El genetista argentino Marcelo Rubinstein, designado en la Academia de Ciencias del Mundo
“Si no invertimos en ciencia, el número de pobres se va a incrementar más”
El investigador del Conicet fue destacado por sus estudios en obesidad, adicciones y transgénesis. Aquí, explica la importancia de sus avances. Y expone su visión del panorama científico en el país: “El problema es que las autoridades piensan que la ciencia es un gasto y no una inversión”.
Marcelo Rubinstein es doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet.Marcelo Rubinstein es doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet.Marcelo Rubinstein es doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet.Marcelo Rubinstein es doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet.Marcelo Rubinstein es doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet.
Marcelo Rubinstein es doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet. 
Imagen: Rafael Yohai

Marcelo Rubinstein es doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet. Además, se desempeña como director interino del Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular “Dr. Héctor N. Torres” (Ingebi). Acaba de ser seleccionado como miembro de la Academia de Ciencias del Mundo (TWAS, por sus siglas en inglés), por sus trabajos vinculados al gen de la obesidad, el análisis de los circuitos que conducen a la saciedad, así como también por la relevancia de sus estudios referidos a las adicciones. Y sobre todo, por su aporte medular en el desarrollo de ratones transgénicos, herramientas ideales para los exámenes genéticos que abrieron las puertas a nuevos modos de experimentación en cerebros humanos y fueron solicitados por las instituciones más prestigiosas del mundo (como el Jackson Laboratory, financiado por el gobierno de Estados Unidos). Aquí, describe sus aportes y la importancia de la distinción obtenida, al tiempo que ensaya una opinión sobre la coyuntura actual que enfrenta el sistema científico en Argentina, mediada por el recorte presupuestario y el anuncio de la disminución del 60 por ciento de ingresantes a carrera en Conicet.   

–La semana pasada fue seleccionado como miembro de TWAS, que reúne a 1120 investigadores provenientes de 70 países y cuyo objetivo es promover el avance científico de las naciones del sur. ¿Cómo evalúa la designación?

–La ciencia es un fenómeno globalizado y pienso que es muy difícil la demarcación de fronteras, porque el conocimiento viaja de un sitio a otro sin demasiados inconvenientes. Sin embargo, históricamente, el predominio de los congresos, las academias y los grandes espacios de renombre pertenecieron a las naciones del primer mundo, aquellas que más invirtieron en las producciones científico-tecnológicas. Por eso, ante esta realidad, TWAS surgió en 1983 como un factor de contrapeso y de pertenencia para todos los países del sur. En efecto, que me hayan seleccionado como miembro me llena de orgullo, sobre todo porque se trata de un logro colectivo.

–¿Por qué?

–Los que hacemos ciencia en el tercer mundo conocemos del enorme esfuerzo que requiere realizar avances de calidad en condiciones desventajosas. Es un hecho distintivo que, además, sirve para reflexionar, mirar en retrospectiva y pensar cómo llegué a cosechar este logro. 

–¿Y cómo llegó? Son notorias sus contribuciones, desde hace ya 23 años, al conocimiento de genes del cerebro involucrados en aspectos apetitivos y adicciones, y sus aportes en tecnologías de transgénesis animal. Pero, cuénteme usted…

–Desde siempre me interesó resolver interrogantes simples pero difíciles de responder, como por ejemplo, saber por qué tomamos riesgos cuando podríamos no hacerlo. Los seres humanos conservamos circuitos cerebrales con mecanismos conductuales que están fijados a partir de los procesos evolutivos. Ocurre algo similar con los animales, que necesitan obtener energía a través de la comida y para alimentarse tienen que matar. En simultáneo, las presas deben preocuparse por no ser cazados y permanecer la mayor cantidad de tiempo posible a resguardo. Para todo ello, existen mecanismos cerebrales que explican las acciones de las especies. 

–De modo que hay circuitos cerebrales que regulan la cantidad de comida que necesitan y cuándo deben dejar de exponerse…

–Exacto. Son mecanismos fijados por la evolución. En mamíferos y primates, conservan algunas características peculiares. Por eso, a través del estudio de los ratones es posible extrapolar cómo funciona, en particular, el hombre. En este sentido, hemos desarrollado tecnologías de genética molecular que permiten la incorporación, la modificación y la eliminación de genes. 

–Los ratones transgénicos o mutantes, en los que usted se especializa y destaca.

