, por ejemplo, se mencionaba como motivo de la negativa el tratamiento difuso de los personajes y los largos tramos en donde se recurría a un excesivo flujo de conciencia. La tesis que Walter Benjamin presentó para obtener la habilitación como docente, El origen del drama barroco alemán, fue sencillamente rechazada, definiendo la vida misma del filósofo como destinada a armar proyectos en suspenso, inconclusos, atravesados por la pérdida y el deambular, congruentes, claro, con su propio modo de pensamiento. Sabemos que Marcel Proust había empezado a escribir su obra capital, En busca del tiempo perdido, en 1907, y que para 1908 ya era un proyecto que comentaba con amigos en sus intercambios. En 1909, el periódico Mercure de France desestima el material, y en 1912, con solo un día de diferencia, Proust recibe dos cartas comentando la negativa a la publicación. Una, propia de la editorial Fasquelle. La otra, de la prestigiosa Nouvelle Revue Française (NRF), en donde otro determinante escritor del siglo XX, André Gide, se encargaba de realizar los “informes de lectura” que derivaban en la aceptación o no del material que llegaba a la revista. En 1913, luego de otros rechazos, Proust edita Por el camino de Swann, primer libro de En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu), en la pequeña editorial Grasset, a cuenta del autor. Tiempo después, con la lectura del primer tomo, con el reconocimiento a Proust por la monumental obra que había encarado, Gide le confesará a su autor en una carta en 1914 el gran estigma que acompañará a la revista y su proyecto durante el resto de sus días: “El rechazo de este libro será para siempre el más grave error de la NRF”.

La anécdota muestra, sin lugar a dudas, la complejidad de En busca del tiempo perdido, no sólo en términos materiales de publicación (una obra compuesta de siete tomos que iban a terminar saliendo y corrigiéndose aún después de muerto su autor), sino también en lo que corresponde al mundo que cerraba y que abría con el mismo acto de escritura. Proust logra en su prosa reunir las características centrales de las derivas del realismo decimonónico, el naturalismo, con su atención por los objetos, por las cosas y por el mundo en el que esas cosas se encuentran contenidas, al mismo tiempo que desborda los protocolos de escritura de esta tendencia al lograr una frase compleja, en el sentido más pleno del término, arborescente, que va abriendo en su larga respiración un tema tras otro, una puerta tras otra, hasta deshacer, al mismo tiempo que la plantea, cualquier intención mimética, para dejar todo desarmado en el suspenso de la espera, del deseo, que no es otra cosa que el contacto con el Tiempo, ese auténtico héroe del ciclo, el cual el Narrador (que habría que llamarlo así, y que Proust siempre diferenció de su propia biografía) no deja de rozar en cada acto de recordación, en cada movimiento, no hacia el pasado, sino hacia la huella que ese pasado deja en una experiencia presente. Marcel Proust logra en su obra algo que lo vincula a los movimientos de vanguardia, pese a que no formó parte integral de ningún grupo, pero que, decididamente, inspiró o sirvió de antecedente para varios de los jóvenes miembros de estos colectivos que abren el siglo de las guerras y los avances tecnológicos: Proust lleva la prosa literaria del siglo anterior a su punto máximo, al desborde por desarrollo de sus características propias, hasta terminar abriéndolo, como un capullo que florece o un recuerdo que desborda nuestro presente y pone en un suspenso extático lo que creemos que está pasando, a la manera de una memoria que nos invade.

Walter Romero, profesor de la Universidad de Buenos Aires, con años de trabajo en la cátedra de Literatura Francesa (además de reconocido cantor de tangos), considera que, con sus dificultades, En busca del tiempo perdido no es necesariamente una obra recargada de esnobismo, una que sólo leen algunos para desmarcarse del resto. La viva prueba de ello es el curso que dio, entre 2016 y 2018, en el Malba, dedicado a servir como plataforma para la lectura de la obra proustiana, ahora editado por el sello del museo con el título de Formas de leer a Proust. Una introducción a En busca del tiempo perdido. En esos encuentros se piensan, justamente, los diferentes tópicos que recorren los siete tomos y otros textos del mismo autor (Sobre la lectura, Contra Sainte-Beuve), así como las diversas aproximaciones críticas y tensiones que se imponen en cada juicio, en cada consideración hecha por un especialista, de una obra tan particular que aún hoy se debate su naturaleza genérica o, en líneas generales, cómo nombrarla. “Fue Antoine Compagnon, uno de los críticos más importantes de Proust en la actualidad, quien sostiene la idea de que acaso fuera de Francia se percibió más rápido la singularidad de la obra”, sostiene Romero. “La fama creciente sobre este ciclo novelístico, sin dudas, fue una lenta y paradójica construcción con malentendidos que mezclaban, en los primeros años, una idea de Proust en vida que teñía esa literatura de cierto esnobismo, o una idea de cierta literatura para una clase que luego se deshace por su propio peso. En definitiva, tiene como último avatar que, en los 60, las disputas sobre la interpretación de la obra no se acallaron, pero tuvieron que empezar a dialogar con el progresivo crecimiento de la figura del propio autor, inundadas del ‘marcelismo’, el boom en torno a Marcel (quien siempre se desmarcó de la voz que sostenía todo el relato), un nombre que condiciona, dirige, fantasmiza toda la Recherche. De Proust se pasó al interés sobre Marcel, para ser claros. Luego, ciertos acercamientos a la obra hoy ya no pueden prescindir de la inmanencia del texto sin la vida y peculiaridades de esa existencia con los nudos de interés, su sexualidad o de cómo escribió encerrado los últimos años todo el conjunto que conocemos como En busca del tiempo perdido”.

