En el medio de una copa del mundo repleta de culturas y nacionalidades, nos metimos en el centro de Moscú para hablar con un hombre que nos contó cómo es vivir en carne propia la discriminación que la comunidad LGBT sufre en el país organizador del mayor evento deportivo.
Está solo, pero está acompañado. Está pero no está. No necesita estar escribiendo todo el tiempo para hacerse presente. Todos sus amigos saben que él siempre está. En lo invisible.
Mi Tía favorita es mi Tía Olga. Es como mi segunda mamá.
No quiere ni mirar. Se tapa, pero no como un nene se tapa cuando está por llegar la peor parte de la película de terror que los padres no lo dejan ver, se tapa porque sabe que ya no depende de él.
En un Mundial uno espera encontrarse con demasiada gente, de demasiados lugares y de demasiadas culturas.
Son las cuatro de la mañana y en la estación central de trenes de Kazán solo hay argentinos mirando el piso.
El Ruso, un amigo que ya no está pero que siempre está, me decía que lo único que podíamos mantener eternamente es la fe.
De Ibagué a Banfield y de Banfield al mundo siempre con la misma sonrisa. Es ese crack que empezó a asomar en los entrenamientos del Taladro en Luis Guillón y que se convirtió en una de los talentos más importantes del mundo. La historia del pibe que no bajó los brazos y llegó tan lejos como lo llevó su destreza con la pelota.
Fue uno de los principales responsables de que Argentina no pudiese levantar la Copa en 2014. Entiende el juego como pocos y recuerda ese 7-1 ante Brasil como el partido más loco de su vida.
-Hola, Antón. ¿Cómo estás? Soy Javier Lanza, un periodista argentino. -Hola, me dijo Santiago que me ibas a escribir. ¿Qué quieres específicamente?