Entrevista con Mariano Quirós
Chaqueño universal
Cuando se anunció el Premio Tusquets, Mariano Quirós se llevó una verdadera sorpresa al enterarse de que su novela Una casa junto al Tragadero había resultado ganadora. Pensaba que su lenguaje, trabajado con localismos del monte chaqueño y con bastante libertad imaginativa, podía ser un obstáculo en España. Pero lo cierto es que esta potente historia sobre un hombre que decide dejarlo todo para vivir una verdadera inmersión en la naturaleza, llamó la atención y sacudió un poco el panorama más bien cosmopolita de los concursos internacionales. En esta entrevista Quirós cuenta acerca de la génesis de Una casa junto al Tragadero, que se publica por estos días, como novela de terror, y de cómo fue superando los desafíos de ser un escritor universal sin perder los encantos de la región que le tocó habitar.

El tipo ronda una casa cerrada, abandonada. Es pleno monte, cerca del Tragadero; de vez en cuando arranca desde Resistencia con su camioneta, desvía por un camino marginal, de tierra, detiene el vehículo en un borde y se manda por una picada, naturaleza adentro. Al tipo lo ronda también una marea interna, creciente: unas ganas de ocupar esa casa. Y de no volver a la ciudad. De quemar las naves. Un atardecer se decide y patea la puerta: el olor a podrido, adentro, viene acompañado de enjambres de insectos varios. Y enseguida de oscuridad, porque la puerta se cierra sola, de un trancazo. El tipo trata de mantener la calma, de orientarse, de pensar, pero no son las circunstancias más  propicias. Cuando despierta lee algo mejor la penumbra y descubre a la vieja, sentada en una silla. Vaya a saberse cuánto lleva muerta. Y si bien luego la arrastra envuelta en una frazada hasta el Tragadero, para que el río cumpla con su nombre, de vez en cuando, en otras oscuridades, la mujer reaparecerá. “Unas cuantas noches las pasé en pedo”, cuenta. “Y unas cuantas de esas noches se me apareció la Vieja. Iba y venía de una habitación a la otra, como si estuviera limpiando. Ni el cagazo ni la borrachera me quitaron la decisión de no pronunciar palabra. Me mantuve firme hasta el punto de reprimir las ganas de gritar”.

   Ese tramo es parte de las franjas del pasado, de los días iniciales del Mudo en Una casa junto al Tragadero, la novela con la que Mariano Quirós ganó hace cuatro semanas el Premio Tusquets. A esas franjas del pasado pertenecen los capítulos en los que cuenta de la evolución del tipo en el lugar, de su dificultoso y progresivo afincamiento, de la relación con su perra, con la naturaleza, con unos pocos vecinos. Una quema de naves que abarca el canje de la vieja Dodge por provisiones en lo de Insúa, el dueño del único almacén de Colonia, y también la renuncia al habla, que los otros lo tomen por mudo, o brujo, o prófugo, o lo que al almacenero se le diera por contar. “Nunca se le ocurrió pensar a Insúa que yo no quería hablar y punto, que me había hecho como un voto de silencio”, narra el protagonista. “Más que nada para no meterme en líos, para no explicar mi vida. Yo quería ser otra persona y, si llegaba a decir algo, iba a ser el mismo tipo que había sido en Resistencia”. En capítulos intercalados, a la vez, el Mudo de Quirós va narrando en las franjas del presente sobre la llegada de cinco muchachos de Vida Silvestre, que se instalan del otro lado del río, en una casa también abandonada: no será lo que se dice el comienzo de una bella amistad. Al Mudo, por ejemplo, se le da por cazar monos. Para la sopa. Distintas sensibilidades, digamos. Cada tanto le caen los proteccionistas a la casa para advertirle: que no los mate, que está prohibido. “Al principio pensé en seguirles la corriente, pero después sentí que no era justo. Lleno de monos, carayá y tití, estaba este monte. En la semana que siguió nomás ya cacé cuatro, un poco a modo de provocación”.

