Las boinas blancas

El señor intendente de la Ciudad Húmeda está, dentro de todo, tranquilo. Leyó los diarios, los pocos diarios que publicaron la noticia. Le llegaron algunos comentarios. Pero el bloqueo informativo brinda sus favores. No es fácil que una información logre romper esa cortina de hierro. Concentración y complicidad mediática es una fórmula demostradamente efectiva. El País Normal se organiza en corporaciones. Lo sabe, por eso está mayormente tranquilo.

Vicente, con el diario en la mano, habla del intendente y de su maquinaria política articulada con recursos públicos. El líder radical, el del acertijo de Cambiemos, el de las piernas separadas. Un consorcio de periodistas lo denuncia, dice. Las filtraciones, esa sinonimia de lo contemporáneo. Los medios nacionales, los aliados, los del cerrojo, no son un peligro. Es cierto: la noticia no llegará a cada rincón del país. Las usinas que pueden distribuirlo, callan. Pero ahora andará suelta por el territorio provincial, disponible para que cualquiera recoja el guante y presente un nuevo conflicto. Y sabemos lo que detesta el conflicto abierto el señor intendente, pregonero de diálogos y consensos.

--Lo que pasa es que el señor intendente sueña en grande -me dice.

En el fondo, no le inquieta que se descubra su aparato, las formas de la política real, de provincias. Las menciones a Don Raúl y las proclamas emocionadas sobre el '18 bien pueden servir como cotillón para reuniones de comité, discursos ante la prensa adicta. El señor intendente sabe que el problema es interno. El Frente Progresista se descascara y él es uno de los que pasa lija y junta con la palita. La Provincia es su sueño eterno.

Somos un gobierno que no regala plata a la gente, dicen, Vicente habla. El Programa es un reducto, un centro de operaciones. Hay todo un entendimiento de lo público. El tema es qué tienen de nuevo, qué traen. Porque estos son los que traen algo, dice Vicente. Son más lentos y densos que los otros, le digo. Pero son elásticos, contesta. Lo que le agregan a la tradición, ahora, es mayor elasticidad en ese asunto de las dobladuras y los quiebres. Se ponen a tono, le digo. Intentan combinar: saber reproductivo, inteligencia artificial, antiguas mañas de la rosca, prestigios letrados, modales a conservar. El evolucionismo corporativo exige adecuación, rapidez. Según se sabe, no están dispuestos a perder el territorio, que se les vaya otra vez de las manos la oportunidad, romper ese hechizo de la secundidad. La trama de la Seguridad les sienta bien, los usos de la violencia, el tema de las fugas y resistencias. Hasta los más progresistas debieron plegarse. El protagonismo es autoridad, eso lo llevan casi como un emblema feudal, aunque azucarado con el vocabulario de la época. Son los señores de los cien palos, billeteras grandes para la política y amistades policiales.

De ahí vienen. Están haciendo doctrina. Tienen más teoría de la que aparentan. Se prepararon todos estos años, se demuestran a ellos mismos que valió la pena. Y hacen valer hasta la pena más insignificante. La espera, esa dedicada paciencia que va del centro hacia afuera. Tienen algo más que su decana fiereza. Serios y prontos, según su estirpe, a diferencia de los herederos de empresas, los más modernos y cosmopolitas, más abiertos al mundo, fluyentes y ficticios. Qué viejas quedan las reyertas entre personalistas y antis, las tentaciones desarrollistas, las bondades de la democracia y las reparaciones, o las decepciones de fin de siglo. No se fueron, se quedaron y hasta terminaron, ellos, golpeando cacerolas unos años después. Ahora se aceleraron los tiempos y surge el solemne problema de la reconversión; las boinas blancas, esa especie de oxímoron. Diluciones cromáticas mediante.

Los ingredientes de la picaresca política con corruptelas y comisariatos regionales no faltan en la historia: las viejas familias, la estructura de punteros, los gitanos y los históricos, sicarios, matones, delegaciones, subsidios, prebendas, los ancestrales métodos del apriete y el arreglo, las facturaciones, o los acuerdos contractuales o los pactos de convivencia no del todo pacífica. La guerra subliminal, ellos, maestros de las formas. Son tan terribles como lo que cuentan los relatos de la barbarie peronista. El plano es infraestructural: con senadores departamentales, presidentes comunales, concejales, y las derivadas fundaciones, mutuales, organismos e instituciones a su servicio. La vertebraduras del poder político del interior. La figura de la araña, dice Vicente, con sus derivaciones y aperturas, los anudamientos y las geometrías, queda vieja. Hay que sustituirla por una red de tubos, obra pública para el drenaje de favores, ofrendas, permisos. Ese es su sesgo, su impronta. Pagan y pegan. Las márgenes del Paraná asisten a las tensiones de unitarios de provincia y centrales. Un nuevo término en la disputa del campo y la ciudad.

--Hay que admitir que administran mejor las ganancias.