–Sí, en función al modo en que los seres humanos manejamos la relación entre riesgos (que estamos dispuestos a  afrontar) y beneficios (que podríamos obtener). Ciertas actividades operan como refuerzo de esos mecanismos cerebrales y promueven la intención de volver a repetir determinadas acciones por sus resultados placenteros, por ejemplo, como ocurre con el apetito o bien con las conductas sexuales. Se trata de comportamientos que en el pasado no se experimentaban y a partir del momento en que se efectúan por primera vez, generan intenciones de volver a hacerlo de manera recurrente. Son controladas hasta que, en algún instante, pueden desencadenarse y transformarse en prácticas compulsivas que generan adicciones. Se vincula, asimismo, con la capacidad de liberar dopamina que poseen muchas drogas y los juegos de azar. De manera demasiado sintética, en estas temáticas concentro mi esfuerzo. 

El problema “estructural”  de la ciencia

Para Rubinstein, los desarrollos científicos y tecnológicos se deben apoyar en tres bases que deben funcionar de modo sinérgico. En primer lugar, una columna “educativa”, responsable de la formación de recursos humanos de alta calidad y de generar conocimiento a partir de una mirada crítica respecto de asuntos actuales, históricos y futuros. Luego, “cultural”, porque los científicos se encuentran inmersos en el mundo de la creación y la comunicación del conocimiento, y modifican –a partir de sus hallazgos– la frontera de lo conocido. Por último, “productiva”, un espacio en el que la industria, la ciencia y la tecnología conviven y se potencian mutuamente, con el objetivo de generar recursos económicos y financieros.

–¿Qué piensa un científico reconocido internacionalmente como usted acerca del estado de la ciencia argentina en la actualidad? 

–El problema es estructural. En el imaginario colectivo de Argentina, todavía, pensamos que somos un país lleno de riquezas que ya va a salir adelante, que deberíamos ser como Canadá o Australia, y el destino ideal de vacaciones para la clase media sigue siendo Disney. El sistema científico-tecnológico tiene que estar directamente en sinergia con el crecimiento industrial, para quebrar aquella ilusión del país como “granero del mundo”. De hecho, las veces que se lo ha propuesto ha crecido un montón. En ese escenario, el sector industrial podría demandar recursos humanos que aporten desde su conocimiento y resuelvan problemas locales. 

–Se refiere al aporte científico para el desarrollo industrial y el progreso del país…

–Exacto. Eso diferencia al gobierno anterior del actual. Hoy en día, tenemos representantes a los que no les interesa apostar a la industria y, en esta línea, no observan la importancia del impulso del sector científico-tecnológico. De nuevo, los investigadores nos tornamos un grupo de intelectuales que nos dedicamos a escribir papers, separados de la vida productiva. De lo que se trata es de transformar la economía en Argentina a partir de un área industrial pujante que mejore la cantidad y la calidad de los puestos de trabajo. Esto era un punto que el gobierno anterior tenía muy claro, aunque le faltó tiempo para poder organizarlo. 

–¿Cómo impacta el retroceso presupuestario respecto a años anteriores? Me refiero a los investigadores que no podrán acceder al sistema.

–Por la tradición de la educación universitaria gratuita, nuestro país cuenta con una formación de recursos humanos muy calificada que se expresa en múltiples disciplinas. Tal vez, no en la cantidad que nos gustaría en todas las ramas pero sí en todas las generaciones. Es decir, contamos con personas que tienen 25 años y un montón de ganas y capacidades, así como también referentes de 65 años que todavía no se jubilaron, cuyos aportes son imprescindibles. Tenemos masa crítica pero, lamentablemente, no la aprovechamos. El problema es que las autoridades piensan que la ciencia y la tecnología representan un gasto y no una inversión.

–¿Qué opina respecto a ese argumento que plantea que “Argentina no se puede dar el lujo de aumentar el número de investigadores porque posee un 30 por ciento de pobres”?

–Pienso que si no invertimos en ciencia el número de pobres se va a incrementar más, porque habrá pibes que apostaron por la carrera científica, promovida por el propio MinCyT, que ahora plantea lo contrario. Menos ciencia equivale a menos pymes y desarrollo industrial. Tenemos una incapacidad enorme para planificar. Barañao encabezó hace muy poco tiempo el Programa Innovar 2020, y ahora se desdice. Los argumentos son muy pobres.

–Por último, más allá de todo, ¿cree que se ha avanzado desde un aspecto simbólico? Los científicos reclaman en las calles por un reconocimiento que la sociedad considera justo. Es un paso, ¿no?

–Por supuesto, esto tiene que ver con una clara política del gobierno kirchnerista de incorporar la ciencia a la sociedad, a través de iniciativas fabulosas como pueden ser Tecnópolis, el Canal Encuentro, la incidencia de personas como Adrián Paenza y su trabajo en la popularización científica. Todo esto se traduce en un mensaje emitido desde el Estado que se comunica con un sector con el que nunca lo había hecho.

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