  La idea original, dice Mariano Quirós, era que su protagonista fuera un tipo desquiciado, una especie de asesino serial. Lo dice en El Bohemio, un bar de La Pampa y Donado: desde el año pasado Quirós, que nació en 1979 en Resistencia, que se crió allí, vive junto a mujer en Parque Chas; el primer hijo de ambos, Juan Amador, está al nacer. “Al principio pensé en una novela de terror, me imaginaba algo como Martes 13: ni me acuerdo cómo se llamaba el villano enmascarado ese, pero quería escribir desde ese punto de vista -dice-. Pero después del primer capítulo ya me pareció que el personaje no daba para villano y que tenía un alma más compleja, con la que simpaticé. Del modo en que fui armando la historia, él, que quería ser el personaje más peligroso de la novela, terminó siendo a mi entender de alguna manera el más tierno, el más simpático, el más desorientado también; y los que yo veía como sus víctimas iniciales, en cambio, terminaron siendo los personajes más perturbadores, porque ese grupo de chicos que llegan representando a la Fundación Vida Silvestre viene a invadir el mundo que el Mudo se forjó, y el mundo de los personajes de la Colonia misma. Es un villano mal hecho, el Mudo; termina siendo un pobre tipo. Alguien que se está escapando de algo, de una vida tal vez alienada, a quien yo veía con una especie de sino trágico, perseguido por alguna cuestión desafortunada de su vida anterior. Con esa idea tal vez medio ingenua de su parte, de pretender dejar todo atrás y de no hablar, genera los resquemores que produce cualquier persona que no habla. Y esa falta de narración, esa falta de historia, termina jugándole en contra”. 

NADA QUE EVITAR

  Algo de terror hay en los aparecidos, en la vieja que fue una bruja, en la fama del Tragadero, la trampa de su fondo fangoso; algo de humor hay, en las peripecias del Mudo para adaptarse, en su empeño para hacer su papel; y también hay algo de aventura, en los espionajes a los vecinos, en la supervivencia o en las historias que cuenta Insúa: por caso, el capítulo de los paisanos cocainómanos que, en una suerte de ceremonia de iniciación, andan por los esteros gritando sapucais y cazando yacarés en lucha cuerpo a cuerpo. “Lo que más me interesaba, y espero que se perciba de alguna manera, es cómo el propio lenguaje del Mudo se va alterando a medida que pasa el tiempo en la Colonia y en ese monte”, dice Quirós. “Va adquiriendo una especie de tosquedad, que pensé en trabajar con una especie de coloquialismo regional matizado con el lenguaje literario, para ver qué engendro me salía de eso. Y para mí fue un desafío, o una sorpresa, que lo leyeran los jurados del premio en España y que pasara. Porque hay muchas cuestiones que ‘están mal’, en el habla del Mudo, pero tienen que ver con eso, con que me interesaba que se fuera haciendo entre tosca y poética. De pronto un tipo que caza monos para subsistir está entre el absurdo y para mí lo literario: hay como una poesía en la actitud de esta especie de náufrago que está en el monte”. 

 ¿Y qué relación tenés vos con el monte? 

 -Por el poco monte que tengo encima, la vida ahí me parece absolutamente ajena, me cuesta asimilarla. Pero a la vez, el monte no deja de ser tan incómodo como es esto: vivir acá en Buenos Aires, como vivir en Resistencia, es incómodo. Salir de tu casa para ir a trabajar es algo con lo que uno tiene que lidiar: se nota mucho en la actitud del pasajero urbano, su cabeza como absorbida por sí misma, más allá del celular. Me interesó poner a un tipo que por ahí se puede mover con cierta ductilidad en la ciudad en otro ámbito, donde el encuentro con una simple gallina por ahí le dé un sopapo, le muestre su torpeza. Pienso mucho en los personajes de Woody Allen, tipos que tienen toda su torpeza en un ámbito urbano: ¿cómo reaccionarían esos personajes de pronto en un mundo rural? ¿Cómo te movés ahí, con qué alergia salís de ahí? Ese tipo de torpeza física, la comedia física, me divierte mucho, y tiene posibilidades literarias. El Mudo es un tipo particularmente torpe que por su afán de salirse de un ámbito incómodo se mete en uno que es doblemente incómodo, pero lo termina asimilando. 

  El monte ya aparecía en algunos de los relatos de La luz mala dentro de mí, un libro que Quirós publicó el año pasado. “Miguel Ángel Moreyra, que durante años fue profesor y maestro rural, me contó una parva de historias del monte”, dice. “El cuento ‘Cazador de tapires’ viene de algo que me contó él, cómo se hacía para cazarlos: un palazo en la cabeza. Fabuloso. Para uno es realismo mágico, ¿no? O los encuentros con la luz mala: por Dios, mientras me contaban esas historias a mí se me erizaba la piel. Me decía: ‘Bueno, ahí tenés una historia, cómo hago para reproducir el miedo que me acaba de dar a mí’”. A Quirós le atraen esos mitos del monte como para abordarlos, acaso desde un enfoque más urbano: el Lobisón es central en otro de sus cuentos, trabaja ahora sobre el Chupacabras. “Hay un librito hermoso que se hizo hace unos años en el Museo del Hombre Chaqueño que es un compilado de criaturas, con la ilustración de cada una y la explicación de cómo hay que actuar en cada caso. Está el Karaí Octubre, el Yasí Yateré, el Chupacabras, el Pombero. El Pombero es el lavado para hacer digerible el derecho de pernada, la llegada del patrón en la siesta. Me da la impresión, como escritor chaqueño, que hay ahí algo sobre lo que se puede trabajar, narrar: que choque con eso el imaginario urbano. Está muy a mano como para perdérselo”. 

