CONTRATAPA

Historia de un beso

 Por Andrea Ferrari

Se exhibe en estos días por primera vez en Buenos Aires, pero todo el mundo ya conoce la foto de Robert Doisneau. Está, sin duda, entre las más famosas de la historia: El beso del Hotel de Ville, se convirtió, tras ser publicada en la tapa de la revista Life en 1950, en un ícono reconocido en todo el planeta. Un beso símbolo de muchas cosas: del amor, de París como ciudad romántica, de una época de exaltación del sentimiento. También se convirtió en un objeto que aportó jugosas ganancias: aún hoy el famoso beso vende cientos de miles copias anuales en forma de tarjetas o afiches.
Uno de sus rasgos más admirados es la sensación de espontaneidad. Todo en la foto habla de la captura de un instante perfecto: una pareja apasionada que se entrega al beso libre, indiferente al bullicio parisino que los rodea. Mucho se ha escrito sobre esa capacidad de Doisneau de captar lo cotidiano, el momento y el gesto preciso. Y sin embargo, no hay en el beso nada de espontáneo.
La historia oculta de la foto se conoció hace unos quince años, cuando un matrimonio, Denise y Jean-Louis Lavergne, se presentaron en sociedad como los protagonistas de aquella famosa escena. En realidad, no eran los primeros. Ya antes otras parejas habían pretendido ser los retratados para obtener alguna ganancia. Pero los Lavergne fueron más lejos: ellos querían el beso de la fama. Aseguraban que habían estado ese mismo día frente al Hotel de Ville y tenían para exhibir un diario con sus recuerdos, un supuesto parecido, y algunas prendas muy semejantes a las de la foto: una pollera y un saco de ella, una bufanda que a él le había regalado su hermana para Navidad. La pareja recibió en principio un cierto reconocimiento de la prensa y hasta fue filmada para un documental sobre Doisneau, pero luego su participación no fue incluida. Ellos decidieron entonces ir por más: se presentaron en la Justicia exigiendo una retribución de cien mil dólares por el uso de su imagen. El juicio obligó a Doisneau a salir de su silencio y a decir lo que hubiera preferido callar: que la foto distaba de ser espontánea. Había contratado a una pareja de actores –que no eran los Lavergne– para obtener la imagen deseada.
El fotógrafo ganó el juicio al presentar como prueba la serie completa de fotos tomadas en distintos puntos de París con la misma pareja. Pero la magia se había roto. La idea de ese momento de pasión espontánea captada por el ojo sensible del artista quedó hecha trizas. Doisneau había encontrado a los actores en un café cerca de la escuela de teatro y les había propuesto posar para la foto. Y eso no fue todo: con la publicidad del juicio apareció la verdadera protagonista de la escena, la actriz Françoise Bornet, y le estampó al fotógrafo un beso de Judas: quería un porcentaje de las ganancias. Otra vez Doisneau ganó en los estrados: pudo comprobar que había pagado el trabajo de Bornet y su compañero como se había pactado. A esa altura, el fotógrafo ya debía pensar que hay besos que matan.
Si esto fuera una novela, cabría imaginar un final estilo Dorian Gray. La foto sufriría lentamente un proceso de transformación, en el que el gesto de los protagonistas del beso se iría convirtiendo en un rictus un poco más amargo día a día, con cada intento por obtener más y más dinero de esa expresión de romanticismo. Y un día alguien descubriría que la pareja ya no se está besando, que miran a cámara hartos, decididos a no ser más el símbolo del amor.
Pero no es así. La imagen sigue intacta, perfecta, ajena a toda especulación tejida a su alrededor.

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