David Llorente ganó el Premio Dashiell Hammett en Gijón
“La literatura abre puertas”
El español fue galardonado en el festival Semana Negra por una novela que retrata la realidad de su país, pero que resultará familiar a lectores argentinos. “El autor no puede apartarse un milímetro de ser el cronista del tiempo que le ha tocado vivir”, dijo.
Llorente fue premiado por el festival, que ya cumplió 30 años de existencia.Llorente fue premiado por el festival, que ya cumplió 30 años de existencia.Llorente fue premiado por el festival, que ya cumplió 30 años de existencia.Llorente fue premiado por el festival, que ya cumplió 30 años de existencia.Llorente fue premiado por el festival, que ya cumplió 30 años de existencia.
Llorente fue premiado por el festival, que ya cumplió 30 años de existencia. 

Un relámpago de desasosiego estremece las pupilas de los lectores. En la capital española hay una estampida familiar para quienes sufren las injusticias del presente: el número de mendigos, miserables y personas desesperadas aumenta a la par que se acrecienta la riqueza obscena de banqueros y políticos. Una novela sobre la degradación por la crisis económica ganó el Premio Dashiell Hammett, que otorga la Semana Negra de Gijón, gran festival de literatura policial que cumple treinta años. Se trata de Madrid: frontera (Alrevés) del narrador y dramaturgo español David Llorente, que vive en Praga desde 2002. El escritor español se impuso a la argentina María Inés Krimer, finalista con Noxa, sobre los efectos nocivos de los pesticidas; al mexicano Emiliano Monge con Las tierras arrasadas, acerca de la inmigración y la corrupción de su país; a la catalana Emna Fernández, autora de Maldita verdad, una obra que indaga en la culpa; y al asturiano Ignacio del Valle y Soles negros, que explora el tráfico de bebés durante el franquismo. El jurado subrayó la “originalidad y audacia estilística” de la novela ganadora, así como la capacidad de utilizar la literatura como “una herramienta de denuncia e interpretación de la realidad”. Llorente sucede al argentino Marcelo Luján, ganador en 2016 de un galardón que han obtenido Ricardo Piglia, Guillermo Saccomanno, Guillermo Orsi y Leonardo Oyola, entre otros.

El periodista y escritor asturiano Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ganó el premio Rodolfo Walsh para obras basadas en hechos reales con La tinta del calamar, que aborda el asesinato aún sin esclarecer de Alberto Alonso Blanco, conocido como “Rambal”, un homosexual que apareció muerto en la madrugada del 19 de abril de 1976 en Gijón. Su crimen desató una ola de rumores y la convicción social de que las autoridades policiales no llevaron a fondo la investigación por haber sido cometido por alguien vinculado a altas esferas del régimen franquista. Javier Azpeitia (Madrid, 1962) fue galardonado con el Premio Espartaco de novela histórica por El impresor de Venecia, en la que narra las peripecias del editor Aldo Manuzio en una ciudad que vive el fenómeno de una globalización a la medida de su tiempo, en el siglo XVI. Sofía Rhei (Madrid, 1978) ha obtuvo el premio Celsius de ciencia ficción y fantasía por Róndola, novela que exhibe un mundo mágico en el que los hombres se convierten en animales y atacan a las mujeres que no son vírgenes. El premio Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela negra se otorgó a José María Espinar Mesa (Granada, 1974) por El peso del alma, protagonizada por el detective Milton Vértebra, un investigador descreído, caótico, ingenioso, adicto al alcohol, a las mujeres y al tabaco.

“En esta época convulsa que vivimos, la novela negra es el género más indicado para retratar la realidad. La novela negra es la novela que hay que escribir. Hay que hacer que reviente por sus costuras y que busque las soluciones narrativas que dan otros géneros, la hibridez, la impureza. A estas alturas no vamos a defender ninguno la pureza, sería muy hipócrita”, afirmó Llorente, el ganador del Dashiell Hammett, autor de las novelas Ofrezco morir en Praga, De la mano del hermano muerto y Te quiero porque me das de comer, entre otras; y de las piezas teatrales El héroe, La última flecha de Cupido, Una de miedo, El manicomio, Don Juan (versión 8.0) y Godot o la muerte no tiene la última palabra, reunidas en Los árboles dormidos. “La idea es abrir puertas y ventanas a través de la literatura, tanto para que se airee como para demostrar que el aire que respiramos es venenoso”, advirtió Llorente. “El autor no puede apartarse un milímetro de ser el cronista del tiempo que le ha tocado vivir. Todo lo que no sea eso son piruetas”.