CIENCIA › EL IDIOMA PERDIDO DE LOS HUARPES

Una lengua olvidada

En el Instituto de Lingüística y Filología de la Universidad de San Juan intentan rescatar modos de hablar de etnias desaparecidas después de la conquista hispánica.

 Por Leonardo Moledo

El genocidio es un viejo deporte de la humanidad, especialmente durante las conquistas y las invasiones: genocidios culturales, lingüísticos, físicos. De eso hablaremos, ya que del otro lado del grabador, y quizás en otro tiempo de la historia, está el Dr. César Quiroga Salcedo, investigador independiente del Conicet, doctorado en lingüística y director del Inilfi, Instituto de estudios lingüísticos y filológicos de la Universidad Nacional de San Juan, que se dedica a los estudios tradicionales, regionales, de la zona de San Juan, Mendoza y San Luis.

–Estudiamos fundamentalmente la lengua, y a través de la lengua.

–¿Las lenguas locales o las variaciones del castellano?

–Las variaciones del castellano pero también hemos estudiado y hay un programa que es el estudio de las lenguas aborígenes. Cuando vinieron los españoles, aquí se hablaba la lengua de los huarpes, una lengua que tiene que haber sido sumamente vieja, muy antigua, pero que no resistió una doble invasión: la invasión incásica y la invasión española.

–¿No quedó ningún hablante?

–No, ya Sarmiento en Recuerdos de provincia dice que los huarpes habían desaparecido hacía más de 100 años. Pero la otra desgracia que hay en el estudio de las lenguas aborígenes es que en el norte de San Juan, la parte este de San Juan y desde ahí hasta Salta se hablaron distintas lenguas de la familia diaguita. Y del diaguita no sabemos nada. Era una lengua muy difícil.

–¿Los españoles la borraron?

–La política lingüística que tuvo España se definió al principio en el Concilio de Trento, de 1537 a 1562...

–Cuando se decidió que los indios tenían alma.

–Y que por lo tanto se los debía catequizar y en lengua indígena. Así, se mandaron tipos de una capacidad lingüística extraordinaria y uno de ellos fue el jesuita Luis de Valdivia que vino a estudiar a los mapuches y captó extraordinariamente hasta los sonidos, al punto de que hoy estudiar a Valdivia no es una cosa tan alejada porque, claro..., mapuches quedan y siguen hablando la lengua, con modificaciones.

–Bueno, ¿y los huarpes?

–Cuando terminó con los estudios de los mapuches, lo mandaron a estudiar una cantidad de aborígenes que estaban en esa zona de Chile. ¿Y por qué estaban? Porque nosotros dependíamos de Chile y venían los encomenderos y se los llevaban encadenados, y naturalmente se llevaban a los más fuertes, los más robustos, léase los más jóvenes. Desde ya, se produjo un desastre demográfico y etnográfico.

–A trabajar en las minas, supongo.

–Sí, y a Santiago de Chile y para trabajar en el empedrado de las calles. Nosotros los argentinos tampoco podemos decir nada, porque la ciudad de Buenos Aires fue empedrada por los guaraníes. Fíjese que en Santiago de Chile hay un barrio que se llama Chimbas, donde estaban nuestros huarpes, igual que acá en San Juan, donde tenemos un barrio que se llama Chimbas, un término incásico que quiere decir “pedregal”.

–Y allí los estudió Valdivia.

–Sí, y quiso poner por escrito la lengua, un léxico de oraciones –el Padrenuestro, el Ave María–, un confesionario. Era difícil porque había muchas variantes dialectales, con pronunciaciones diferentes. Pero Valdivia los captó.

–¿El huarpe es un idioma incásico?

–No, no.

–¿Qué tipo de idioma es?

–Es una lengua no bien definida, independiente de los ramales de la lengua incásica, posiblemente muy familiarizada con la madre de las lenguas mapuches o pampas. Se han encontrado coincidencias estupendas con las lenguas que dependen del tehuelche. Posiblemente tenían relación con el antiguo pehuelche, con las lenguas mapuches. Es muy posible.

