CONTRATAPA

Un sistema que nos hace pensar

 Por Osvaldo Bayer

Desde Bonn, Alemania

El ahogado todavía no se ahogó, le tiraron un salvavida y de ahí se agarró. Sí, verbo agarrarse, no hay otro. El tema tuvo a toda Europa en ascuas. Pero el remedio... ¿curará la enfermedad o se van a contagiar todos? Esa es la pregunta. El jueves, los países europeos le tiraron el salvavida a Grecia, el país enfermo hasta los tuétanos. La solución: más préstamos, más deudas, intereses. Con todo lo que trae eso. La aspirina la trajeron Alemania y Francia, los dos países cuya economía mejor va en el continente. Porque no es sólo Grecia la que no encuentra salida con las deudas y los problemas en lo económico y, por supuesto, en lo social. Sino también Portugal, España y ahora la Italia de Berslusconi, ese que cuando subió dijo: “Más capitalismo, porque el capitalismo soluciona todo”. Sí, así de sencillo, es la comprobación a la que se ha llegado después de siglos de búsquedas y promesas. Hablamos de Europa, pero ¿Estados Unidos a qué punto ha llegado? Parece un cuento fantástico, una fantasía insuperable: Estados Unidos tiene una deuda con China de 1152,5 millones de dólares. Sí, con aquella China donde en la década del ’30 del siglo pasado se morían de hambre dos millones de personas por año. El total de deuda externa de Estados Unidos es de 4,49 billones de dólares. Hubo voces el jueves en Bruselas que dijeron: ahora, luego de ayudar a Grecia nos va a tocar ayudar a Estados Unidos. Los diarios europeos, en las últimas semanas, han descrito con preocupación la situación en Estados Unidos con noticias de este tipo: “Cincuenta millones de ciudadanos estadounidenses pasan hambre. Muchos de ellos a pesar de que trabajaron toda su vida”. Es decir, la falta de ayuda social y el crecimiento de la pobreza es aguda en el Estado que mantiene tropas de ocupación en cuanto país extranjero se le ocurra. La situación financiera de Estados Unidos podría ocasionar una crisis financiera mundial, han señalado ya economistas europeos y asiáticos.

El conocido historiador estadounidense Fritz Stern fue preguntado por la prensa europea si la actual crisis económica de Estados Unidos y de varios países europeos podría significar el final del capitalismo. Stern respondió: “El final, no. En diversas épocas existieron distintas versiones del capitalismo y no estoy convencido de que la actual sea la peor de todas. Pero es lo que el ex primer ministro alemán Helmut Schmidt calificó de ‘capitalismo de rapiña’. Es sin duda malo y peligroso por encima de todo. Un capitalismo ‘domado’ se me ha presentado a mí como una forma eficiente para gobernar. Aunque tal vez pueda haber un sistema nuevo, es muy posible. Es decir, un Estado con una fuerte responsabilidad para lo que hoy se denomina red social o lo que se llama ‘asistencia social’. En una palabra: el ‘estado benefactor’ con un sistema social de seguros. Su eliminación, desde el punto de vista ideológico, empezó con la Thatcher y con Reagan. En Estados Unidos no se ha tenido en cuenta el inmenso deterioro que ha producido Reagan. Democracia también quiere decir justicia social”.

Sí, pero además es un sistema que traspasa los límites de todo racionalismo al no defender el equilibrio de la naturaleza. Si no fuera por la reacción de ciertos sectores sociales, la depredación hubiera llegado a límites insostenibles. Ese es otro aspecto que debemos tener en cuenta en el sistema actual.

Pero no nos quedemos en Reagan y la Thatcher, vayamos al mejor alumno de ellos, el italiano Berlusconi. ¿Qué sociedad ha creado? La socióloga Kordula Doerfler ha llevado a cabo un profundo análisis de la sociedad italiana actual: “La economía italiana se ha paralizado, hasta los empresarios que apoyaron a Berlusconi exigen hoy más impulsos y más disciplina en que se cumplan las leyes. Uno de cada dos italianos menores de 35 años trabaja hoy en condiciones precarias, inseguras y gana menos de mil euros por mes. Un 20 por ciento de los italianos menores de 30 años no tiene trabajo, y para los que tienen menos de 25 años esa posibilidad crece a un tercio. Miles de puestos de aprendices fueron eliminados y la reforma universitaria de Berlusconi es vista nada más que como una medida de ahorrar fondos”. Berlusconi acaba de declarar que cuando termine su mandato se retira. Es una forma de salvar la piel, después de él, “que venga el diluvio”.

Pero vayamos de Berlusconi a Alemania, que tiene la fama de ser el país mejor organizado de Europa. El 20 de julio pasado, todos los organismos de información germanos informaron que desde el año 2000, los empleados ganan, neto, menos que antes de ese año. Se calcula que perdieron el 2,5 por ciento de lo que ganaban antes, en promedio, pero en los empleos de menor nivel esas pérdidas alcanzan del 10 al 22 por ciento de los sueldos. Pero eso sí, el número de los millonarios en el mundo aumenta con toda fuerza. Todo esto duele mucho a la intelectualidad alemana que ha criticado abiertamente la venta de armas alemanas a países en conflicto. Los doscientos tanques a Arabia Saudí, y ahora, peor todavía, a un país africano como Angola. A esa Africa que se muere de hambre se le venden armas. Un gobierno demócrata-cristiano y liberal, de acuerdo con los nombres de los partidos que lo integran.

Hace pocos días, la Argentina condenó a prisión perpetua a los militares del campo de concentración El Vesubio. Allí estuvo detenida, durante la dictadura de Videla, la socióloga alemana Elisabeth Käsemann, hija de uno de los teólogos germanos más famosos. Elisabeth fue sacada de ese lugar para ser asesinada por fuerzas militares en un supuesto tiroteo. En Alemania hubo gran indignación por este crimen. Pero igual el gobierno alemán le vendió a la dictadura militar argentina seis submarinos y dos fragatas. Ante la protesta unánime, el primer ministro de aquel entonces, Helmut Schmidt, declaró que se había aprobado esa venta de armas a la dictadura argentina porque así buena parte de los desocupados de la ciudad alemana de Cuxhaven iban a tener trabajo. Aquí cabe una sola pregunta: ¿Y la ética, señor primer ministro?

Como vemos, un mundo que necesita resistencia para alcanzar que prevalezca la moral por encima de los negocios. Lo acaba de sostener el Premio Nobel de Literatura, el escritor alemán Günther Grass: “Estamos en crisis, una crisis que está tejida entre otras crisis: el aumento irrefrenable de la población mundial, la crisis creada por la falta de agua, el hambre y la miseria que ha originado miles de refugiados, y también los cambios climáticos ocasionados por el ser humano. Las presencias del cansancio y decadencia en nuestra Nación nos ofrecen un motivo suficiente para dudar si todavía nuestra Constitución nacional nos garantiza lo que nos promete. El haber caído en una sociedad de clases con una mayoría empobrecida y una clase alta acaudalada, con una deuda con una cima que mientras tanto ha sido cubierta por nubes de ceros, la incapacidad y el desmayo simulado de los parlamentarios elegidos libremente frente al poder de las organizaciones de intereses propios, y no por último el golpe por la espalda de los bancos, hacen necesario, con toda premura, que pongamos en duda a este sistema. ¿Debemos seguir aceptando el mercado, las ganancias y el consumo como dogmas religiosos?”.

Una pregunta para pensar y encontrar una respuesta.

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