CONTRATAPA

Barcelona: fútbol, política y caos

Como si retransmitiera consignas ante la próxima llegada de los bárbaros, sin atender la prevención de Cavafis de que tal vez los bárbaros nunca llegarán a mi sospecha de que los bárbaros siempre son de los nuestros, la radio pública y privada había alertado a la ciudadanía barcelonesa de que no circulara en coche privado durante la celebración de la cima europea y que no se arriesgara en el transporte público, problemático.
Consecuencias: los transportistas no podían entrar en Barcelona y Frank de Boer se planteaba cómo llegar a tiempo para jugar contra el Liverpool o contra el Real Madrid en el estadio del Barcelona FC, mientras los hospitales de la zona restringían las visitas y se extendía la sospecha colectiva de que la ubicación de la reunión era una ocurrencia marxista, de Groucho Marx, siempre dispuesto a no hacerse socio de un club que la aceptara como socio.
Los jefes de Estado y de gobierno de Europa se reunían en el Palacio de Congresos de Barcelona elegido o desde la más absoluta miseria estratégica o desde la más cínica predisposición. Miseria estratégica si no se ha caído en la evidencia de que el lugar escogido y bloqueado por la policía cierra a toda una ciudad y cínica predisposición si se ha escogido la ubicación para crear la sensación de estado de sitio y que así la ciudadanía compruebe la maldad de los antiglobalizadores que condicionan tan crueles como inevitables medidas de seguridad. Especialmente sensible la ciudadanía ante las dificultades planteadas a dos partidos de fútbol indispensables para su higiene mental: el Barcelona FC debía vencer al Liverpool si quería seguir teniendo esperanzas laicas en ganar la Liga de Campeones y había de ganar al Real Madrid si quería tener esperanzas teologales en ganar la Liga Española. Todo parecía indicar que para conseguir realizar estos encuentros había que pasar por encima de los cadáveres de Blair, Chirac, Berlusconi, Aznar o de los cadáveres de los miles de bárbaros convocados para cuestionar la parte de globalización que le corresponde a la Unión Europea.
Y es que estaba en juego algo más importante que el futuro del capitalismo globalizador. En este año de gracia del 2002 el Real Madrid, club fundado por catalanes, celebra su centenario y todo apuntaba a que fuera un año glorioso dada su condición de mejor club de fútbol del siglo XX. Se esperaba que ganara la Copa del Rey, la Liga española y la Europea, expectativa frustrada porque el equipo madrileño perdió la final de la Copa frente al Coruña, exhibiendo un juego decepcionante, pese a que el jefe de Gobierno Sr. Aznar se hubiera declarado tan madridista como vertebrador de España y de que el partido gobernante lo sea por mayoría absoluta. Por su parte el Barcelona, referente de la capital de una Cataluña en congénita crisis política, en una misma semana se jugaba su futuro europeo y la permanencia o no en el sentimiento trágico de la vida y de la historia que sólo supera cuando vence al Real Madrid, el equipo representativo del imperialismo español, según antigua sospecha catalana ratificada por el actual jefe de Gobierno, más partidario del Real Madrid incluso que de Kipling, su poeta preferido.
Situada entre el partido contra el Liverpool y el que enfrentará al Barcelona con el Madrid, la cumbre de Barcelona pasará a la historia de las ciudades sitiadas por quienes trataron de evitarles estados de sitio. A la vista de las manifestaciones antiglobalizatorias que han jalonado la celebración de altas y globales cumbres sobre política y economía, los organizadores de la cumbre europea de Barcelona quisieron demostrar a la vez el optimismo de su voluntad y el pesimismo de su razón. Sólo el pesimismo quedaba claro a la vista de las medidas de seguridad que envolvieron el ámbito sagrado del encuentro, algo así como una ciudad dentro de otra ciudad, con las fronteras llenas de policías de acero inoxidable y el tráfico más desviado que el sentido de la historia. La mayor parte de fuerzas antiglobalizatorias se comprometieron a no penetrar en el territorio donde los políticos pasaban sus modelos prêt à porter y a movilizar sus manifestaciones por otros recorridos, para terminarlas el sábado 16 en el Puerto, con alguna arenga y recitación, paso previo al festival musical de Manu Chao. Pero el despliegue de los teólogos de la seguridad debía mantenerse como brazo disuasorio de la teología neoliberal, porque ningún poder puede tolerar sobrevivir sitiado por sus propias sombras.
Nadie tuvo en cuenta la filosofía de la vida y de la historia de los seguidores del Barcelona, desesperados ante el espectáculo de la ciudad dividida entre un campo de concentración para globalizadores, otro para antiglobalizadores y el Limbo, el Estado del Club, el único prado del Edén donde realmente se jugaba algo serio. Al fin y al cabo, la globalización es casi gaseosa, Europa es todavía una hipótesis, Berlusconi o Aznar sólo querían salir en la fotografía y en cambio en el estadio del Barça estaba en juego el ser o el no ser, la derrota o la victoria del ejército simbólico y desarmado de Cataluña.

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