–La única fuente es la de este jesuita...

–Exactamente y la fuente del jesuita ha sufrido un destino trágico, porque él presentó sus obras en Lima, que era donde estaba la parte eclesiástica que daba el imprimatur, y finalmente se perdieron. Algunas se encontraron recontra apolilladas. Y otras se perdieron durante la guerra chileno-peruana.

–¿Y no hay otras fuentes? La toponimia, por ejemplo.

–Sí. ¿Cómo lo he estudiado yo? A través de los restos que han quedado de las peleas de los encomenderos. Un encomendero se peleaba con su español vecino y le decía, no, el cacique tal es mío y su familia; entonces el juez lo mandaba llamar al cacique y el cacique daba los nombres, entonces de ahí sacamos datos. En este momento hay una profesora que está haciendo una tesis doctoral sobre eso: los nombres, la onomástica huarpe de la zona cuyana.

–¿Y la toponimia?

–Eso implica otra serie de conocimientos, pero cuando yo estudiaba la toponimia regional, que es mi tesis doctoral, llegué al convencimiento de que los nombres de los lugares eran tan viejos acá, tan viejos que si un español le hubiese preguntado ¿qué quiere decir vivicun, zonda o los otros nombres huarpes de la región?, no hubieran sabido decir qué significaban. Como nosotros no sabemos a veces de palabras muy antiguas del español. Reyuno, por ejemplo, ¿usted sabe qué son los reyunos?

–No.

–Eran los caballos del rey, los animales que tenían la marca del rey. O sea, se trataba de lenguas muy antiguas, muy viejas y sin una cultura escrita, porque eran ágrafos todos: hay un hueco de conocimientos muy grande que lo tenemos que ir sacando con pinzas, pero el que metió la pinza y se entusiasma, no pierde el rastro. Se queda en eso y nos quedamos porque nos gusta.

–¿Fueron conquistados por los incas?

–Sí, y los huarpes aceptaron la dominación incásica que se manifestaba por la aceptación de la religión y la política de ellos, el manejo de las tierras, la producción, la contabilidad de la producción y así, ellos tenían el mismo nombre para el 10 y para el 100 en la numeración, o sea voces quechuas. Pero de repente, resulta que Valdivia (que no estudió la lengua aquí) no encuentra una palabra que designe al algarrobo. No sabemos cómo le llamaban al algarrobo y es imposible que no le hayan puesto un nombre a una de las plantas que más tenían y utilizaban. Ni siquiera con lo del padre Valdivia podemos llegar a tener una plenitud de lo que fuera aquella lengua.

–¿Eran agricultores?

–No, muy poquito. Eran, pero muy poquito. Tenían el cultivo del zapallo, del poroto, pero vivían en gran parte del pescado y de la caza.

Sabemos todo eso por la parte sacerdotal, porque no hay cronistas privados que vayan a contar estas anécdotas, sino que había una puja entre los conquistadores civiles, los “conquistadores de almas”, que venían a catequizar para llevarlo al cielo.

–Mientras tanto los llevaban a las minas, es decir, bajo tierra.

–Pero las minas las explotaban los otros, entonces había un problema: si los encomenderos se llevaban muchos indios, éstos se quedaban con menos almas. Entonces los que protestaban eran los sacerdotes y mientras más aborígenes hubiese en la familia, era más fácil salvarlo, conducirlo a la iglesia, enseñarle. Tenían una política de otro tipo y sus políticas de catequización, que no siempre coincidían. Entonces los indios sabían estar entre los juncos, escondidos observando si les tocaba o no les tocaba. De modo que ha sido una época terrible para esa gente.

–¿Eso fue en qué época?

–Del 1500 y desde el Concilio de Trento en adelante hasta la extinción. Etnicamente. Lingüísticamente primero, después étnicamente.

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