La inefable compañía teatral de Angulo el malo desembarca en la Buenos Ayres virreinal ‒embarrada y contrabandista‒, buscando nuevas plazas para su repertorio.
La luz que recorta la cara, que la deja en un primer plano, instala una soledad irremediable.
En Happyland, Gonzalo Demaría crea un collage tragicómico en clave de esoterismo y lujuria sobre el confinamiento patagónico de Isabel Perón.
Escribir es un refugio capaz de devolverle sentido a la vida: en esa marea apasionada se construye La savia, de Ignacio Sánchez Mestre y con la actuación de Mirta Busnelli.
En Joey, el monstruo Moreno los duelos y la infancia están en primer plano, pero sin una pizca de solemnidad.
La persona deprimida, unipersonal basado en un texto de David Foster Wallace que María Onetto se calza al hombro, entre la risa y la desesperación.
Con la actuación de Iride Mockert y la dirección de Alejandra Flechner, Turba narra el cautiverio de la trata y el fulgor de la rebelión.
En Testimonios para invocar a un amante, de Patricio Ruiz y con la dirección de Maruja Bustamante, el amor puede convertirse en una odisea insoportable.
En Lo que quieren las guachas, de Mariana Bustinza, el sexo es el lenguaje de les adolescentes, el amor funciona como excepción y la clase como destino.
Intervención que se mete con todas las formas de la violencia y el disfrute, Chica Queen Kong abre sentidos desde la resistencia de la marea feminista.