Simon dice que no tiene idea. “Nada, incluso hay veces que no tengo ni una puta pista”, ríe del otro lado de la línea. Y puede ser. Al fin y al cabo, si consideramos el tipo de música a la que Simon Raymonde se dedicó siempre –desde sus inicios como bajista de Cocteau Twins a su participación en el supergrupo This Mortal Coil o sus años actuales como fundador y director del sello discográfico Bella Union–, es evidente que entender qué es lo que se supone que funciona comercialmente no es algo que parezca importarle demasiado. Y es en esa misma línea ajena a escenas, estilos o fórmulas que acaba de formar Lost Horizons, el proyecto junto al baterista Richie Thomas que lo encontró en una banda por primera vez desde la separación de Cocteau Twins en 1997. Juntos acaban de editar Ojalá, un álbum creado a través de improvisaciones guiadas por duos interpretativos en pianos, guitarras, bajos y baterías a los que luego sumaron diferentes capas instrumentales y la participación de trece vocalistas invitados. “Extrañaba mucho todo esto, con el trabajo que demanda el sello estuve dejándome de lado por demasiado tiempo, así que ya era hora”, cuenta desde Londres, y agrega: “Cocteau Twins fue una parte muy especial de mi vida, después de trabajar con alguien tan talentosa como Liz Fraser era difícil pensar en volver a hacer algo que estuviera a la altura, así que directamente dejé esas ganas de lado. Pero lo extrañaba”.

Los Mercury Rev tuvieron mucho que ver en el regreso de Simon al ruedo. Fue hace un par de años, cuando lo invitaron a ser parte de la banda como guitarrista durante una gira por Europa y Norteamérica. “Esa experiencia con los Mercury Rev superó totalmente mis expectativas”, confiesa Raymonde. “No por la banda, que por supuesto me encanta, sino porque recién arriba del escenario me di cuenta de cuánto extrañaba todo eso, así que en cuanto volví a casa empecé a pensar en cómo podría hacer algo y con quién”. Cuenta Simon que, como buen freak del control que es, antes de arrancar necesitaba tener la certeza de que lo haría con una banda realmente buena, con gente con la que pudiera colaborar y proyectarse a la vez. “Y Richie era perfecto para eso. Nos conocimos en los ochenta, cuando él tocaba batería en los Jesus & Mary Chain, y más allá de la amistad sigo pensando que es uno de los mejores bateristas que conocí. ¡Y encima es un saxofonista genial! Aceptó enseguida, pero de movida no nos propusimos armar una banda, grabar un disco ni nada de eso: la idea era simplemente juntarnos a pasarla bien, improvisar en el estudio y ver qué podía salir de eso”.  

Un bajón inesperado casi suspende el comienzo del proyecto: la fecha que Simon y Richie habían fijado para arrancar fue el 10 de enero de 2016, el mismo día en que el mundo amaneció con la noticia del fallecimiento de David Bowie. “Yo quería suspender”, recuerda Simon. “Pero Richie propuso continuar, usar ese sentimiento para seguir y construir algo a partir de eso, y esas primeras sesiones se extendieron a cuatro días y de ahí terminó saliendo casi la mitad del disco”. Por sugerencia de Warren Ellis, violinista de  Dirty Three y compañero habitual de los proyectos musicales de Nick Cave, aquellas jornadas de improvisación fueron llevadas a cabo en el estudio ubicado sobre las costas de Brighton donde Nick y Warren suelen grabar sus colaboraciones. Allí, Simon se turnaba al piano, la guitarra o el bajo mientras Richie creaba texturas desde la batería o eventualmente se sumaba también con guitarras o saxo. “La manera en que lo grabamos fue muy similar a lo que hacíamos con Cocteau Twins: en aquellos días apretábamos rec y Robin tocaba algo en la guitarra y yo en el bajo, y si en veinte minutos la cosa no funcionaba la dejábamos y nos íbamos a hacer cualquier otra cosa. Mucha de la energía creativa de la banda salía de ese acercamiento a lo inesperado, y en Ojalá ese mismo método nos resultó muy bien”. 

