El perro juega al Pong, en la versión de Atari, frente a su televisor de tubo. Parece algo cansado, abrumado incluso, aunque se despereza para calentar en el microondas una porción de mac and cheese congelado. De nuevo en el sillón, frente a la tele, las publicidades se suceden (un cuchillo bien afilado, un spray para simular profusiones capilares, ¡llame ya!) mientras en el departamento de enfrente, juntitos juntitos, una pareja cérvido-vacuna mastica pochoclos frente a su propio radiador de rayos catódicos. El perro se siente algo triste, qué dudas caben. De pronto, la pantalla arremete con una placa en letras catástrofe, “¿Te sientes solo?”, antes de ofrecer las bondades del Amica 2000, el último modelo de robot amigable diseñado para acompañar al ser perruno, o a cualquier otra especie o raza animal, en sus actividades cotidianas.

Ese es el punto de partida de Mi amigo robot, el nuevo largometraje del realizador bilbaíno Pablo Berger, una adaptación de la historieta Robot Dreams (el título original del film, una coproducción entre España y Francia, es ese mismo), escrita y dibujada por la estadounidense Sara Varon y publicada originalmente en 2007. Sin seres humanos ni diálogos a la vista, pero con un diseño de sonido notable en varios sentidos, la primera película de animación del director de Blancanieves y Torremolinos 73 mantiene el trasfondo del cómic original, la ciudad de Nueva York en algún momento de la década de 1980, para narrar la historia de amistad y, tal vez, amor entre un can y un hombre de hojalata. Un retrato de las soledades, alegrías y dolores de la vida cotidiana que puede ser disfrutado –aunque de maneras muy diferentes– por el público de cualquier edad. De una enorme sensibilidad, originada en gran medida por su estilo visual sencillo y de apariencia cándida, Mi amigo robot comenzó su carrera en el prestigioso Festival de Cannes, ganando premios aquí y allá que ahora se ven coronados por la nominación al Premio Oscar en la categoría correspondiente, donde compite con pesos pesados como el japonés Hayao Miyazaki (El niño y la garza) y los blockbusters de Hollywood Spider-Man: a través del Spider-Verso y Elemento, y tendrá el jueves un merecido estreno en salas de cine locales.

Dog (así se llama el protagonista) espera ansioso la llegada del cartero, un toro enorme y potente que deposita la pesada caja en el suelo del departamento. Moviendo la cola, manos a la obra. El armado lleva su tiempo y cuando el torso ha sido rellenado de resortes, placas y cables y las extremidades han sido precisamente ensambladas, llega el momento cumbre. La cabeza es cuidadosamente introducida en el lugar correspondiente, un ligero movimiento y zas, el robot comienza a cargar sus baterías. Robot se incorpora, gira su cuerpo cuadradote basado en infinitos robots de antaño –los de la era sci-fi y también los de tantos programas de tevé infantiles de los 80– y abre los ojos para observar por primera vez a Dog. La primera caminata por una Nueva York pre Giuliani los cruza con un grupo de bailarines callejeros de break dance, una bandita de jóvenes rebeldes, un pulpo baterista y un viaje en subte. Ya en la plaza (el Central Park, desde luego), el paseo los encuentra dándose por primera vez la mano, bailando al ritmo de “September”, el hitazo de Earth, Wind & Fire que hace las veces de leitmotiv a lo largo de los siguientes 100 minutos. Dog es feliz, por primera vez en bastante tiempo, es de suponer, y Robot es feliz por hacerlo feliz. Esa es su función, desde luego, aunque vaya uno a saber qué emociones corren por sus venas de cobre envueltas en plástico. Entrevistado por la revista española Fotogramas, Pablo Berger recuerda el origen del proyecto, allá por 2018, y que la historietista Sara Varon le dio luz verde al proyecto con libertad creativa absoluta. En palabras del realizador, “me contó que había visto Blancanieves y que le había entusiasmado. Pero lo que más le ilusionó es que fuéramos a trabajar en animación dibujada a mano, en 2D”. No es un detalle menor, en absoluto: en tiempos de hiperrealismo digital, amo y señor de la animación industrial, películas como Mi amigo robot parecen gestarse y nacer en desventaja en términos comerciales, aunque los resultados artísticos de ese libre albedrío, ante las reglas del mercado, suelen dar como resultado piezas creativas mucho más interesantes y potentes.

