Número 1
Aprendí a Hacer
Era abril de 1998, una crisis demoledora ya daba sus zarpazos en el país pero PáginaI12 empezaba a salir los lunes –antes los hacía de martes a domingo– e incorporaba una novedad: este suplemento. Su primera portada llevaba la firma de la exquisita María Moreno, como este texto, que la revisita.

Ni “Vosotras” (un título que parece elegido por Isabel Perón), ni “Para ti” (suena a tuteo de bolero), ni “Mujer” (perogruyesco), el suplemento Las12 permitió desde su salida que se lo asociara con apóstoles apóstatas o mafia por docena y, a pesar del impuesto epígrafe “mirada de mujeres”, luego justamente expurgado, nació político. Que la tapa fuera la fotografía de una travesti era una declaración de principios: el género no es anatómico y contra las revistas femeninas, Las12 no mostraba el hogar sino la calle. Puedo jactarme de que su primera nota de tapa, titulada muy al pan, pan y al vino, vino: “Piedra libre al cliente” la hice yo. Eran los tiempos del debate en torno al Código de Convivencia Urbana, de los vecinos de Palermo pretendiendo mantener el “trabajo sexual” -todavía podía usarse ese término operativamente, sin interpelarlo- lejos de los hogares y las iglesias. El copete gritaba: ”La gran ausencia en el debate sobre el Código de Convivencia Urbana es la de un personaje que cae de su peso pero que nadie mencionó: el cliente. ¿Es que la oferta erótica de Palermo carece de su partenaire natural? ¿Flores alivia los escozores sexuales de gente que no vive allí? ¿Los vecinos de Constitución contratan los servicios de los trabajadores del sexo pero lejos? Las12 se propuso indagar las motivaciones, los argumentos y creencias de los clientes de la prostitución”.

1998: No era el tiempo de las @ o las x para reemplazar el totalitarismo del masculino y de las aes bien puestas pero, cuando me releo, veo con vergüenza que, a pesar de, por lo menos haber aprobado el jardín de infantes en la pedagogía de Lohana Berkins, escribí aquí y allá “el travesti”. Madre Travestiarca ¡perdóname donde quiera que estés! 

Recuerdo jornadas inolvidables acompañando a repartir panfletos antipoliciales, por la calle Godoy Cruz, a una Marlene Wayar chiquita (no en tamaño, sus piernas podían plantarse de vereda a vereda) cuando aún no era la activista capaz de hacer llorar a una audiencia con el relato de niñas vendiendo su cuerpo y rodando de pronto a jugar en el barro de alguna esquina de Constitución porque eran precisamente eso: niñas. 

Lohana Berkins ya se destacaba en la arenga callejera, la hermana Manuela Rodríguez de la fundación Puerta Abierta , con las feministas Josefina Fernández y Silvia Catalá conformábamos una banda rarísima y “los clientes” espiaban por las ventanillas de sus autos con ojos interrogantes . “Somos la oferta de la semana”, dije una vez en chiste. 

Las12 era (es) política y no era (es) un ghetto sino un territorio. 

Entrevisté clientes conocidos y desconocidos, con alias o el nombre propio. 

Lamento que el escritor Carlos Correas se sintiera herido al leer la nota donde dio su testimonio y agradezco que no me lo haya hecho saber: no era un hombre de desdecirse de sus compromisos y sus consecuencias. Aunque mi intención estaba lejos de provocar respuestas sensacionalistas no debí ignorar que para un sartreano crítico, que se suicidaría dos años después, mi interpelación a su status de cliente constituiría un desafío ineludible para su coraje intelectual y lamento que luego no se reconociera en sus lúcidas, cínicas y algo misóginas respuestas. Y agradezco su decisión ética al no intentar matizarlas o ponerlas en cuestión a través de una carta de protesta. 

Han pasado veinte años y la mayoría de “mis clientes” están muertos. Muchos eran ya mayores y habían dejado de ser vírgenes en los prostíbulos. Que me hayan entregado sus fantasmas no exime a la nota de un aire cultivado y progresista donde la violencia aparece soterrada en la teoría y la referencia literaria. Rescatosí, la puesta en escena de la existencia de los habitualmente ausentes en los debates sobre la prostitución.

En lo personal, esa primera nota de Las12 cambió mi estilo y me separó de mis lastres periodísticos de la transición democrática: la etnografía de escritorio y la improvisación literaria. Y me temo que tenga que estar agradecida hasta a esos yuppies reunidos ante una mesa de Puerto Madero -creo que nunca dejaron de sospechar que mi reportaje era una manera eufemística de oferta sexual- que rebuscaron en su sinceridad para no mostrarse renuentes a definir una práctica de la que no solían jactarse y que convivía con sus carísimas alianzas en el dedo anular. No puedo evitar el chiste: con Las12 aprendí a hacer la calle.