El regreso del Transbordador
Esta semana se reinaugura, restaurado, el símbolo de La Boca. Cómo fue salvado y cómo se decidió recuperarlo.
Imagen: Adrián Pérez

Técnicamente no es un puente, pero todos lo llaman así. El Transbordador Nicolás Avellaneda es un vehículo para el transporte de borde a borde del Riachuelo, uno de los ocho todavía existentes en el mundo y una obra emblema de la ciudad de Buenos Aires que volverá a funcionar este jueves.  El artefacto fue encargado por el Presidente Figueroa Alcorta al Ferrocarril del Sud, inglés, y se inauguró el 31 de mayo de 1914. Costó cien mil libras esterlinas de las que valían once dólares cada una, y mide 52 metros de largo, 77,5 de alto y 43,5 de gálibo. En sus orígenes, el transbordador era gratuito por pedido expreso del Presidente. Por aquellos años los frigoríficos funcionaban las 24 horas, los trabajadores rotaban sus turnos y enormes multitudes se trasladaban de orilla a orilla a toda hora.

Así fue llevando y trayendo trabajadores, carros, tranvías, alumnos de las escuelas y todas las ilusiones, desdichas y esperanzas de lado a lado, siempre cumpliendo con la función de dejar pasar navíos, como todos los puentes del Riachuelo, respetando la vía navegable.

Las obras de restauración, tras medio siglo de abandono, comenzaron en 2013 y las llevó adelante la Dirección Nacional de Vialidad. Su barquilla colgante, dedicada a cruzar de lado a lado, ahora lucirá a nuevo. Se recuperó completa su cabina original utilizando los viejos engranajes que le dieran movimiento mecánico, (https://youtube/wEUlkXukjRI), a los que sólo se les agregó un motor de última generación, desde donde se controla el desplazamiento.

El óxido de cien años hizo su trabajo deteriorando partes, en especial las bajas por la erosión del río. Pero se conservó la mayor cantidad de piezas y perfiles ingleses originales, y sólo se cambió lo insalvable. De ese modo su roblonería y remachado original están allí. La iluminación funcional y el sistema de balizamiento serán una de las novedades.

Una dificultad fue  sacar el gasoducto que lo atravesaba por sus dos perfiles e  impedía su recuperación. Esto encontró solución en la colaboración de los  trabajadores del Estado, que redescubrieron un túnel olvidado que atraviesa el Riachuelo a treinta metros de profundidad. Había sido construido por la Compañía Italo-Argentina de Electricidad y llevaba cables de baja tensión a la Provincia. Se utilizó para pasar el gasoducto, una  forma creativa e innovadora que generó un importante ahorro económico. 

Vale la pena destacar la amplia trama social que empujó este logro de tener el Transbordador otra vez en funcionamiento. Simboliza el espíritu comunitario boquense, porque el barrio mismo lo hizo su emblema y por donde uno lo transite lo va a encontrar dibujado, tatuado, estampado y hasta esculpido en palieres de edificios, en muros, escudos de pizzerías o colegios, y otras instituciones.

Porque durante la década del sesenta, se lo dejo de utilizar y comenzó a ser un testigo mudo de la decadencia de la zona. Sobrevivió en sus herrumbres y a pesar de todo siempre se erigió como ícono de Buenos Aires, siendo el rival más competente del Obelisco a la hora de señalarla. Hoy el Transbordador es un verdadero blasón plebeyo del sur de la ciudad. Y el barrio lo mantuvo vivo en su memoria: volver a escuchar el crujir de sus fierros, sentir que el transbordador vuelve a moverse y a unir la continuidad de La Boca y la Isla Maciel, es un llamado a presenciar las concreciones que nos invitan a creer.

Los años noventa habían llegado con el desguace del Estado, y el Transbordador fue puesto en venta como chatarra. ¿Cómo se logró, entonces, salvarlo? La convocatoria del juez de la “Causa Mendoza” en 2013 sentó en una mesa a ACUMAR, Vialidad Nacional y Metrogas, Fundación x La Boca y La Asociación de Vecinos de la Boca. Allí se acordó explorar las posibilidades del túnel para pasar el gasoducto, y fue la solución esperada. 

Ya antes vecinos como el arquitecto Carlos Pascualini, el Presidente de La República de la Boca Rubén Granara Insúa y legisladores como Aníbal Ibarra, Abel Fatala y  Raúl Fernández habían evitado que el desguace fuera su triste destino, declarándolo sitio de interés cultural. Docentes que  enseñaron la historia del barrio e incentivaron el arte en los pibes, junto a renombrados artistas, lo tomaron como inspiración y fueron activos protagonistas de su defensa a través del proyecto “Amigos del Puente”, por el grupo Arte Aquí y Ahora. Distintos mega espectáculos hechos por Proa y Fundación x La Boca, también aportaron. El cine en su barquilla y el teatro en otras épocas, las treinta maquetas del transbordador intervenidas por artistas y su recorrida itinerante, conmemorando sus “Cien años, un puente”, coordinado por Silvana Canziani,el Museo Benito Quinquela Martín y su arte, las escenografías del Teatro Catalinas Sur, las actividades del Centro Cultural del Puente Nicolás Avellaneda, “Arrojas poesía al sur” y su lírica. Las Remadas x el Riachuelo y el Centro de Interpretación de la Fundación x La Boca, revestido por un mural bellísimo que rescata el alma boquense, hecho por el grupo Contraluz Mural, en los predios de los Bomberos Voluntarios de La Boca, la AFIP y AGP, recuperando el entorno de nuestro transbordador. 

Les siguieron las mesas de trabajo que incluyeron al IPPAUR,  ICOMOS, las excelentes recreaciones audiovisuales hechas por los arquitectos Graciela Raponi y Alberto Boselli, de la UBA, el Ingeniero Fernando Fornas y el restaurador Ricardo Marchese, el arquitecto Gustavo Cañaveral, el arqueólogo Marcelo Weissel, el arquitecto Tito Gastaldi y los distintos equipos técnicos de la Fundación x La Boca, todos aportes importantes.  

Un fuerte impulso llegó de la mano del Nuevo Puente Nicolás Avellaneda reinaugurado por Cristina Kirchner en 2010 (el Puente de al lado, más moderno), también logrado por iniciativa de un miembro del Club Regatas Almirante Brown, Roberto Naone, con la esencial escucha del Ingeniero Nelson Periotti, a cargo de la Dirección Nacional de Vialidad: una alianza ideal.

Tenemos, entonces, una obra asumida por un gobierno y terminada por otro, como la Usina del Arte, o las obras contra las inundaciones, sobre las cuales fueron consecuentes todos los gobiernos de la ciudad, hasta el actual. El Transbordador Nicolás Avellaneda nos habla de herencias, no tan pesadas, y de la continuidad de una gestión que se concreta, después de tanta espera.