MARCEL PROUST FOTOGRAFIADO POR OTTO WEGENER EN 1895

TIEMPO DE ESPERA ESTIMADA

Si el gran protagonista de En busca del tiempo perdido es el Tiempo, el gran tema podría ser, entre tantos, la espera que esa duración produce. Allí puede meterse tanto el recuerdo como la tensión entre un acto presente y la ansiedad que produce o hasta despierta la posible llegada de lo ya conocido, así como la idea misma del amor, atravesado por el vouyerismo, los celos y las prácticas mencionadas, aunque disimuladas, que escapan a lo socialmente aceptable en esa época: lesbianismo, homosexualidad en general, o hasta un mundo sexual minimizado por la fuerza de los sentimientos y el embeleso de su descripción. Proust se corre de la ruda materialidad para circundarla con una frase larga, que incorpora el fragmento para deshacerlo progresivamente y colocar, cada tanto, algún signo de puntuación, alguna interjección (como un “ay”), para que el ojo descanse. “Un modo posible de leerlo es volver esa espera un cogito, una forma de pensamiento, sobre el proceso de lectura y sobre los hechos que en la ficción proustiana se cuentan”, remarca Romero. “En esa vasta construcción, la espera puede ser también la promesa de un recuerdo que nos asalte y recomponga, acaso con mayor realismo, lo vivido. Que la espera de una vocación o la espera de un amor o de un beso materno sean formas de escandir ese vasto relato podrían ser un modo de entrar a ese universo que a su vez se urde sobre una masa de palabras que amortiguan y amueblan esa espera, vuelven cada expresión un mundo en sí. En cada frase, Proust parece construir esa espera, siempre pospuesta, que el lector debe vencer”.

En estas clases abordás también un tema que resuena a los planteos políticos contemporáneos, vinculados a la historia de las disidencias del mundo heterosexual. ¿Cómo se trata ese tópico en En busca del tiempo perdido?

-Hoy todo el ciclo puede ser leído en clave a la luz de otras visiones sobre las sexualidades y las disidencias. Todo el universo proustiano está inundado de la sorpresa de deseos nuevos que el Narrador descubre como hitos en su pulsión voyeur y en una serie de personajes claves que parecen pasarse la posta en la exploración de un mundo que se presenta como más variopinto de lo que creíamos. Ya en 1922 podían encontrarse textos que rondaban esos mismos parajes, en la cercanía y en la concomitancia con otras obras francesas en esa misma sintonía (pienso en Gide y Cocteau, por ejemplo). Sin dudas, Marcel es el enigma mayor en tanto que trasposición de los deseos ocultos de Proust y una panoplia de personajes. Hay críticos que sostienen que casi todos los personajes son homosexuales. Céline decía con sarcasmo que la entronización de Proust se debía a operaciones de la cofradía homosexual. Actualmente, Albertine, uno de los amores del Narrador, como creación mayor de ese mundo, en la incógnita sobre su deseo, se ha vuelto el punctum donde revisar la sexualidad femenina, acaso como misterio mayor y más profundo. En ese sentido, si Proust creó esa vasta Sodoma, sin embargo, yo creo que su aporte de indagación sobre Gomorra y el deseo sáfico es un tema neurálgico y que habla sobre la actualidad de nuestras disidencias.

¿Qué recepción tuvo Proust en Argentina? Es un tema que también trabajás en el curso, vos como traductor, en torno a sus traducciones.

-Muy temprano hubo traducciones de Proust al español y hay un capítulo argentino rico en las traducciones tempranas y en el trabajo de Estela Canto. Estas incluyen lunfardismos y un cierto acercamiento a nuestra realidad de un mundo hoy en las antípodas, pero que podría recrear cierto mundo argentino de gran clase y de viajes a Europa en esos años en que la Argentina era el granero del mundo que se codeaba con la aristocracia que Proust describe. Hoy pueden leerse muy buenas traducciones en español que nos acercan bien a ese mundo: la versión de Mauro Armiño con un complejo trabajo paratextual mejora mucho el acercamiento al texto en traducción. Respecto a la crítica, me gustaría destacar trabajos de Jaime Rest sobre Proust, y luego la divulgación y el trabajo académico que emprendieron profesoras como Ana Galimberti en Cuyo, Susana Mottino en Córdoba, Beatrix Vegh en Uruguay o el grupo de estudios proustianos en La Plata que trabaja la obra y al autor francés desde hace años.

EL NIÑO MARCEL

 

¿Este contexto de recepción local no quita que la literatura europea siga siendo el gran marco de referencia para leer a Proust?

-La historia de esas recepciones, como la que tuvo lugar en Argentina, en castellano, debería dialogar también con la historia de la literatura francesa, una que puede y debe contarse como la historia de las distintas frases que la literatura puede producir. Barthes decía (y yo suscribo en el libro) que habría que escribir la historia de las frases para pensar la literatura. Luego de Flaubert, acaso, es deslumbrante el lugar de la frase proustiana a modo de suspensión del lenguaje, de los poderes encantatorios de una frase que parece no terminar, ese alelamiento del discurso a modo de trance recompone un modo de decir que Proust captura. Los primeros críticos pensaban que había algo alemán en esa frase larga que parece pensarse a sí misma. Si la literatura es fabula y ficción, Proust vuelve el foco sobre la importancia del lenguaje mas allá de lo que se cuenta. Atravesar la Recherche es enfrentarse a esa pulsión frástica nueva de líneas musculadas y trabajadas que centrifugan la lengua. Su vigencia y, creo, el interés que ha producido y sigue produciendo en los lectores puede explicarse de una sola manera: caemos en la experiencia del lenguaje como si se tratase, en definitiva, de un absoluto.