Entre los cantantes que participan del disco aparecen intérpretes de registros tan variados como el referente del hip-hop británico experimental Ghostpoet, el reclusivo Tim Smith de Midlake, la ascendente songwriter de la escena dream-folk Marissa Nadler o la cantautora y actriz Sharon Van Etten, telonera de Nick Cave y colaboradora de Lee Ranaldo en su última producción. A ellos se sumaron otras cantantes prácticamente desconocidas en la escena musical actual: una de ellas es la fantástica Beth Cannon, quien abre el disco con una performance cuya intensidad transcurre entre gritos y tonos dulces que resuenan sobre un fondo de coros gospel. Otra de las participaciones destacadas del álbum es la de Karen Peris, vocalista de los norteamericanos The Innocence Mission: “Karen es mi cantante favorita de los últimos veinte años, pero ella nunca había participado de un proyecto fuera de su banda así que estaba un poco nervioso cuando le escribí, no la conocía y no sabía si iba a querer participar. Cuando finalmente aceptó me sentí feliz como un adolescente”, recuerda Simon. Y con respecto a la manera en que se decidió por cada uno de los colaboradores, explica: “Una vez que teníamos una canción comenzaba a hacerme una idea visual de qué voces podrían hacerla más grande. Me decía cosas tipo ‘Uh, qué bien sonaría esta canción con Beth Cannon, cómo me gustaría escuchar a Ghostpoet en esta otra’, y al momento de contactarme con ellos y explicarles lo que quería lo dejaba muy abierto, para que cada uno de ellos se sintiera libre y lograra dejarse llevar de la misma manera en que lo habíamos hecho junto a Richie durante las grabaciones previas. En un punto fue una tarea de curadoría similar a la que hago en el sello, así que esa selección entre artistas tan personales se dio de una manera bastante natural”. 

LOS AÑOS POSTPUNK

Hijo de Ivor Raymonde, compositor y arreglista británico que cobró notoriedad durante los años sesenta y setenta a través de sus trabajos como productor de Dusty Springfield, The Walker Brothers, Julio Iglesias o Ian Dury, Simon encontró durante su adolescencia en el post-punk la fuerza creativa que necesitaba para dedicarse de lleno a la música. “Todos los fines de semana viajaba para ver los shows de mis bandas favoritas”, recuerda. “Joy Division eran los mejores, algo bestial. Los vi cuatro veces en vivo y cada vez sonaban mejor que la anterior. Siouxsie and the Banshees también, daban un show increíble. ¡Y los Cure! Todavía no eran conocidos cuando vi un show de ellos en el Marquee de Londres, y me acuerdo de salir diciendo ‘¡Qué banda increíble!’ También vi a The Clash, Bauhaus... Fue una época muy rica. Quizá sea por mi edad, pero tengo la sensación de que desde entonces no hubo otro período musical que haya tenido esa fuerza”.

Otra de las grandes bandas de la época eran los Cocteau Twins, formados en 1979 en Escocia por el guitarrista Robin Guthrie y la cantante y letrista Elizabeth Fraser. Entre melodías etéreas y un aura de belleza inasible que los acompañaría a lo largo de nueve  discos editados en su mayoría a través del mítico sello 4AD (hogar de bandas emblemáticas de los ochenta como Dead Can Dance, The Pixies o The Birthday Party), los Cocteau Twins crearon algunas de las canciones más bellas y adelantadas de su época, tanto que su influjo trascendió las escenas de su tiempo y se expandió sobre toda la escena post-rock y dream-pop de los noventa y los dos mil. Simon era fanático de la banda y para verlos acostumbraba a viajar en auto hacia Escocia junto a Ivo Watts (fundador del sello 4AD). Desde entonces comenzó una amistad con Liz y Robin que se afianzó cuando le ofrecieron ser bajista de la banda a partir de su tercer disco, Treasure, editado en 1984. “Tengo recuerdos maravillosos de esa época, pero no voy a pretender que todo era genial porque no lo era”, confiesa Simon. “Robin y Liz eran pareja y hubo algunos problemas que generaron un gran drama continuo a lo largo del tiempo, pero fuera de eso, participar de lo que se hacía musicalmente en la banda fue algo fascinante. Hoy hay artistas del sello que se acercan y me dicen cuánto los influyeron los Cocteau Twins, pero en aquel momento no teníamos dimensión de nada de eso. La belleza estaba en el sentido de salvación que nos daba hacer lo que nos gustaba, grabando la música que sentíamos y saliendo a tocarla por todo el mundo”. 

