Y de pronto uno de los mejores largometrajes de 2023 se parece bastante a otro que podría haber sido filmado en 1971. La expresión precedente no es literal. No se trata de una imitación, una remake o un robo: la película tiene un guion original y, si bien en su punto de partida es posible hallar elementos reconocibles en otros títulos del pasado, se trata de un proyecto que no le debe ideas a nadie. En su octavo largometraje, Alexander Payne, todo un veterano del cine independiente estadounidense, entrega una historia habitada por la sensatez y los sentimientos; el tránsito de un trío de personajes algo vencidos por el peso de la existencia por los días y las noches heladas de una quincena solitaria, justo durante esas fechas en las cuales la soledad puede hacerse más densa y pegajosa: las fiestas de fin de año. En Los que se quedan, el director de Entre copas, Nebraska y La elección encierra en los amplios espacios de una escuela de elite a un profesor de historia especializado en Civilizaciones Antiguas, a un alumno díscolo y rebelde y a la mujer encargada de la cocina de la institución, mientras el resto del alumnado, docentes y administrativos pasan los días de festejo con sus seres queridos. En el corazón de esa cohabitación forzosa y, al menos en un primer momento, odiosa Payne construye un cuento de Navidad transparente, complejo pero de apariencia sencilla, sin elementos mágicos, mientras acompaña el derrotero de sus criaturas por situaciones que los enfrentan, muchas veces contra su voluntad, a espejos que permanecían ocultos. Como ocurría en Entre copas, tal vez el film de Payne que mejor conversa con esta última creación, y no solamente por la presencia del mismo actor protagónico, es en los resquicios de las actividades humanas comunes y silvestres donde se encuentra la clave de los cambios emocionales más profundos. Protagonizada por Paul Giamatti, el debutante Dominic Sessa y Da’Vine Joy Randolph, Los que se quedan acaba de ser nominada a cinco premios Oscar, entre ellos el de Mejor Película, Mejor Actor Protagónico y Mejor Guion Original, y tendrá su estreno en salas de cine locales el próximo jueves 8 de febrero, excelente oportunidad para reencontrarse con el cine de uno de los autores menos estridentes del cine contemporáneo, pero en cuyo bajo perfil brillan gemas de todos los colores.

Lo retro es explícito y el cinéfilo lo advierte de inmediato: el logo de Universal Pictures que abre el juego es el de los años 70 y la placa que le sigue, anunciando la calificación “Restricted”, pertenece al mismo período. Es un pequeño juego, que continúa con un juego tipográfico que recuerda a los films del Nuevo Hollywood. El audio en mono que luego se abre al estéreo y otros detalles sonoros completan el guiño. Pero Los que se quedan no se queda en la simple enunciación formal de la añoranza audiovisual, y en ciertos recursos de encuadre y montaje Payne homenajea el cine de un Hal Ashby o un Bob Rafelson, en particular gracias al uso del zoom y los fundidos encadenados, muchas veces realizados sobre el mismo eje, momento y situación. Hay allí un deseo, tal vez un anhelo melancólico, de regresar a un tiempo que se considera hermoso y perdido. Por lo demás, la narración no es tanto clásica como prístina. Paul Hunham es un veterano profesor de historia bastante poco querido por el alumnado, aunque entre sus pares tampoco parece contar con demasiada popularidad. Retacón como el gran Giamatti que lo encarna, bizco por obra y gracia del maquillaje y tal vez un poco de posproducción digital, reservado y muy riguroso con las notas de los exámenes, solterón empedernido y aficionado al bourbon para matar el frío del invierno, la película lo presenta como un clásico docente duro de querer.


Que además el hombre, que hace un buen rato dejó atrás los ardores primaverales, sufra un problema hormonal que lo hace exudar un penetrante olor, sobre todo hacia el final del día, completa una descripción alejada del primor físico. Su universo se reduce a la existencia dentro de las fronteras de la Barton Academy, en Nueva Inglaterra, una de esas escuelas secundarias pre universitarias (la Escuela Preparatoria) destinadas a las clases más acomodadas pero en la cual, muchas veces, terminan sus días los estudiantes menos brillantes. No es el caso de Angus Tully (Dominic Sessa), a quien no le va del todo mal académicamente, pero cuyo comportamiento propenso a la rebeldía ya hizo que fuera expulsado de varias instituciones. Resulta claro, por otro lado, que el reciente casamiento de su madre con otro hombre lo tiene a mal traer. El año es 1970 y la Guerra de Vietnam, que no se nombra directamente, está muy presente en la misa de despedida antes de las fiestas y también en el rostro de Mary Lamb (Da'Vine Joy Randolph, ganadora de un Globo de Oro como Mejor Actriz de Reparto por este rol), la empleada de Barton encargada de dirigir la cocina y para quien la muerte de su joven hijo en el frente de batalla dibuja la silueta del trauma.