  Quirós conecta con una conversación que tuvo hace unos años con su amigo Orlando Van Bredam, el escritor entrerriano radicado desde hace mucho en El Colorado, Formosa. Evoca, Quirós: “Él me decía: Los escritores de tu generación ya no tienen que hacer folclore, no tienen que ser regionales. ¿Cuál es la realidad de ustedes? Podés emborracharte día por medio, o estar mal con tu pareja. Tu vida no es la del campo, ni lo folclórico. Yo supongo que tiene que ver con el hecho de que él, o Miguel Ángel Molfino, su generación, como escritores regionales padecieron en su momento el ninguneo o simplemente la indiferencia de Buenos Aires. Y no sé si le habrá pasado a Mempo, porque él lo pudo saltear. Yo seguía ese credo de Van Bredam sobre cómo tendríamos que escribir los escritores de la zona, pero en algún momento vi que todo aquello que estaba evitando era lo que justamente más me llamaba la atención. Y lo que más posibilidades me daba para hacer una literatura que tuviese mi lenguaje, mi brutalidad pueblerina o urbana. Porque en definitiva es todo lo que tengo encima. Así que en un punto era absurdo apartarme de la luz mala, por ejemplo. Eso y otras cosas también, porque en el medio hubo muchas lecturas de mis contemporáneos y de mi generación que me volaron la cabeza, sobre todo cuentistas como Samanta Schweblin, Federico Falco, Luciano Lamberti, Matías Aldaz. Casi todos ellos son escritores del interior y en algún momento hicieron abordajes de lo propio que me iluminaron. Y dije: ‘Claro, no tengo por qué evitar un pueblo, una zona rural’. Y tampoco tengo por qué evitar... nada, en definitiva”.

LOS LIBROS Y LOS PREMIOS

  En el brazo izquierdo Quirós tiene tatuada una palabra: correr. Se dijo a sí mismo que se haría el tatuaje si conseguía escribir un libro que al  final y justamente, apareció en 2013: Tanto correr. “Fue una de las experiencias más horribles de mi vida, porque no sabía que dolía tanto”, dice, se ríe, y aclara que no se arrepiente, aunque ya no se hizo más. Tiene sus tramos autobiográficos la novela: el narrador cuenta en primera persona de su infancia, de sus padres montoneros y sus separaciones, de su formación, de militancias, temores, gustos, desilusiones, descubrimientos. Cuando llega el juicio por la Masacre de Margarita Belén, al narrador le encargan una suerte de crónica, de registro: allí declarará, por ejemplo, su madre, que estuvo detenida seis meses durante la dictadura. Corre, el narrador: es algo con lo que se enganchó desde pibe, por su padre. Cuenta Quirós: “Aprendí a correr, mal, con mi papá, cuando era chico; mi papá, como buen salvaje, corría en alpargatas: prácticamente le costó las piernas. Yo soy un poco más civilizado. Pero es un vicio, se me ha convertido en una cosa medio obsesiva: los que saben dicen que es difícil sacarte el ejercicio de encima. Esta moda de ahora me provoca cierto rechazo, esto de correr maratones, en grupos, no sé; me gusta correr solo, y además me sirve hasta literariamente, porque mientras corro tengo las mejores ideas. Incluso hay una cuestión con el cuerpo, como que si no corro ando medio enfermizo”. Trata de correr seis o siete kilómetros diarios. Cronometra: unos cinco minutos por kilómetro. No escucha música. Está el mundo alrededor, pero a la vez va colgado en sus pensamientos: esa combinación, dice. 

