El crespúsculo en el jardín

A Felipe Romano.

 

¡Esto es la vida! ¡Qué vuelva otra vez!

F.W.Nietzsche

 

El profesor Julio Boltzer salió del sanatorio cabizbajo, y cuando recobró su ánimo para mirar alrededor, comprendió que todo lo miraba con una mirada nueva, que le sugería asumir la única certeza de estar en el mundo. Anonadado por el dictamen de su enfermedad, su primera impresión fue de irrealidad, después de zozobra; al dirigirse hacia su casa tuvo la impresión de que caminaba entre la gente como si fuesen fantasmas prontos a desvanecerse. Unas cuadras adelante entendió que el único fantasma próximo a desvanecerse era él. Decidió reposar en un banco de la plaza Pringles, repasando sus posibilidades. Muy pocas siendo optimistas, dijo el médico. "Muy pocas, escasas, exiguas", eran palabras que mortificaban su pensamiento, sin representar todo lo que en su interior se debatía. Cuando retomó la caminata, diseminado por la angustia que lo anegaba, sus pasos, no él, deambularon al azar, que le deparó los arrabales últimos. En un barrio desconocido por sus hábitos, cuyas calles, algunas de tierra, terminaban en la autopista del sur, demoró la mirada sobre la precariedad de las casas que parecían proponer una falta de sentido al proceso poderoso del día. Desde una calle lateral, ascendió el ruido de un carro con unos chicos que juntaban los restos de un inmenso basural de los alrededores; uno de ellos saltó del carro y se acercó: "Oiga don ¿Tiene algo?".

Nada iba a decir, pero sacó de su bolsillo unos billetes y se los dio. El chico corrió alegremente detrás del carro que descendía hacia la creciente indignidad de la indigencia. Julio tuvo la certeza, pese a su estado de ánimo, de encontrarse con algo ignorado, un resto hipertélico que las razones esgrimidas por los hombres ilustres acerca de la humanidad no incluía. Como solía sucederle en otros momentos de agobio, ese razonamiento fue una especie de consuelo y su angustia se atenuó. Pensó que hasta el momento del desenlace, era invulnerable y que en cualquier caso, lo mejor sería que ocurriese en la protección de su casa y su jardín. La mañana, en los límites de la ciudad, suele afectar con una impresión de irrealidad y de cierta evanescencia, intensificada con esporádicas neblinas y el humo proveniente de la quema de los basurales. Julio sintió que al atravesar el lugar, atravesaba otra dimensión, donde la imagen lateral de la llanura despojada de mayores atributos, favorecía el déjà vu de haber desandado ese camino en otras épocas y otras edades. Pese al sol radiante y la confirmación indiscutible del día sintió que ingresaba en un tiempo sin pasado ni futuro, en un tiempo donde un diminuto instante en el vivir, no solo irrealizaba su presente sino la sustancia fugitiva de lo que llamamos realidad. Pasado el mediodía, sin saber cómo, se encontró frente a la puerta de su casa. Su condición de jubilado le permitía distraerse del tiempo y alterar el orden habitual de las tareas que llevaba a cabo. Preparando el mate, repasó la rara experiencia que había vivido; sobre el escritorio reposaba la Ética de Spinoza, que fundamentaba su creencia en el Panteísmo y la consecuencia de que toda identidad es ilusoria. Sintió la necesidad de volver sobre el libro, sorteando el almuerzo, pero acosado por el cansancio, no tuvo más remedio que dormir. Por supuesto, no contó con la prepotencia de un sueño donde su madre soltera, anarquista alemana asesinada en las revueltas del puerto, le revelaba la magia de los libros a la luz de una vela. Levemente alterado se despertó. La imagen de su madre en el sueño le pareció significativa; ella había impulsado su pasión por la lectura y le había inculcado el desdén de la riqueza y el valor de la desposesión. Y en verdad, había llegado la hora de comprobar la eficacia de ese legado, ahora, que enfrentaba la indeterminabilidad de lo abierto... Salió al jardín, el crepúsculo progresando hacia la infinitud de la noche le reveló una larva nonata transformándose en libélula. Reverenciando un relato cíclico, circular, que cada tanto releía, se tendió sobre la gramilla para aspirar la perfección de la noche boca arriba, la noche en que el tiempo seguía desplegando su enigmática envoltura, justificando los momentos inútiles, extraviados en la contingencia de todo lo que aparece y sin embargo quiere persistir en su ser. La luz de la luna surgió transfigurando los colores de la vegetación, mientras la música de los pájaros, el aroma de los jazmines, en suma, el rumor de la naturaleza atenuada en las sombras decrecientes, clausuraban sus pensamientos con el canto doloroso de una despedida ¿Cómo contrarrestarla? ¿Con la escansión de algún verso? "Cedió la noche entre el mar y el cielo, Quedó por mucho tiempo suspendido, el silencioso adiós de algún pañuelo".

A la mañana siguiente, se dio de lleno a regar las plantas, a enterrar los plantines; recuperó con placer la reiteración estacional de los frutos y pensó sin convicción que tal vez todo regresa. Después de todo, allí estaba con su grafo misterioso el caracol, exhaustivo y sigiloso, ignorante del espiral y su misterio...¿tal vez...también..., por qué no?... reproduciendo la simetría gravitacional de los planetas, lo infinitamente pequeño en correspondencia con lo infinitamente grande... Dos o tres días después, al levantarse, encontró la tierra removida y las azaleas destruidas. La ira y una cierta indignación lo acosaron. El topo que había logrado expulsar hacía unas semanas, había retornado para rehacer su topera. Julio siguió el rastro de la tierra removida y se dio a preparar la trampa que lo impediría... La tardecitas sucesivas fueron una monótona y morosa sucesión de tardecitas similares, sólo que Julio, sigiloso en el acecho, fue reclinándose sobre el silencio, tratando de escuchar los latidos de su corazón, tal vez la fría levedad que ascendería por su cuerpo y en verdad, estaba más que predispuesto a condescender a su última caída, cuando sonó el timbre del teléfono. La voz de su médico, exultante, dijo: "Increíblemente, su enfermedad ha desaparecido. Disculpe que se lo comunique así, pero...". Julio no escuchó las últimas palabras. Quedó en silencio, sorprendido... Lentamente, salió al jardín como enajenado. Comenzó a caminar de un lado a otro, cada vez con paso más ligero. Tenía ganas de gritar, de correr, de revolcarse en el pasto, saludar a las flores. Se largó a reír ante el deseo imposible de acariciar todo lo que lo rodeaba. Miró las primeras estrellas sobre el amplio firmamento que volvían a titilar maravillosas. Tuvo ganas de bailar y bailó desenfrenadamente, hasta que se topó con el topo muerto en el extremo final de la tierra removida. Se detuvo y comenzó a temblar, algo se quebró dentro de él y se puso a llorar desconsoladamente.

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