CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

R.C.C.R. */ 2

 Por Juan Sasturain

Uno no debería, pero se amarga igual. Sería más lindo y más justo hablar acá de los goles de Paolo Guerrero el sábado, de la frustrada destreza y entrega de Messi, de Gago, de Neymar y de Ganso que se quedaron sin nada, de las atajadas de Justo Villar ante Brasil en cuartos, del brillo acerado de Luis Suárez y Forlán a la hora de definir ayer, en el reconstruido Monumental. Pero no, uno queda pegado con las impresiones desagradables, colaterales al espectáculo. Será porque éstas son R.C.C.R. Seguro que es por eso.

El justo y holgado triunfo de Uruguay ayer en la final de la Copa América, ante un Paraguay que llegó hasta ahí con la equívoca heroicidad de la Argentina de Bilardo en Italia ’90 –aunque sin el patetismo de la nuestra–, fue oportunidad para que quedara una vez más en evidencia lo desagradable que resulta el oportunismo de hablar (siempre, pero siempre) con el resultado puesto. El ejemplo es, obviamente, el tono y las intenciones de algunos de los comentarios que acompañaron la final. Voy a tratar de reflexionar a partir de ahí.

Soy de los que creen –lo he escrito acá, vuelvo a escribirlo sin pudor– que, futboleramente, desde hace un rato estamos en franca decadencia. Indisimulable: nos caemos a pedazos. Los últimos y más graves síntomas (no las causas) son las penosas performances de los equipos juveniles: Sub-17 y Sub-20, mal elegidos y dirigidos por nadie, que no juegan a nada (que no juegan, bah: compiten, trabajan, empujan); un campeonato local horrible –“apasionante” pero pésimamente jugado–, con mayoría de partidos espantosos, y una indisimulable cadena de resultados negativos a nivel de clubes en todas las competencias internacionales, copas y copitas. Eso es lo que hay.

Ante este panorama de un fútbol argentino doméstico en una etapa crítica que ideológicamente puede ser descripta como Resultadismo Dependiente, la Selección Nacional –una especie de artesanía local convertida en producto importado envasado al vacío– presentó en los últimos tiempos una saludable alternativa a la miseria imperante al menos en dos cosas: elegir, como estrategia, jugar bien al fútbol como lo entendemos histórica y tradicionalmente en este país, y elegir –coherentemente– jugadores aptos para hacerlo. Quiero decir: lo mejor que tiene esta desahuciada Selección –porque creo en ella, ajustes mediantes– es que no se parece en nada a la basura habitual que nos presentan como única alternativa posible (dicen) los miserables armadores de equipos y sacadores de resultados que padecemos fecha a fecha en el torneo local.

Ahora bien (o mal). Más allá del inobjetable, merecido triunfo de los sólidos uruguayos, esta Copa América ha sido un triunfo (en todos los terrenos, sobre todo en el de la operación periodística) para el resultadismo. Suele pasar: también Italia ganó el Mundial del 2006 en Alemania y no hace mucho Grecia fue campeón de Europa. No está en discusión la justicia: honor y gloria a los ganadores. Pero en aquellos dos torneos, como en éste que acaba de terminar, los equipos que más apostaron por el juego ofensivo y coordinado, con cuidado de pelota y espacio para la creatividad individual, quedaron fuera de la discusión. Y es el caso de Chile, Brasil y Argentina en esta Copa. Creer o reventar.

Uno no es tan necio como para no admitir la derrota –de eso tratan estas R.C.C.R.– y sabe que los resultados en el fútbol van y vienen y que se gana jugando bien o jugando mal, que se pierde jugando mal o jugando bien, que hay una altísima dosis de azar en el juego y que los factores anímicos, espirituales, son clave. Que no hay estrategia sin ejecutantes aptos ni individualidades sueltas que puedan regularmente suplir las carencias colectivas. Por eso el fútbol es tan hermoso y apasionante. Y por eso –aunque se festejen los resultados–, los números no lo agotan ni definen. Por eso nos desagrada y rebela tanto cuando las opiniones y juicios se ajustan sistemáticamente a los ocasionales resultados que, muchas veces, podrían haber sido otros por meras circunstancias ocasionales.

En este caso, que Argentina y Brasil –jugando (para lo que pueden e intentan) bastante mal– se hayan quedado en el camino, lejos de los primeros lugares, pudo no haber sido así, sin que para nada fuera una injusticia: Argentina perdió bien pero sólo en los penales (pobre Tevez), aunque creo que, en un partido parejo, fue más que Uruguay en juego y situaciones. Pese a sus errores, en el balance, el rival no lo superó. Y ni hablar de Brasil, que fue siempre mucho más que Paraguay, con múltiples situaciones –memorable referencia al “culo” guaraní por parte del inteligentísimo Tata Martino–, y terminó en la peor serie de penales de la historia...

Quiero decir: en los resultados de esos dos partidos de cuartos –dejo de lado a Chile, otra cosa– en que la balanza pudo (y creo que debió) inclinarse para los que apostaron a jugar al ataque y con la pelota, se definió el tono “ideológico” que entintaría de “resultadismo” el tramo final del torneo.

Para terminar: así, con el resultado puesto, se sacan o se pretendan sacar conclusiones simples, fáciles. Porque, aunque algunos o muchos crean y digan de buena fe que Argentina se quedó afuera porque le faltaron huevos o porque no marca con los dientes apretados o porque no tira pelotazos para que cabecee un delantero ropero o porque no “trabaja con pelota parada” o porque “los de afuera” no sienten la camiseta, hay casos en que esas insinuadas opiniones –dejadas caer indirectamente– no son gratuitas ni transparentes. Es equívoca demagogia, mala leche solapada, oportunismo.

Este fútbol argentino en franca decadencia necesita cambios de todo tipo. Pero en medio del desorden y de la deshonestidad generalizada dentro y fuera de la cancha, me parece que esta Selección –con el Checho o sin él, pero nunca con Bilardo– ha elegido una manera de jugar y competir que, con retoques, con ajustes, es lo más saludable que tenemos. Si hay cambios, que no nos aparten de la idea de jugar así, con esta mayoría de jugadores convencidos de que se puede y se debe. Claro que hay que laburar. Pero sobre todo hay mucho que preservar de los carroñeros de siempre.

* Reflexiones Con el Cerebro/Corazón/Culo Roto.

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