Todo se decide bastante rápido, aunque las razones detrás de la elección de Hunham como celador y “carcelero” viene de arrastre, desde que decidió aplazar al hijo de un importante benefactor de la escuela. Este año le tocará a él quedarse durante esos quince días de diciembre al cuidado de cinco alumnos que, por razones diversas, no pueden regresar a sus hogares. La escuela es exclusiva para varones (recordar, son los años 70) y la estructura es del tipo pupilo. Pero lo que podría transformarse en un Salieri de La sociedad de los poetas muertos rápidamente deviene en otra cosa: de los cinco alumnos originales, previo permiso familiar, cuatro parten ¡en helicóptero! hacia unas minivacaciones, y el único que debe permanecer forzosamente en el lugar es Angus. La decepción, ira y tristeza de los dos adultos y del adolescente, los que se quedan del título en español, se reflejan de maneras muy diferentes, y en la interacción entre los únicos habitantes de ese enorme y vacío castillo se juega el partido narrativo. “Los griegos tienen una palabra: harmolipi. Felicidad y tristeza juntas, combinadas. En Grecia las dos máscaras van siempre juntas. Bittersweet (agridulce) sería la mejor descripción en inglés”. Entrevistado por el periódico británico The Guardian, Alexander Payne describe su habitual aproximación al cine conjurando el estilo del profesor Hunham, quien de manera recurrente a lo largo de la película echa mano a las analogías con el pasado y las citas en idiomas muertos, con preferencia por el latín. “Siempre digo que hago comedias. Ford solía decir ‘Soy John Ford y hago westerns’. Yo digo ‘Soy Alexander Payne y hago comedias’, porque trato de mantener una actitud cómica, incluso ante el material dramático. Mantenerlo ágil, mantenerlo encantador. Pero así es la vida, ¿no? Porque si bien puede parecer una analogía cursi, la vida no son notas simples, sino acordes. Tonos menores y mayores. Harmolipi, agridulce”.

Payne recuerda que, antes del comienzo del rodaje, reunió a una parte del equipo técnico, en particular el director de fotografía y el diseñador de arte, más el joven actor Dominic Sessa, en una sala de cine de Boston. La excusa fue la proyección de un puñado de películas estadounidenses de los años 70, entre ellas El graduado, Enséñame a vivir, El último deber y Luna de papel, auténticos clásicos del Nuevo Hollywood de finales de los 60 y comienzos de los 70. “La intención no era emular conscientemente el look de ninguno de esos títulos puntuales, sino salpicarnos de esas películas, como si fuéramos contemporáneos y estuviéramos filmando una película en aquel entonces. Soy un gran cinéfilo, he visto mucho cine. Pero esa era en particular pertenece a mi adolescencia, y hay una sensación que quedó impresa en mí. Lo interesante es que, en aquel entonces, se veían como films comerciales. Hoy son considerados films de arte o algo así. La última edad de oro. Bueno, nunca se sabe cuando estás viviendo una era dorada”. Finalmente, Payne cree que, tal vez de manera inconsciente, la elección de ese período particular como trasfondo de la historia tuvo que ver con el presente. “Porque es un film que transcurre en un país que ha perdido la dirección, más allá de los personajes. Quizás tenga cierta cosa antiautoritaria. Entonces, ¿es posible que esas cualidades ofrezcan un paralelo o comenten lo que estamos atravesando ahora?”.

En Merlusse, una olvidada comedia de 1935 del francés Marcel Pagnol, un profesor que huele mal y tiene un ojo de vidrio debe quedarse durante las fiestas navideñas junto a un grupo de alumnos que lo detestan. Payne vio una copia restaurada del film en un festival de cine y, tiempo después, se puso en contacto con el guionista David Hemingson, punto de partida de Los que se quedan. Allí terminan las similitudes entre ambos films, que tienen un desarrollo y tono muy diferentes, más allá de esa línea de arranque compartida, un homenaje o inspiración. Angus, el chico que pasa esos interminables días con sus noches en la escuela junto al rígido profesor, no es el cruzado interpretado por Malcolm McDowell en If…, el clásico rebelde de Lindsay Anderson, pero en su complejo presente el único escape a una realidad que no tolera es el desacato a los normas y dictados, una reacción casi inevitable. A lo largo de las poco más de dos horas del largometraje de Payne hay una fiesta de Navidad donde ocurren varias cosas, todas ellas menores en términos de escala humana pero dramáticamente importantes, un accidente ridículo que pone en riesgo el lugar ganado por el tutor durante décadas de trabajo esforzado, y un viaje a la vecina ciudad de Boston donde un par de secretos y alguna que otra máscara terminan de caer. El guion de Hemingson y la delicada dirección de Payne le dedican ingentes esfuerzos a los detalles físicos, los diálogos y, sobre todo, el énfasis o falta de él en los momentos más dramáticos. Incluso un gag que involucra un libro de Marco Aurelio, Meditaciones, que es “como la Biblia, el Corán y el Bhagavad Ghita todos juntos, pero lo mejor es que no tiene ni una mención a Dios” (Hunham dixit) termina revelándose como un gag casi una hora más tarde.

En el camino, tanto el maestro como el alumno, que terminan corridos de sus roles habituales durante esas jornadas extrañas, aprenderán algo que no conocían, reafirmarán algunas de sus ideas y verán otras destruidas desde los cimientos. Pero, como afirma Alexander Payne en una entrevista con la revista Filmmaker, “me gusta pensar que Los que se quedan es una suerte de anti versión de La sociedad de los poetas muertos, Fin de semana de locos o Perfume de mujer. Quería que fuera un relato de escuela preparatoria de época, pero que no estuviera bañado en colores pastel, con hojas cayendo de los árboles o estudiantes en situaciones idealizadas que aprenden bellas lecciones de vida”. Que un docente usualmente compuesto y aplomado, aunque algo torpe cuando debe interactuar fuera del círculo académico, termine construyendo un insulto tan complejo y poético a la hora de desairar a su interlocutor (“Eres un cáncer de pene con forma humana”) habla a las claras de las transformaciones internas provocadas por esa cohabitación fugaz, en principio parecida a un castigo, entre docente y alumno, pero que poco y nada tienen que ver con la estampa tradicional, la de la pluma, la palabra y la manzana apoyada en el pupitre.