Escribo esta carta
Imagen: Pablo Piovano

Escribo esta carta porque deseo sumarme a todas las formas de la resistencia, aquellas que deben iniciarse de modo urgente en este país. Estos oscuros personajes de la pequeña política han determinado el fin de todos los derechos conquistados en muchísimos años. Casi diría que hemos regresado, al menos en materia laboral, al siglo XIX. ¿Tienen fundamentos estas prácticas? Claro que sí. También son históricas. Y da vergüenza comentarlas e incluso refutarlas de tan caducas

Escribo esta carta para hacer lo que hacemos desde hace muchos años. Estamos enraizados, tejidos en la palabra resistencia. Lo hemos hecho con presencia real en sus debates, en sus compromisos, incluso en sus fragilidades. Tatuada está en nuestros cuerpos. Pertenezco a una generación que desea, que sueña, que insiste en su pensamiento vital y en la palabra dada. 

Escribo esta carta para nadie pero quiero para mí ese momento de entrega en los que se siente una extraña alegría y también un sentimiento insondable de lo que, como promesa, pueda aparecer ante nosotros. Rara vez aparece, pero cuando lo hace, emergiendo con su desafío muy antiguo, puede hacernos creer que cumplimos nuestra tarea. Ser eslabones de un tesoro que no puede perderse y con mucha suerte, contribuyentes al sentimiento de que, lo que llamamos patria, no sea una humillación para nadie. 

Escribo esta carta porque en este último tiempo he visto el avance de toda clase de ortopedias, lucros, arbitrariedades gravísimas cometidas con cháchara democratizante pero finalmente autoritarias, mentalidades subsidiadas, afanes malignos, pensamientos menores, dóciles en desembolsos espurios que hacen de los gobernantes seres pedigüeños sin vergüenza ni piedad, especialistas en gestión que no saben nada de las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo, testaferros de las peores tradiciones conservadoras, vicarios tardíos de esas tradiciones, camadas de empleados que ocupan posiciones desde las que recitando un cómodo credo de circunstancias, con astucias que ni siquiera dejan de ser previsibles, se dedican a destruir los atisbos de pensamientos realmente libres y emancipados. 

Escribo esta carta porque hoy ya en el peligro, percibo cuánto más necesario sería que la Argentina haga escuchar su voz colectiva y muestre para qué se lee, para qué se escribe y para qué se lucha. No hay tiempo ya para una calamitosa red de hábitos y jergas musitadas de apuro.

Escribo esta carta para los que fueron elegidos para funciones democráticas. Que comiencen a enterarse que deben cumplirlas como esta hora les exige. Llamen a un verdadero debate sobre esta tierra, y nos encontrarán como siempre en nuestros puestos para cruzar argumentos fundamentados y capaces de reconocer al adversario intelectualmente dispuesto a decir su palabra y naufragar valientemente con ella. Ha llegado la hora del acto honroso aquel que impida la partida de defunción de esta querida patria.