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Sobre los Papalagi

 Por Juan Sasturain

Hace unos años, en los ochenta, leímos por primera vez –que no fue la mejor vez– un libro raro, famoso y precioso: Los Papalagi (“Los hombres blancos”, en supuesto idioma de Samoa), subtitulado “Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe samoano, reunidos y prologados por Erich Scheurmann”. Y el libro es raro por su contenido, famoso (lo fue sobre todo en los setenta) y precioso por su finísimo contenido satírico y por las ilustraciones que habitualmente –modernamente, quiero decir– lo acompañan, realizadas por Joost Swarte, un monstruo holandés del dibujo, militante de la llamada “línea clara” en la historieta universal.

El dato es que la primera edición integral y ordenada de Los Papalagi tal como la conocemos cumple, este año, ochenta. Tras publicarse fragmentada en inhallables periódicos alemanes hacia 1920, apareció completa en Holanda en 1929. La subsiguiente traducción al inglés en los treinta fue el comienzo de una notable popularidad que ha hecho de Los Papalagi un anómalo best-seller universal entre la progresía antisistema más ideológicamente radicalizada, desde los hippies sesentistas a los movimientos ecologistas y antiglobalización de hoy día. Y tiene con qué justificarlo.

¿De qué se trata? Sintéticamente, a través de once cartas o discursos explicativos dirigidos a su pueblo, el jefe Tuiavii, que ha viajado desde el Pacífico Sur y conocido a los hombres blancos en su hábitat, explica y censura las aberraciones de su cultura y las confronta con la pureza de los suyos. Así, Los Papalagi –desde la perspectiva ingenua y “no civilizada” de un aparente salvaje– niega ingeniosa, impiadosa y sistemáticamente la civilización europea, occidental y cristiana (sus costumbres, sus valores y creencias) por absurdas y perversas, en nombre de un retorno a lo natural que conoce y pretende resguardar ante la agresión (colonial) que padece –por entonces– desde hace un siglo.

Eso no sería nada o no sería suficiente –la crítica y la reinvindicación, digo– para convertir al texto en una pequeña obra maestra; que lo es. Lo notable es la agudeza, la sutil amalgama de observación e ironía que recorre el texto, el despliegue de inteligencia que no deja habitual despropósito sin comentar, aberración cotidiana sin describir. ¿Quién es el responsable de tales maravillas?

Las sucesivas ediciones, desde hace décadas, llevan una nota de los editores que habla de “un estudio crítico orientado antropológicamente” y el prólogo, las salvedades y aclaraciones de Erich Scheurmann, que se presenta como receptor directo y rehacedor –si cabe– de los borradores pergeñados por el jefe samoano, que nunca habrían sido concebidos para difundirse en Occidente sino como meros discursos o cartas ilustrativas y aleccionadoras para su propia gente.

Por lo que (poco) sabemos, Erich Schuermann (Hamburgo 1878; Arnsfeld 1957) fue un escritor, pintor y entre otras cosas titiritero alemán, amigo de Hermann Hesse en su juventud, que en 1914 viajó a Samoa –por entonces posesión alemana– con el encargo de escribir una historia sobre los Mares del Sur. La Gran Guerra lo sorprendió allí y dejó la Polinesia al año siguiente rumbo a Estados Unidos. Internado allí como enemigo extranjero, a partir de un cuaderno de apuntes dio forma a lo que sería Los Papalagi antes de regresar a Europa, donde publicó las cartas del jefe Tuiavii en alemán con gran repercusión. Y así, desde entonces. Dio a conocer varias obras más –-algunas referidas a los Mares del Sur–, pero ninguna tuvo la resonancia de Los Papalagi.

Queda, por supuesto, sin cuestionar la excelencia, una cuestión clave: la autenticidad del texto. Más allá de que las ediciones castellanas de los últimos veinte años no hacen ninguna referencia crítica ni reflexionan al respecto, todo indicaría que Los Papalagi es lo que en inglés se denomina un amusing hoax, un agradable engaño, una joda, una tomadura de pelo, una superchería ingeniosa, una de esas invenciones, fraudes inteligentes bastante habituales en la historia de la literatura, como el Ossian de MacPherson. Es que no hay evidencia alguna de que tal “jefe samoano” haya existido con ese nombre, que las fotos que acompañan el texto correspondan a personajes de ese nombre y mucho menos de que –de haber existido– el jefe haya viajado a Occidente para amargarse de visitante con los blancos que ya padecía en casa.

Por otra parte hay, sí, numerosos antecedentes de obras literarias que han utilizado el mecanismo de ubicar a un observador externo –un viajero exótico, habitualmente– para denunciar en forma indirecta los males de una sociedad. Ya está en las famosas Cartas persas de Montesquieu, de la primera mitad del siglo XVIII, replicadas en España por las Cartas marruecas de José Cadalso y del mismo modo en otras muchas tradiciones. El viajero a simbólicos mundos distantes sólo para encontrar –en el espejo deformado de sociedades imaginarias– el modo de criticar y satirizar las costumbres y enfermedades del de sus lectores. El ejemplo mayor es sin duda Jonathan Swift y sus Gulliver Travels, de larguísima cría. Nadie como sus sabios y equilibrados caballos, los impronunciables houyhnhnms, ha sido tan mordaz y revelador a la hora de mostrar absurdos, miserias y vergüenzas humanas.

En el caso de Scheurmann, el antecedente más inmediato parece haber sido –según algunos críticos que no lo quieren– Hans Paarsche, un pacifista tolstoiano que publicó en los primeros años del siglo XX una exitosa sátira titulada La expedición del africano Lukanga Mukara al interior de Alemania, que nunca aspiró a ser considerada sino lo que era: una invención absoluta. E incluso, buscando un equivalente, se compara el éxito y la repercusión de Los Papalagi entre las huestes antisistema y ecologistas con otro texto memorable, ejemplar... y también sospechado de fraude: la bellísima carta del jefe indio Seattle al presidente de los Estados Unidos que confronta dos modos de vida y de relación con la Naturaleza.

En fin... La cuestión es que, documento o inteligente fraude, a ochenta años de su publicación, Los Papalagi sigue hablando cada vez más y mejor sobre el sinsentido de la aventura cultural del hombre occidental bajo el capitalismo. Las cartas de Tuiavii de Tiavea son incomparables, y algunas de ellas –El metal redondo y el papel tosco (sobre el dinero), y Los Papalagi no tienen tiempo– lindan con la iluminación espiritual. Son lectura saludabilísima.

Y además, de yapa, están los dibujos de Swarte. Sin desperdicio.

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