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Sobre el ajuste de sombras

 Por Juan Sasturain

El libro reciente de un amigo, que menta las sombras pero no miente sobre ellas o a su amparo –como se suele–, me hizo pensar por un momento no muy largo en cómo proliferan las prestigiosas sombras en la poesía, la narrativa y sus aledaños. Y suelen sobrar: las sombras, las penumbras, los reflejos y los vagos claroscuros, digo. Precisamente, a la sombra –o al pretexto– sobre todo de la poesía, suelen medrar la simple confusión de oscuridad, los felinos pardos y el vago imago impostados.

Quiero decir, siendo bastante arbitrario: si bien hay notables poetas legítimamente sombríos, oscuros de palabra y obra, incluso de vida tenebrosa o en la vera sombra, prevalecen los poetas y escritores apenas sombreros, los regadores de fantasmas que hacen más sombra de lo que son. Su sombra les queda grande, miente. No vale la pena la mención, no son ni sombra de lo que sombrean.

Claro que a la inversa, hay poetas –y escritores en general– a los que las escuetas sombras les quedan chicas, sólo la usan al pie y con pudor, apenas para sostenerse. Dan más luz que sombra y son grandes así. Verticales bajo la luz o transparentes para que pase. Hubo un par de Fernández entre nosotros, que nos gustaron siempre mucho por eso.

Y finalmente están los asombrados, los que, como el Peter Pan de Barrie o el Lucky Luke de Goscinny y Morris son otros que su sombra: no la usan, se la olvidan, se les escapa, compiten y le ganan. Son los mejores, claro. Se necesita genio y humor para eso. No proliferan.

Por eso, para titular (traficar) con sombras o fantasmas en nuestra literatura, hay que ser cuidadoso y revisar antecedentes. Por ejemplo, hay que animársele a lindar con la cursilería, como Güiraldes, a citar sutil y barroco como Pepe Bianco, o evocar tanguero y alevoso como Soriano, a ser un titulador único, como Bioy, o un clásico con la impunidad del Maestro cegado, asombrado y no sombrío, que hizo su elogio sin pudor ni patetismo.

Cada uno usó la sombra a su manera y le calzó. En el caso de Don Segundo Sombra, Güiraldes, al apellidar al viejito, desmaterializó un arquetipo –operación inversa a la de Hernández, que le dio máxima corporeidad y dureza al fundarlo/fundirlo en hierro criollo–, le puso una condición fantasmal anticipada ya por Obligado al referirse a Santos Vega, aquella “sombra doliente”. Acá, sombra es lo que queda de algo que fue. Hay tiempo y pérdida de materialidad (no de entidad) en el trayecto.

Parecida es la referencia de Soriano, que cita un tango –como en la anterior “No habrá más penas ni olvido”– en este caso trampeado por las necesidades del turismo y el peso dominante de Filiberto y La Boca. Así, ese “Caminito” que escribió, pensando en su paisaje y su provincia, el riojano Coria Peñaloza, recibe la confidencia de un cantor / narrador que se identifica con un destino de disolución y olvido en el tiempo: “Una sombra ya pronto serás (una sombra, lo mismo que yo)”. La operación de Soriano consiste en mezclar la patria lejana y el camino con el narrador errante y el exilio. Esta sombra es pura pérdida. “La hora sin sombra”, en cambio, será la plenitud.

Lo de Bianco, por memorable es ejemplar: “Sombras” suele vestir no sólo es un notable relato fantástico sino una cita gongorina –medio undécimo verso del soneto “A un sueño”– de increíble belleza: como en el cuento, en el poema, el sueño –“autor de representaciones”– suele, a las sombras (lo que no existe ya: en este caso ella, la perdida, la lejana) darles apariencia de realidad, “de bulto bello” según don Luis, el enrevesado. Por eso es bueno dormir: por el descanso, y porque el sueño nos permite poder verla (a ella, una sombra) otra vez... Toda la lírica y la canción popular están saturadas de estas sombras. No suelen vestir con semejante elegancia y sutileza.

En Bioy Casares, El lado de la sombra (válido para el cuento y para el libro) es el costado complementario de la claridad, de lo iluminado, de la apariencia visible; es el reverso o lo simplemente contiguo que permite la irrupción del mal, de lo fantástico o al menos de la paradoja, la posible alternativa a la lógica de lo real en los hechos y en las conductas de los personajes de sus ficciones. No es lo perdido ni lo difuminado sino lo Otro. Lo que no se ve pero está ahí, necesariamente, como condición de posibilidad. Y no es precisamente el uso de la sombra que hace Galeano en Fútbol a sol y sombra. Ahí sí, clásica, ideológicamente hablando, la sombra es el lado oscuro, el negocio que empaña la claridad del juego y de la fiesta.

Finalmente, si el entrañable Tuñón, en A la sombra de los barrios amados, usó la sombra –como Martí– en tanto metáfora del cobijo y la protección afectiva primordial entre la intemperie de la vida y de la historia, Borges hizo en su momento el debido Elogio de la sombra, la oscuridad que lo acompañó por décadas. Porque la sombra de Borges es la ceguera, no vivida como pérdida sino como enigmático don, ámbito de paradójicas revelaciones, defensa ante la pavorosa minuciosidad de lo real que acosó, acorraló al desdichado Funes.

Así nos toca, ni sombríos, ni transparentes, ni geniales asombrados ni presumidos sombreros, y es difícil –sin paradoja– andar por la vida y las palabras con la sombra ajustada, hecha y asumida a medida, sin oscuras imposturas ni pretensiones de linterna: dar el calce correspondiente al contorno y a la densidad propia del sujeto / objeto que sombrea. El buen poeta, el escritor de estatura cabal, hace con trabajada naturalidad, como quien entrena en vivo, lo que el bailarín o –mejor– lo que el boxeador: hace sombra para una pelea que es la suya y la de todos.

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