Los Cocteau Twins son una de esas pocas bandas que tras su separación nunca volvieron a juntarse. Tampoco parece que una futura reunión esté en los planes de ninguno de ellos, sobre todo después de un intento fallido que tuvo lugar tras un ofrecimiento que recibieron para encabezar el festival de Glastonbury en 2005: “En aquel momento fue muy frustrante, pero hoy miro hacia atrás y me alegra que todo se haya caído antes de que siquiera nos juntáramos a ensayar. De hecho, pienso que deberíamos habernos separado años antes de lo que lo hicimos. El final había sido muy emocional y complicado, ellos con un bebé y separados desde hacía dos años y yo en el medio, en un tour de siete meses en micro. En el 2005 volvimos a intentarlo, y teníamos un buen plan para continuar luego del reencuentro, pero al final todo salió muy mal. Dejar todos esos problemas de lado no era una tarea fácil. Si hubiéramos continuado con la idea de juntarnos no la habríamos pasado bien, y esa fue la razón por la que finalmente desistimos de hacerlo. Es una pena, los Cocteau Twins fueron sin dudas una de las cosas más maravillosas que me pasaron en la vida”. 

LA BATALLA CULTURAL

Bella Union nació en 1996, creado por Simon y Robin con el fin de editar el que finalmente sería el último disco de Cocteau Twins, Milk & Kisses. Cuando la banda decidió no continuar, Simon eligió enfocarse en desarrollar el sello y ver qué salía de eso: hoy en día Bella Union es una de las discográficas independientes más respetadas del mundo, con un catálogo en el que figuran desde artistas como Flaming Lips, Father John Misty o Dirty Three a otros proyectos menos conocidos que incluyen bandas coreanas de noise o pianistas de formación clásica. “Llevar un sello discográfico no es fácil, es una lucha constante de finanzas versus cultura. Personalmente no tengo una mente de negocios ni me involucro con las bandas desde ese lugar: puedo ayudarlos con el orden de los temas en un disco, pero no pensando que así podrían vender más ni nada. Nunca tuve ni idea de todo eso. Hay quienes podrían pensar que con el tiempo que llevo en la música ya he visto todo y sé como funcionan las cosas, pero ¿sabés qué? No tengo la más puta idea. Y creeme: cuando un artista del sello aparece en un supermercado en la lista de los más vendidos junto a Ed Sheeran o quién sea que se le parezca, la recompensa más grande no es material sino esa sensación de estar haciéndole un fuck you gigante al establishment”.

En un contexto en que la tecnología arrasó con la industria discográfica al punto de que hoy los grandes sellos comienzan a prepararse para existir casi exclusivamente de manera digital, ¿cuál es el futuro Bella Union? ¿Consideran la posibilidad de convertirse en un sello digital? “De ninguna manera”, avisa Simon de manera rotunda. Y concluye: “No me interesa, me resulta aburrido. O sea, soy viejo y tengo toda una historia con discos físicos, desde los siete pulgadas con compilados de canciones pop que escuchaba de chico en la casa de mi tía a los discos de grupos punk que me tiraba a escuchar en casa después de verlos en vivo durante el fin de semana. Y algo de lo que me pasaba entonces es lo que siento que le pasa ahora a las bandas nuevas del sello que editan su primer disco: ver su reacción cuando su música está recién subida a la red no se compara para nada con la expresión en sus rostros cuando reciben el disco y lo abren. Quizá sea una idea de viejo, pero sigo pensando que todo eso nunca va a envejecer”.