Lo bueno de las crisis (de cualquier tipo) es el despertar de los tibios, los que tienen culo con forma de mecedora y ojos cuadrados de mirar televisión. Estoy tentado a decir que la historia la escriben los tibios; no los que ganan, como dice Litto, sino los tibios, cuando salen de su letargo, como el oso de su hibernación, o cuando no salen y dejan que el guión lo sigan escribiendo otros.

Cuando digo tibios no me refiero sólo a este país. Si los tibios de Inglaterra hubieran ido a votar en el plebiscito del Brexit, los piratas no tendrían que salir de la comunidad europea, con los dolores de bolsillo que ocasiona. Si los yanquis tibios no hubieran tenido molicie el día de las votaciones, quizá Trumpeter Chardonnay no sería presidente.

Es verdad que todos tenemos nuestros momento de tibieza. Eso sí, los argentinos lo pagamos más caro. Acá te tirás a dormir una siesta calentita y te despertás sin trabajo y sin casa.

¿Cómo saber si uno es tibio? Si no salís a defender lo tuyo, lo que creés, si no escribís, si no militás, si no protestás, sos tibio. No confundir con aquellos a los que no les importa saber ni entender. Esa es carne de cañón de la comunicación contemporánea. Son los boludos que le creen a la televisión, como dice el meme.

El que explica bien lo que significa no ser un tibio es George Orwell: "En una época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o simplemente descriptivos y casi no habría tenido en cuenta mis lealtades políticas. Pero me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista...".

Entonces pregunto: ¿Vivimos una época pacífica o no? ¿Es necesario, como dice Orwell, volverse un panfletista, un rompehuevos? ¿O podemos seguir durmiendo la siesta como si no pasara nada? Seguro que es una época de crisis, por lo tanto no es pacífica. No hablo de guerra, aunque no todas las guerras son con armas. Lea un libro de Orwell y verá.

Como hay crisis, ahora asistimos al despertar de los tibios (ahora hablo de Argentina), que son aquellos a los que hace un par de años no se les escuchaba la voz, que parecían decirse: "¿Salir a defender lo mío? Ma' sí, el lunes empiezo", como si la vida fuera una dieta.

Pero hay tibios y tibios. A mí me conmueve el tibio que descubre solito que es tibio. Entender que hemos sido tibios (va de onda, ¿eh?) tiene algo de película de zombis pero al revés. El zombi deja de serlo para volverse humano, y sale a reclamar sangre, la suya, el hervor de su propia sangre en la lucha por sus derechos, su vida.

¿Hay tibios de derecha y tibios de izquierda? Claro, el tibio de derecha es el que no necesita calentarse nunca porque el establishment luchará por sus tibios ideales. También está el tibio apolítico incurable, que aprovechará los beneficios de las luchas de otros, por ejemplo un maestro tibio al que le aumentan el sueldo gracias a la lucha de otro maestro militante.

Ya he dicho en otras notas que la única revolución que queda por hacer es la del no‑consumo. Me equivoqué. Queda la revolución de los tibios (oxímoron si los hay), la de aquellos que, asustados por las consecuencias de su tibieza, salen al ruedo con más énfasis que los luchadores de siempre. Quizá un día las plazas se llenen de tibios que cantarán: "Los tibios unidos jamás serán vencidos". No usarán cacerola, porque cacerola tibia no caza ratones.

Tampoco hay que confundir al tibio con el mediocre. El tibio puede despertar, enojarse, tomar conciencia. José Ingenieros los llamaba "indiferentes", citando a Ribot. Pero imaginemos que mediocre y tibio son sinónimos (y a veces es probable que lo sean). Decía Ingenieros: "El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no engendra; pero, en cambio, custodia celosamente la armazón de automatismos y prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra la acechanza de los inadaptables". Clarito, ¿no?

La tibieza es una especie de "mal de shopping". Ya habrá visto que al entrar al shopping a uno le entra un calorcito extra en el corazón. Posiblemente, sea una garúa que te tiran por el aire acondicionado, una fórmula secreta del estilo de la Coca Cola, para que dejemos de pensar en política, y nos limitemos a comprar... comprar... comprar... El tibio es el consumidor ideal. El mediocre, más aún. Y si Dios los vomita, como dice el proverbio, es probable que los vomite en la puerta del shopping (Dios no va contra el sistema, es parte).

El sistema nos quiere tibios, excepto cuando le sobran armas en stock y nos prefiere también asustadizos, y nos hace creer que todo pibe es un chorro, que toda moto un arma, que toda gorrita al revés una declaración de guerra.

De paso: si Dios vomita a los tibios, ¿a quiénes vomita el Diablo?

Y aunque el sistema siempre sale ganando, es su angurria la que crea las crisis y hace despertar a los tibios que se enojan por un rato y hacen temblar el mundo. Entonces la historia vuelve a repetirse. ¿Hasta cuándo? Hasta que llegue la revolución de los pachorrientos que vaticina Chiabrando. Pero no hay de qué preocuparse, ya vaticiné tantas cosas que no se cumplieron que mejor irse a la mecedora a ver Susana y Tinelli, o películas donde sufre gente tan lejana que no vale la pena hacerse mala sangre. Negros en una patera, chicos en una guerra, qué aburrido.

Seguramente, una vez pasada la crisis (pasará, pasará, pero algo quedará), los tibios volverán a dejarse caer en la poltrona, se arroparán con lo más grueso que hay en los alrededores, subirán el volumen del televisor o mirarán girar el spinner hasta el orgasmo, y hasta otra crisis no los volveremos a ver. ¿Se acuerda de las plazas repletas de indignados? Por las dudas, gritemos a los cuatro vientos el eslogan de la revolución pendiente: "Tibios del mundo, uníos". Al tibio que le quepa el sayo que se lo ponga y que se aguante el chubasco.

 

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