SINFONÍA DE UNA GRAN CIUDAD

Berger ha explicado en varias entrevistas que la estancia en Nueva York en tiempos de juventud, durante casi una década, marcó su vida y dejó señales indelebles en su espíritu. “Viví en el East Village, el barrio de los artistas jóvenes, como el personaje", declaró ante el periodista de Fotogramas. “Pasé por situaciones semejantes a él. Me sentí solo. Me encantaba pasear por Central Park y alquilar videos en el fantástico videoclub Kim’s. Encontré el amor. Me rompieron el corazón y volví a enamorarme. Hice amigos, y los perdí. Allí conocí a mi mujer, la madre de mi hija Akio. Es mi colaboradora más íntima. Si yo soy el padre de mi cine, ella es la madre. La planta del apartamento de Dog es la de nuestra última casa allí, y se ve por la ventana lo que veíamos nosotros. Los directores ponemos mucho de nuestras vidas en lo que hacemos, y esta es mi película más personal junto con Torremolinos 73, en la que el personaje de Javier Cámara fue mi alter ego”. En la ficción estática, de tinta sobre papel, creada por Varon y recreada con movimientos y sonidos por Berger, Dog sale de paseo con Robot hacia las playas de Coney Island. Atención, aunque no es spoiler (el tráiler anticipa claramente el núcleo del conflicto dramático): es el comienzo de una larga despedida luego de un magnífico día bajo el sol, cuando cae la noche y la batería de Robot se ha desgastado, dejando apenas la posibilidad de abrir y cerrar los ojos. Dog debe dejar a Robot bajo las estrellas, con la promesa de volver al día siguiente, pero el guardián de la playa está atento y resulta imposible. Los días pasan, la temporada de verano se acaba y la soledad de ambos, cada uno por separado, deberá extenderse con la esperanza de reanudar la compañía algunos meses más tarde, cuando pasen los fríos y las nevadas. La separación es dolorosa y el espectador adulto interpretará de inmediato que esa relación de compañía implicaba un poco más que el simple compañerismo o la amistad. ¿Y el género de cada personaje? ¿Acaso importa?

Lo explicó Berger en la mencionada entrevista, aunque no hacía falta. ¿O acaso sí? “Las amistades y las relaciones son fundamentales, pero también muy frágiles. Hay que cuidarlas, mimarlas y no dar por sentado que son para siempre. ¿Amor o amistad? ¿No es el amor amistad más sexo? La historia hay que interpretarla, y cada espectador la llevará a su terreno. Un niño lo verá como una amistad, para muchos adultos se trata de una historia de amor, y hay quien me ha dicho que le parece una relación paternofilial. Las películas no pertenecen a su director sino a los espectadores. Me agrada pensar que cada uno de ellos hará su propia película y la interpretará a su manera”. Lo cierto es que la trama avanza hacia la primavera, dejando atrás el rigor del invierno neoyorquino, y las vueltas de tuerca de la vida les tendrán reservadas, tanto a Dog como a Robot, unas cuantas novedades. Y, para el espectador, varias emociones encontradas y posiblemente algún lagrimón, esquivo o denso como la miel. El título original, Robot Dreams, tiene su razón de ser: en la larga espera sobre la arena, mientras la vida continúa allá en la gran ciudad, Robot sueña varias veces con el reencuentro, en diversas circunstancias y condiciones. En otras ocasiones, recrea en su cabeza de metal algún momento musical de El mago de Oz, el clásico de 1939 que supo apreciar en compañía de Dog en la comodidad de ese living que se le antoja lejano, inaccesible. Pero los sueños, sueños son, y la realidad del abandono forzado por los azares de la vida vuelve a poner al aparato de metal con existencia y mente propia frente a la dura realidad. A veces, los sonidos lo enfrentan a novedades que alteran la monotonía del reposo infinito, aunque su origen –un trío de conejos remeros, un ave y sus pichones– y consecuencias no son siempre los mismos.

Respecto del trabajo con el sonido, más allá de la música que acompaña a los personajes, el film construye una sinfonía citadina que incluye todas las cacofonías de una gran urbe, pero también sus silencios existenciales. La falta de diálogos es esencial al estilo. Para Berger, en conversación con el periódico El Mundo, “tanto empeño por el silencio tiene más que ver con la necesidad de comunicar, de hablar de verdad sin interferencias, que con su contrario. Siempre pienso que un libro sin palabras o una película muda lo que hacen es invitar al espectador a completar lo que falta. De alguna forma, el que lee o el que mira hace suyo lo que lee o mira. Por otro lado, vivimos en un mundo con demasiadas palabras. Ves que en la tele los programas más populares son los de los tertulianos que hablan y hablan. No escuchan, solo hablan y repiten una y otra vez lo mismo. Definitivamente la verborrea es una enfermedad, un virus que ha acabado por infectarlo todo ”.

LA MAGIA DEL ANTROPOMORFISMO

Los homenajes cinéfilos, más allá de la reutilización iconográfica de Oz, incluyen un plano específico tomado de Manhattan, el film de Woody Allen, y los musicales pueden ser descubiertos por el espectador a lo largo de la proyección. Allí están también las Torres Gemelas, y los doble casetera, y los teléfonos fijos con teclas, y las postales que solían enviarse desde algún nuevo destino cuando no había WhatsApp ni Instagram y los retratos fotográficos solía tomarlos un tercero. Pero la mayor nostalgia de Mi amigo robot no tiene que ver con una era sino con las relaciones habidas y terminadas, con el suspiro que suelen convocar los vínculos pretéritos que pudieron haber sido diferentes. También con la felicidad de un presente que para ser construido requirió de un pasado indispensable.

La magia del antropomorfismo permite además que una película protagonizada por animales y homúnculos de cable y metal sea profundamente humana, aunque eso es algo que tanto la historieta como el cine de animación vienen demostrando desde hace más de un siglo. La película de Berger deja incrustados en los ojos un puñado de personajes inolvidables: Dog y Robot, desde luego, pero también esa pata libre como el viento, el cocodrilo chatarrero y su hijo, el mapache que imita al doctor Frankenstein en sus ratos de ocio y el pajarito que nació con colores diversos a los de sus hermanos, entre otros. Y, de paso, da vuelta como una media el viejo truco final de la comedia romántica, mezclando la tristeza con la alegría. Como afirmaba Chaplin al comienzo de El pibe, Mi amigo Robotconjura una sonrisa y, tal vez, una lágrima.