CONTRATAPA

Ser consciente

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Días atrás –en ese suplemento en español que funciona como un destilado de noticias de The New York Times y que viene incluido en El País del jueves– leí una noticia que primero leí, después recorté, enseguida guardé en mi carpeta de Asuntos Internos y que ahora transcribo aquí.

Parece que ahora el Gmail –servicio de correo electrónico de Google– ofrece a sus usuarios una nueva habilidad que es casi un súper-poder. Un programa –todavía en etapa experimental– llamado Mail Googles y que no es otra cosa que una suerte de conciencia electrónica externa para proteger al remitente de su conciencia interna.

Mail Googles vendría a funcionar entonces como una suerte de ángel de la guardia epistolar.

DOS La cosa es así: parece que los especialistas de Google descubrieron la existencia de un nuevo y creciente problema. Y que ese problema no es otra cosa que los correos electrónicos nocturnos (en especial aquellos tipeados en estado de embriaguez) redactados sin pensar demasiado (o pensando de más en lo que no se debe pensar) y pronta e inconscientemente enviados con un irresponsable click on the rocks.

El servicio en cuestión se activa y funciona entre las diez y las cuatro de la mañana de los días de semana –franja horaria que los estudiosos han decidido que es la que transcurre entre la copa número 1 y la copa número No Me Acuerdo– y consiste en el paso previo, antes del send, de tener que resolver “cinco sencillos problemas matemáticos” que obliguen a pensar un poco mejor en lo que se está haciendo, despabilarse un poco y ser consciente de que tal vez eso que le estamos comunicando a una ex pareja o a una posible pareja futura o a un jefe que no demorará en ser un ex jefe a la mañana siguiente, no es algo que tenga demasiado sentido poner por escrito y, mucho menos, ser enviado a la velocidad de la electricidad porque, sí, quien juega con electricidad se electrocuta.

TRES Y la noticia fue recibida con alegría, alivio, y se la considera tan importante como los controles de alcoholemia y las pruebas psicológicas antes de venderte una Magnum 44. Y la verdad que yo hace tiempo que vengo diciendo que no habría que venderle a cualquiera una computadora (el equivalente a un arma de fuego disparada a quemarropa) porque hace parecer tan fácil y produce espejismos tan prolijos (esa pantalla limpia, esos manuscritos impecables) para todo aquel que se sienta y se dice: “Aquí va la nueva obra maestra de la literatura”.

Pero por algún lado se empieza. Y leo en la noticia de The New York Times –firmada por Alex Williams– que varias personas que beben y teclean al mismo tiempo confesaron a los estudiosos de historias de esas que hielan la sangre y hasta a la incongelable vodka. Y que una tal Kate Allen Stukenberg –directora de una revista de Houston– se lamentó de que “lo peor de Mail Googles es que sólo se puede utilizar con Gmail” y propone implantación de dispositivos similares en el teléfono móvil. Yo iría más lejos: yo propondría que se implantara también en blogs y, ya que estamos, en Silvio Berlusconi.

CUATRO ¿Y cómo fue que surgió la idea de Googles? Conozcan a Jon Perlow –ingeniero electrónico trabajando en la división Gmail–, quien una mañana fue a revisar su carpeta de emails enviados durante la líquida noche anterior y se encontró con la solidez avergonzante de varias poluciones nocturnas, incluyendo un desesperado pedido de volver a intentarlo a una ex novia que, seguro, cambió de nombre y domicilio luego de leer eso.

Y, claro, todo comenzó con la inmediatez del teléfono, con la vertiginosa aceleración de la posible vergüenza. Un vaso en una mano, un auricular en la otra y allá vamos. Atrás quedaba para siempre la meditación obligada de las cartas y el obligatorio paseo hasta el correo -–haciendo eses o haciendo íes– que daba la posibilidad de recuperar un tanto la sobriedad por el camino y pensárselo mejor. O, por lo menos, de descubrir que no se tenía dinero para las estampillas porque, tampoco, se tenían bolsillos.

CINCO Ahora, la vida es mucho más peligrosa. Ahora el teléfono se ha convertido en mutación topododerosa de agenda/máquina de escribir/buzón/cartero. Todo en uno y en cuestión de minutos. Y Williams advierte, muy especialmente, de algo llamado “comunicación asincrónica”. Lo que se traduce como ese súbito impulso que se siente en una fiesta –luego de estar conversando durante un rato demasiado largo con un tal Jack Daniels o con un tal Johnny Walker– de responder a todos esos mensajes que se dejaron pendientes de contestación en la oficina y, ya que estamos, por qué no incluir un chistecito...

El artículo de The New York Times incluye un testimonio de Ryan Doge, asiduo a los blogs de citas: “Si has perdido completamente las habilidades motoras, probablemente Mail Googles no sea necesario. Pero hay un punto peligroso de intoxicación en el que estás lo suficientemente lúcido para manejar el teclado, pero lo suficientemente borracho para creer que declararle tu amor vía Facebook a esa chica de tu clase de primer año de secundaria es la mejor idea del mundo”.

Y, claro, no sólo no es la mejor idea del mundo, sino que ni siquiera es una idea. Porque las ideas son cosas que se piensan y no cosas que, simplemente, se le ocurren a esa persona que es uno pero que ya no es uno exactamente.

SEIS Lo que me llevó a pensar en el fuerte y espirituoso vínculo entre alcohol y escritura. Desde el principio de los tiempos, la botella vacía y la página en blanco se han llevado muy bien. Glu-glu-gloogle y todo eso. Leí varios libros sobre el tema –leí varias vidas y varias obras– y la explicación parece ser sencilla: los escritores son personas por lo general introvertidas y la bebida te vuelve locuaz. Tanto en la fiction como en la non-fiction. Pero, claro, es una relación peligrosa. “Una de las desventajas del vino es que hace que un hombre confunda las palabras con los pensamientos”, advirtió Samuel Johnson. Kingsley Amis se refería a su vaso de scotch como “un rompehielos artístico” y J. G. Ballard explicó que “no hay ningún secreto. Uno abre la botella, espera unos tres minutos y dos mil años o más de artesanía escocesa se encargan de todo lo demás”. William Faulkner, en cambio, se consideraba alcohólico, pero advertía que jamás había podido escribir una sola línea borracho. John Irving –quien siempre se lamentó de que Hemingway y Fitzgerald no hayan alcanzado el máximo de sus capacidades por culpa de marinar durante años sus cerebros– se congratula de olvidarse de todo apenas con una copa de vino (y sobre todo de escribir) y recuerda una frase de D. H. Lawrence: “La novela es el ejemplo más alto de sutiles interrelaciones jamás descubierto por el hombre”. A lo que Irving agrega: “Así que consideren tan solo por un segundo lo que la bebida les hace a las ‘sutiles interrelaciones’. Es más: olvídense del ‘sutil’ y piensen nada más que en las ‘interrelaciones’, eso que hace funcionar las novelas. Sin eso, no tienes narración sino palabrerío incoherente. Los borrachos son incoherentes y sus novelas también”.

De acuerdo.

El problema –volviendo a lo del principio– es cuando los emails diurnos de personas sobrias, personas que han resuelto con éxito los “cinco sencillos problemas matemáticos”, suenan y se leen, sin importar el día o la hora, como perfectos exponentes de “comunicación asincrónica”.

Hoy recibí varios, demasiados.

Y el día no ha hecho más que empezar.

Salud, por favor.

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