  Hay un recorrido de lecturas que suele reivindicar: Galeano y Benedetti en la adolescencia, por ejemplo: “Hace mucho que no los leo, me encantaban”, dice. “Es una generación a la que en ese momento, tal vez, no les quedaba más remedio que hacer esa literatura”, señala. “Mi generación en ese sentido es recontra afortunada, porque la incorrección está bien vista: de pronto la incorrección va a pasar a ser la corrección, está en un límite difuso. Pero sí, aquellas lecturas me emocionaban; veo, por ahí con argumentos y todo, a muchos autores de mi generación renegar de García Márquez: yo no puedo. Si lo leí y la pasé bien, fui feliz leyéndolo. No me gusta renegar. Por ahí por una cuestión sentimental. Lo que sí, a partir de los años me fui encontrando con otros lectores que leían otras cosas, y con lectores más agudos que yo, que me fueron pasando libros que te dejaban tambaleando”. Quirós menta a Fitzgerald, Carver, Faulkner; a Forn, Fresán, Piglia, Onetti; a Bolaño. “De Bolaño yo me convertí en fanático, y creo que ese impulso también hizo que escribiera”, dice. “Lo romántico de Bolaño también me gustó mucho. E incluso acá en Buenos Aires me llamó mucho la atención una especie de miramiento hacia él, como cierta reserva hacia lo latinoamericano. Para mí Bolaño es un encanto, es maradoniano. Acá también noté que el fanatismo no se permite, que hay que minimizar el fanatismo. Y yo no, yo soy un groupie. Antes de hacerme amigo de Carlos Busqued, por ejemplo, había leído Bajo este sol tremendo, que fue como una iluminación para la literatura chaqueña. Es un tipo rarísimo Busqued, que además es de Sáenz Peña, el centro recalcitrante del Chaco. Y bueno, ahora somos amigos, pero yo no puedo dejar de verlo como el autor de esa novela, que es un mito”. 

  Empezó a escribir Una casa junto al Tragadero antes de venirse a Buenos Aires, pero a mitad de camino se le cruzaron los cuentos de La luz mala: la escritura de la novela le resultó más difícil de lo que imaginaba. Luciano Acosta, un amigo con el que hacía una revista y se mudó a Colonia Benítez, a diez kilómetros de Resistencia, le insistía para que hiciera un libro sobre el Tragadero. “Él mismo me contó la historia del río, que viene del hecho de que se chupa las cosas”, dice Quirós. “En una época el peón que perdía una vaca en el afán de hacerla cruzar, peón que pagaba con su vida hundido en el Tragadero. Y si conseguía escaparse quedaba boyando en el monte de la Colonia, como un fugitivo loco que no podía salir de ahí. Automáticamente relacioné eso con lo que fue la conquista del Chaco, que ocurrió en la misma época que la conquista del desierto en la Patagonia, porque hay muchísimas historias de soldados que venían con el ejército argentino a limpiar de indios el territorio, se encontraban con esa naturaleza peor que hostil y terminaban convirtiéndose en meros mercenarios, dejaban el ejército a la mierda y terminaban casi como piratas dentro del monte, medio enloquecidos, mezclándose con los indios, matándolos también. Los peones y los soldados dispersos, como buscavidas extremos, alienados ahí”. 

  En esta semana que pasó Quirós viajó a Barcelona a presentar la novela. El Tusquets es un eslabón más en la serie libro de Quirós-premio: con La luz mala dentro de mí había recibido el del Fondo Nacional de las Artes, y hacia atrás están las novelas No llores, hombre duro (Memorial Silverio Cañada, Novela Negra de Gijón); Tanto correr (Premio Francisco Casavella); Río Negro (premio Laura Palmer no ha muerto); Torrente (Festival Iberoamericano de Narrativa). 

 “Me da un poco de vergüenza... ‘La mafia de los concursos’”, se ríe un poco, Quirós. “Yo empecé a participar por Bolaño, por su idea de que los concursos literarios eran una manera digna de vivir. Me dije: ‘Voy a hacer lo mismo’. No para vivir, que es imposible, pero sí para publicar. Por ahí termino de escribir un libro de cuentos, o una novela, y me cuesta mucho más el acercamiento a un editor, establecer ese contacto, que mandar un libro por mail, o meter en un sobre unos cuantos ejemplares anillados, y quedar a la espera. Y seguir escribiendo, además, mientras tanto. En un momento hasta me excitaba, leía las bases de los concursos, podía pasar una hora o dos mirando bases, cantidad de páginas, interlineado, como si fuera parte de una obra literaria. Y bueno, dio resultado. Me da risa: parece una parte medio ludópata la de participar en concursos, hay algo de lotería, de suerte. Porque depende mucho del ánimo del jurado. Yo más agradecido con los concursos no puedo estar, porque fue la manera de publicar. Cada libro que publiqué fue gracias a un concurso. A este último, al Tusquets, ni por asomo me lo esperaba. Así que me pone más contento todavía”.