Online> La serie documental The Keepers, sobre el asesinato de una monja que revela una red de pedofilia en la Baltimore de los años 60.
Un cuento gótico

“¿Cómo comienza una historia?” se pregunta un periodista vieja escuela, llamado Tom Nudget, desde el altillo de su casa, sentado entre un montón de cajas de madera, recortes de diarios, libros y fotografías húmedas. Y es que el comienzo de The Keepers, serie documental dirigida por Ryan White y producida por Netflix. Y el comienzo, en ese altillo, no podía ser más perfectamente gótico. ¿Comienza –una historia, esta historia– con el cuerpo de la hermana Cathy Cesnik, el cráneo deshecho, arrojada en un descampado en las afueras de la ciudad de Baltimore? ¿Comienza, cinco días después, con el cadáver de una chica, Joyce Malecki, en circunstancias parecidas? ¿Comienza con una nena de dieciséis años que en el confesionario de su colegio católico le cuenta al Padre en servicio la vergüenza que siente por haber los abusos que sufrió de chica por parte de su tío? ¿Comienza, varios años atrás, en la ciudad de Baltimore, una de las ciudades más católicas de los Estados Unidos, con el sueño de todo padre working class hero de ver a sus hijas detrás de un velo blanco tomando la primera comunión?

“Cuando corrieron la sábana y vi que el rostro estaba todo lleno de barro y suciedad, pude decir que era mi hermana” dice el hermano de Joyce Malecki, la segunda muerta que se encontró días después de que la Hermana Cathy apareciera sin vida, aquella extraña semana de enero de 1970. Casi medio siglo después, el documentalista Ryan White, director de Good Ol’ Freda sobre la secretaría de The Beatles y The Case Against 8, viajó a Baltimore para ver qué había pasado en la ciudad con los crímenes de esas dos mujeres, nunca resueltos por la Justicia, y qué tipo de vínculo tenía con la Keough High School, escuela católica para chicas en donde la madre y la tía del realizador habían estudiado y se habían conmocionado con esos asesinatos durante varios años. “No había escuchado del caso hasta que tres años atrás mi madre me escribió para decirme quién era Jane Doe” dijo recientemente Ryan White a la revista Vulture.

Otra vez: como en las novelas góticas, la historia pega un giro, superpone el pasado y el presente, y viaja a 1992. El caso de las dos mujeres asesinadas estaba cerrado, no era más que una nota perdida en un viejo diario de los setenta, pero en la última década del milenio aparece una testigo clave, una tal Jane Doe, que acusa al director de la escuela, el Padre Maskell por abusos sexuales cuando ella tenía 16 años y por el asesinato de la hermana Cathy. La misteriosa Doe, cuyo verdadero nombre se supo años más tarde, era Jean Hargadon Wehner, era una vieja compañera más de su madre y de su tía. La hermana menor de ocho, una típica madre de dos hijos, que acudía todos los domingos a misa, cumplía su rol dentro de la clase media norteamericana. White intentó persualidarla de llevar esa historia, su historia, a imágenes, y, de ese modo, reabrir el caso. Una historia tan terrible y desconcertante que ni a la pesadilla más afiebrada David Cronenberg o Lars Von Trier hubiera podido concebir.

“Esto no es solo una historia. Esto ocurrió realmente” dice en over la voz de Wehner en el segundo capítulo cuando todo comienza a ponerse muy, muy podrido en Baltimore. Y lo que ocurrió realmente, el 3 de enero de 1970, es terrorífico: el asesinato de la Hermana Cathy, traía consigo una trama de ocultamientos. Cathy intentó develar un laberinto oscuro de abusos sexuales ocurridos durante varios años en Keough High School, una de las escuelas católicas para chicas más prestigiosas de Baltimore, a cargo de un cura siniestro llamado el Padre Maskell. Un padre con un pasado oscuro y perverso, una presencia totémica y controladora en el alumnado, que día a día, sometía, a las chicas que habían sufrido abusos y los confesaban, al mismo martirio diario: las llamaba por altoparlantes y, en su despacho de director, abusaba sistemáticamente de ellas, haciendo participar en estas rondas perversas, no sólo a otros curas que oficiaban de maestros, sino a policías, médicos y jueces de toda ciudad que, en una especie de trata de blanca camuflada por el manto del catolicismo y el puritanismo. Maskell las manipulaba psicológicamente diciendo que lo hacía en nombre de la fe.

Fiel a los ganchos, ajustes y devenires de las series de Netflix, en este nuevo género que la crítica se encargó de bautizar como True Crime documentaries, que engloba a su hermana gemela Making a Murderer, y cuyo formato se basa en retomar un caso policial para darle un ritmo de reality así el espectador se involucra en tiempo real con la trama, The Keepers en sus siete capítulos atraviesa casi medio siglo de devenir histórico: desde el último coletazo de la ola de cambios que la sociedad norteamericana vivió en los sesenta, pasando por la reapertura del caso en 1992 y la era de Clinton, cuando Jane Doe decide denunciar al Arzobispado de Baltimore y recibe una enorme cantidad de apoyo por parte de otras mujeres que, rondando los treinta años, no aguantaron mantener el secreto, y llega a nuestros días en los que el Arzobispado, más allá de compensar de económicamente a estas mujeres, sigue sin asumir ¿los crímenes del Padre Maskell públicamente, incluso una vez muerto.

Lo que resulta increíble (o no) es que White se apoya, para estructurar su investigación audiovisual, en, principalmente, investigaciones amateurs. El relato se articula en parte en la investigación hecha por dos ex alumnas: Abbie Schaub y Gemma Hoskins. Dos amas de casa que nunca entendieron qué había pasado con su maestra preferida y decidieron recopilar datos por años, tender una red de acciones, hurgar en el pasado, en archivos, armar páginas de internet, preguntar en la policía, y salir al territorio para hablar con la gente: el trabajo que haría un buen detective o un periodista de investigación, o el trabajo que tendría que haber hecho la policía o la fiscalía que, en definitiva, habían metidos en el caso desde el lado oscuro. Hoskins y Schaub se fueron topando con otros periodistas y otros investigadores amateurs, muchas de ellas mujeres jubiladas, solteras, viudas o divorciadas, que se habían hecho la misma pregunta, ¿cómo comienza esta historia? En todo cuento gótico o de terror cósmico la pregunta por la temporalidad queda suspendida; no se narra la huida hacia delante, una flecha incrustada en el futuro, sino hacia abajo, se indaga para descender y escarbar; distintas capas de narración que van encubriendo en cada nueva piel una cebolla podrida, y cuanto más se escarba más alejada queda la pregunta por cómo comienza una historia sino por saber si todo esto, alguna vez, va a terminar.