La luna de Eulalio

A Ramón...

Uno es el sol, uno el mundo,

Sola y única es la Luna...

Martín Fierro

Los sábados al atardecer, después de la ardua faena de la pesca, Eulalio tomaba su guitarra y se sentaba en el fondo de su rancho que daba hacia la desembocadura del Saladillo. Esperaba a Don Sandalio y su bandoneón, para intercambiar pronunciados silencios que prologaban un chamamé o un tango, extrañados del mundo. Pero no sólo el rito del asado o el mate y la música los hermanaba; recepcionaban el reclamo de algunas ausencias respirando el ascendente aroma de la hierba, la fugacidad del crepúsculoanticipando el final de una espera y el arriboa un lugar desde donde no se regresa.

El último sábado de marzo, Don Sandalio faltó... Eulalio desenredó unos acordes y tomó una copa de vino. Los árboles en torno al paisaje convocaban a la audiencia de los pájaros y al recuerdo de su hijo persiguiéndolos. A veces, al quedarse entre dormido, lo sobresaltaba el recuerdo de la soldadesca arrastrando a su hijo por la fuerza. Un golpe en la nunca había impedido que impidiera ese hecho. Al recuperarse, con la angustia discurriendo entre los destrozos, comprobó que se habían llevado casi todo, hasta el libro que su hijo leía. Con la zozobra propia del momento, descendió presuroso a la orilla donde doña Clementina había encontrado el cadáver de Tupac, un pibe militante de Pueblo Nuevo, pero sólo encontró las hojas dispersas del libro destrozado. Cuando retomó el aliento, hizo algo absurdo; recogió las hojas, como si recuperase algo valioso o las hojas portasen algún sentido oculto... y de hecho, unas semanas después de fatigar por las seccionales y los distritos sin obtener información alguna, se dio a ordenar las hojas siguiendo el número de página y comprobar que la última palabra de una hoja se correspondía con la primera palabra de la otra.

Por supuesto, había hojas que faltaban y ese estancamiento, lo doblegaba en la certidumbrede que la vida era una sucesión de hojas dispersas que carecían de sentido.Pese a todo, estaba por culminar, cuando abandonó esa tarea, útil para soportar el desconsuelo de sus noches insomnes,porque un sueño lo venció. Su hijo, tras las rejas, leía en el libro un verso, que Eulalio había escuchadorepetir a su  padre, reverenciado estas tierras. "Uno es el sol, uno el mundo, Sola y única es la luna...".

Su padre, de origen griego y religiosamente ateo tenía la costumbre dionisíaca de saludar al sol, a la luna, al río, a los árboles, a los pájaros y a las personas que encontraba a su paso. Trabajaba de pescador y también de changarín en los muelles del sur y solía declarar que a la vera del Paraná había encontrado su lugar en el mundo; lamentablemente, también encontró la muerte, en una de las huelgas portuarias. Los vecinos tenazmente indignados sintieron que el barrio había empobrecido otro poco.

Eulalio había heredado de su padre muy pocas cosas; su oficio de pescador, la canoa, las redes y los espineles, un facón de acero toledano que siempre lo acompañaba y el honor de su nombre, sin sentir el deber de acrecentarlo o mantenerlo. Por eso se conformaba con el mínimo sustento de su trabajo para llevar una vida frugal, sólo contrariada por la militancia de su hijo, que lo apartaba del futuro que le había imaginado. Tortuosamente recordaba una y otra vez, una vehemente discusión, donde Eulalio enmudeció ante una proposición inobjetable: Padre, solo quiero que la vida sea mejor... Unos meses más tarde, la soldadesca allanó el rancho. De su hijo no supo más nada...

Ahora, el despertar de su presente lo conminaba a un lugar cercado en el espacio, con cada momento de su vida por debajo de él, su río, su canoa, su rancho, su paraje... Si la intrusión del recuerdo también lo cercaba se daría por vencido y eso no podía permitírselo. Lamentando la ausencia de Sandalio, decidió salir a la noche y evadir la posible pesadilla del sueño pero, al pernoctarbajo la potencia luminosa de la luna, retornó una pregunta que a veces se hacía: ¿Por qué estaba allí? ¿Sólo para iluminar el rancherío,la pobreza de siempre desganando el paisaje, la persistencia resignada? De una manera subrepticia sospechó que su pregunta envolvía otra pregunta más íntima, que dada sus actuales circunstancias, no sabía responder. Se sentía como un punto minúsculo, oscilando en el vaivén de la corriente, espontáneamente humillado por la fatalidad sin recursos que vibraba en las cuerdas de su opaca existencia. Automáticamente, recogió los espineles donde boqueaban algunos surubíes, los desenganchó y los arrojó sobre el piso donde temblaban nerviosamente y sin pensarlo dos veces decidió volver. Remando hacia el nuevo amanecer, sintió que remaba en el interior de un tiempo que cernía sobre élla desmesura de una incertidumbre... y en cierto sentido, esa incertidumbre abierta sobre lo que no tiene fin, reflejaba su exigua condición. Con una mirada nueva confirmaba su presente inconcebible donde quedaba atrapado en una red de tiempo circular, en un remanso de su río devastado y sedicente.

Al llegar al rancho, uno de sus vecinos, nerviosamente lo alertó: ayer chuparon a Sandalio. Tenés que irte.

Inicialmente sintió el impulso incontrolable de tomar sus cosas y escapar y en efecto, ya se iba, cuando vio el libro casi reconstruido y se volvió para retomar la tarea de ordenar las últimas hojas.

Después, como un día más, dejó que transcurriesen las horas eviscerando los peces, acomodando las redes, yhacia el crepúsculo se dirigió hacia el fondo para demorar la mirada en el paisaje de siempre; el último canto de un zorzal reverenciaba la progresiva disminución del crepúsculo, acelerado por los nubarrones del sur, que avanzaban preanunciando el arribo recurrente de una tormenta. Tomó la guitarra y desenredó en las cuerdas un lánguido chamamé que fue introduciendo en la progresión de lassombras. Hay un momento de la noche, que en la inminencia del silencioparece decir o anticipar algo que jamás entendemos del todo, algo cifrado o escrito desde siempre a nuestro alrededor, insurgente y tenaz. Trató deentenderlo, pero el rumor precipitado de múltiples pasos, que iba creciendo, y el alboroto de los perros, lo interrumpió. Eulalio se acomodó el poncho raído en el antebrazo, tomó el facón y salió hacia el encuentro.

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