CONTRATAPA

A la sombra con Chuang Tzú

 Por Juan Sasturain

No sé exactamente cuál es el día, pero este año se cumplen cuarenta de la muerte de Thomas Merton, el famoso y (literalmente) amable monje benedictino de la abadía de Gethsemani, Kentucky, autor –entre otras muchas obras– de La montaña de siete círculos, en la que cuenta el arduo camino de su revelación espiritual. Hombre entero, saludable y maravilloso, poeta, amigo y traductor de escritores que admiramos, Merton fue inspirador vocacional de Ernesto Cardenal, entre otros. El libro que reúne su correspondencia con algunos de ellos es realmente admirable.

Merton murió en Asia, de paso, mientras iba y venía en misiones de su oficio y vocación, a los 53 años, y uno de sus últimos libros, escrito tres años antes y publicado por la renovadora editorial norteamericana New Directions en 1969 es The Way of Chuang Tzú, El camino de Chuang Tzú, en la versión castellana publicada por la colección Visor de poesía en los setenta en castellano y reeditado por Lumen hace unos años. Es un texto extraordinario.

Se trata de una traducción libre o –mejor dicho– de una recreación abierta –“imitaciones”, dice el autor–, de muchos de los escritos y enseñanzas del “más espiritual de los filósofos chinos”, Chuang Tzú, un maestro taoísta tan sabio como serenamente burlón que vivió hace casi dos mil quinientos años. En el prólogo, Merton, que no sabía chino pero que estudió con maestros que sí, y que como Ezra Pound poseyó la sensibilidad y frecuencia espiritual adecuada para conectarse con el original tan distante, explica las afinidades profundas que lo llevaron a sentirse tan cerca de alguien que, como él y otros, eligieron alguna vez el retiro del mundo, la desconfianza en “una vida sometida por completo a presupuestos seculares arbitrarios, dictados por las convenciones sociales y dedicados a la consecución de satisfacciones temporales, que tal vez no sean más que un espejismo”.

Según explica –sin pretender agotar ni explicar, por supuesto– Thomas Merton, el “camino” de Chuang Tzú, que significa la elección del silencio, la simplicidad, y en general la negativa a tomar en serio la agresividad, el empuje y la prepotencia que se supone que uno debe exhibir para funcionar en sociedad, tiene una vigencia absoluta. El camino de Chuang Tzú, siguiendo el Tao Te Ching de Lao Tsé, prefiere no llegar a ninguna parte en el mundo, ni siquiera en el terreno de algún logro supuestamente espiritual. Y concluye Merton: “Chuang Tzú habría estado de acuerdo con San Juan de la Cruz en que se entra en este tipo de camino cuando se abandonan todos los caminos y, en cierto modo, uno se pierde”. Una perturbadora y hermosa propuesta de vida.

Es uno de esos libros conmovedores en sentido literal, pero no como un Hesse, un Camus o un Nietzsche en la adolescencia. Te llega justo cuando sos más grande. Yo, como cualquiera, que he sido alguna vez cristiano y no soy taoísta, me inclino sobre estos textos –poemas, breves cuentos, casi chistes– como si fuera a tomar agua. No tienen contraindicaciones. “El gallo de pelea”, “Medios y fines”, “Lo inútil”, “Las tres de la mañana”, “La importancia de no tener dientes”... se puede entrar por cualquier parte a Chuang Tzú. Aunque es muy saludable empezar vacunándose con el alevoso “Huida de la sombra”:

“Había un hombre que se alteraba tanto al ver su propia sombra y se disgustaba tanto con sus propios pasos que tomó la determinación de librarse de ambos. El método que se le ocurrió fue huir de ellos. Entonces se levantó y echó a correr. Como fracasaba supuso que se debía a que no estaba corriendo con suficiente rapidez. Así que corrió cada vez más y más rápido hasta que cayó muerto.

No se dio cuenta de que si simplemente se hubiera puesto a la sombra, su (propia) sombra se habría desvanecido, y si se hubiera sentado y quedado quieto, no habría habido más pisadas.”

Gracias a Thomas Merton y al jodón y serenísimo Chuang Tzú.

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