--También aceptan el paso de la burocracia a la empresa, de lo pastoril a lo biotech.

Lo que miden como costo social es una mujer muerta de leptospirosis tras limpiar cunetas para la Municipalidad. Ni siquiera le dieron los instrumentos de higiene. Vicente describe como si repasara una nómina. Dejó cuatro hijos. El padre, joven radical, funcionario, hijo de, desestimó el reclamo de la familia de la madre. La Fundación del señor intendente compró una casa y el señor intendente se la cedió al padre de los chicos. Medio millón para el bien de la familia. Los valores, un factor constante, repetido en series a lo largo de esta historia. El valor, sí, su ley. Los chicos nunca vivieron en la casa. La ocupó el suegro.

--Quieren su enésimo Gran Acuerdo Nacional -gorjea Vicente.

Pero hay toda una materialidad provincial de por medio. Entre gerentes se disputa el gobierno corporativo. Orejean las chances que se ofrecen, pactan términos, fijan montos, trazan objetivos. Los escenarios: la Bolsa de Comercio, las cámaras patronales, las empresas del sector, oficinas siempre relucientes. Modernas. El combo de commodities y alegría supone modos de vida no siempre compatibles con su condición de radicales. En la Ciudad Autónoma no saben nada de lo que pasa en la Ciudad Húmeda y la Provincia. El señor intendente intentó decírselo al señor presidente. Permite que fundaciones y tanques de pensamiento salten las tranqueras y se metan a los campos. Pero sabe que es tierra suya, tiene un límite.

Éste es un gobierno que no regala plata a la gente, leo, son declaraciones. Insisten con canaletas y dilapidaciones. Quieren capacitarla e insertarla al mercado laboral. Tirarla a la cuneta, valga la humorada, dice Vicente. Es sarcástico pero por como habla, no da gracia.

--Es la baratización de la vida, los pasos previos de la degradación.

Como todo proceso, me digo. Pero evito hacerlo en voz alta, que Vicente me escuche. Casi parecería que habla de sí mismo, de su propia historia, esa obstinada vocación para sentirse parte de algo, para meterse y pretender estar medianamente a salvo. Nada de eso, Vicente, estás acá, por eso seguís viniendo. Por algo pasamos estas horas inútiles, sin más sentido que la imposibilidad de definir siquiera de qué se trata esta respiración. Nos quedamos afuera, Vicente. No hay vuelta, no la busques. Vos sos un pesimista, dice, ríe, disimula un llantito. Vicente no quiere quedarse afuera, prueba negocios, emprende, arriesga, aunque hasta un tope, siempre se guarda un resto y, por lo que parece y por lo que Vicente dice, acá gana el que arriesga todo. O el que tiene suficiente para arriesgar lo del resto. Esos, es evidente, son los que siempre ganan.

--Entonces, acumular o no, ¿seguimos hablando de eso?

--Esa es la principal diferencia con la generación anterior -dice Vicente-. Vienen con la gestión metabolizada.

Por eso, para Vicente, los abogados de la Recuperación Democrática, los Morados, tienen un dilema en ciernes. Sus boinas blancas, ahora, por los misteriosos juegos de la democracia representativa, conviven con listas negras. Los 500 más odiados del señor presidente. Los que serán enviados a la luna, pero no como lo soñó Cyrano de Bergerac. Respeto e independencia, republicanismo y credo constitucional, reconvertidos en irrupción en universidades, allanamientos a radios y locales partidarios, represiones y hostigamientos varios, justicia corporativizada, amigables lavados de dinero, la unión de la familia. Radichetos, les dijeron, con sagaz ironía.

Se les terminó una época. Hacen una reelaboración disciplinar. Por supuesto: una desaparición y el posterior encubrimiento. Ellos también, que habían leído el Nunca Más. Pero vuelven a la Obediencia Debida. La suya es De Vida, le digo. Hasta tienen su Santa Purificadora que todo lo aclara, aporte de las filas propias, las ramificaciones del factor radical. Ahora lo comprendemos, Vicente: las boinas blancas también caben en las cabezas de gendarmes.

Se criaron con la ley en los papeles, la estudiaron y aprendieron. Son doctores de mercado. Este es su sinceramiento. La regla de consumo: el que tiene, puede. Para ellos no hay que oprimir, hay que exprimir: sacrificio y derechos, de eso se trata. Por eso son la pata jurídica, le digo. Vicente sonríe. El ámbito de la razón pura, la adultez prudente. Capitostes de tierra adentro. Son los que dan sentencia, maduraron sus tecnicismos para interpretar con precisión las leyes. Alejarlas de la sociedad, de las rugosidades, del relieve. Las justas decisiones para el orden económico-moral. Todo eso con el calor de la Ciudad Húmeda, los gringos, los pueblos casi sin habitantes y la Capital de Nada en manos de los competidores. Que son ellos, pero no. Ahí está, dice Vicente, el factor radical, su peso.