CONTRATAPA

Enamorarse

 Por Noé Jitrik

Después de un conjunto de ceremonias que podemos llamar académicas en un lugar de Castilla, de cuyo nombre puedo acordarme, un encuentro sobre la relación que podría existir entre Borges y Umberto Eco, y que culminó, o empezó, con la entrega de un Doctorado Honoris Causa, a Eco, no a Borges, todo el conjunto convocado se desplazó a Madrid.

Vale la pena decir algo sobre lo que pasó en la ciudad de Almagro, pleno territorio del Quijote: los que tenían que hablar hablaron y el objeto, o sea Eco, sentado en primera fila, atento a todos, anotaba.

Por fin, para cerrar, no sólo se refirió, sin nombrar a los que habían hablado, a ideas y conceptos que habían aparecido sino que hizo derroche de inteligencia y elegancia, acorde con su manera de desplazarse por los patios del viejo hotel en el que celebrábamos un oportuno y feliz encuentro entre dos escritores que habían trazado fuertes marcas en la literatura del Siglo XX: siempre rodeado, esgrimía un cigarrillo sin llevarlo a la boca, como esperando que los demás acompañaran el giro que le imprimía a su voluminoso cuerpo, buscando algo que no estaba entre quienes lo rodeaban. Discrepé, sin decirlo, con un concepto: él radicaba ese fenómeno tan particular de toda empresa literaria que es la llamada “intertextualidad” en la lectura, el lugar en el que puede descubrirse otros textos encubiertos en el que está frente a los ojos, no lo discuto, pero omitió el hecho de que actúa secretamente en la escritura; y digo “secretamente” porque la escritura que se ejecuta convoca sin decidirlo ni formularlo saberes que provienen de otros textos.

Podría evocar la presencia quijotesca en esa árida región pero no viene al caso, y como eso, muchas otras cosas en ese breve viaje. Pero sí, casi cinematográficamente, la escena de la entrega del mencionado doctorado. Castillo de Calatrava emplazado en lo alto de una colina, casi totalmente en ruinas, menos un enorme atrio salvado de la destrucción: todas las corporaciones universitarias con sus atuendos, la obvia pero siempre encantadora “Fiesta Académica” de Brahms, Eco con toga y birrete, emitiendo una conferencia sobre uno o varios textos medievales, espléndida erudición, clara sobriedad y sensibilidad retórica y crítica, una lección notable, una voz que cubría ese espacio cargado de derrotas inmemoriales con una irrecusable convicción. No sólo tenía sentido su protagonismo y su sereno fervor sino una fe en la palabra y en la literatura que nos confirmaba, creo, a todos.

Apunté, al comienzo, que nos fuimos a Madrid donde Eco hablaría otra vez antes de partir. Y en este punto está lo que desencadenó esta evocación. Frente a un auditorio lleno, hay que recordar que este encuentro fue posterior a El nombre de la rosa, más determinante para la asistencia que sus trabajos sobre semiótica, sedujo, hizo que los legos que estaban allí creyeran que la crítica literaria era algo muy importante aunque, sin duda, olvidaran de inmediato lo que esa práctica podía implicar para sus vidas. Sin embargo, un audaz se irguió cuando vino el inevitable “preguntas del público” y, casi desafiante, regurgitó el viejo lugar común: la crítica despedaza un texto, le quita emoción, en definitiva lo mata. Estocada mortal, el público calló y todos pensamos en cómo saldría Eco de tan dramática cuestión. Pues con una comparación: “¿Acaso los ginecólogos no se enamoran?”

Al cabo de los años –ese episodio fue en 1997– la frase me regresa no para festejar la salida sino porque creo que encierra muchas cosas. ¿Por qué un ginecólogo? ¿Acaso tiene que ver con un crítico literario, se parecen en algo las respectivas operaciones? Se diría que no y aun que parece absurdo preguntarlo pero como todo en la vida se parece no estaría demás poner los dos términos uno al lado del otro y tener un criterio para diferenciarlos o asemejarlos, hay que ver.

El crítico se vincula con una totalidad, un texto o una tendencia o una obra, y trata de determinar no sólo en qué consiste sino, y sobre todo, qué significa; el ginecólogo, por el contrario, aunque conoce el todo se ocupa sólo de una parte, de una especificidad que no necesita explicar, porque ya sabe en qué consiste pero en la que trata de determinar lo que le ocurre, algo semejante a la significación que busca, o debe buscar, el crítico. En ambos casos se persigue una diferencia pero cuando se dice que “el ginecólogo también se enamora” se quiere decir que no se queda en la parte sino que se aparta de ella para relacionarse con un todo, el “hecho” mujer, lo mismo que cualquiera que carece de esa competencia.

Lo que me hace derivar de estas comparaciones un tanto extravagantes es la palabra “diferencia”, particularmente pertinente en cuanto a la operación del ginecólogo: esa parte, diferente, es la que define el ser de la mujer y establece una diferencia en otro nivel, más global, me refiero al hombre. Sin embargo, quitando la parte o las partes, en nada difieren hombre y mujer: ambos tienen corazón, cerebro, hígado, piernas y manos, iguales funciones, el mismo lenguaje, las mismas enfermedades, las mismas comidas, iguales capacidades. Esto quiere decir que también son semejantes lo cual crea una dialéctica que es el origen de malentendidos y de innumerables situaciones, algunas felices, otras trágicas o insoportables.

Ese cruce, entre diferencia y semejanza, me parece que explica muchas cosas, no sólo en la relación con las “cosas”, lo cual sería el inagotable tema de cuál es el punto de partida de todo conocimiento, sino entre mujeres y hombres y a la inversa. Tema siempre apasionante, siempre objeto de controversia. Bernard Shaw decía que esa guerra entre mujeres y hombres, remotamente emprendida, no va a terminar jamás: los hombres, se dice y hay jurisprudencia al respecto, comprenden poco a las mujeres, no comprenden del todo cómo razonan, casi no comprenden lo que quieren, Freud mismo se hacía la pregunta; en ocasiones, esa incomprensión, que se traduce por una permanente sorpresa, deriva en desprecio y hasta en crimen, los hombres no aguantan no comprender; las mujeres, se dice y hay mucha sabiduría acumulada, suelen estar más allá, comprenden lo que los hombres quieren y sobre todo lo que ellas mismas quieren y esa comprensión es uno de los factores principales del atractivo que tienen y de la sorpresa que provocan.

¿Adónde voy con estas obvias constataciones? No solamente a la sorpresa que causa la diferencia, ese núcleo duro que ni hombres ni mujeres comprenden, aunque ellas en general comprenden un poco más, cuando deben comprender al otro. Esa sorpresa neutraliza la acción de la semejanza lo cual no sólo se manifiesta en el terreno de las relaciones individuales sino también en el político, con sólo mencionar ciertas conquistas del feminismo el punto se puede comprender muy bien: el voto femenino tardíamente sancionado, el trabajo doméstico penosamente reconocido, el porcentaje en las representaciones políticas a duras penas admitido, la diferencia salarial, la potestad, y tantos otros asuntos que si bien apuntan a un equilibrio en el ámbito social excluyen los sórdidos dramas de los femicidios, puro terror de la diferencia, pura suspensión de la semejanza.

En la frase de Umberto Eco está una respuesta: el enamoramiento traza la más alta figura de la armonía entre ambas tensiones. Hay quienes se entregan, quienes se resisten a entregarse. Entre ambos un abismo toma forma y en él patalean las más tenebrosas figuras de la discriminación, la sumisión, la esclavitud y el asesinato. En cambio, cuando se tocan y se intersectan brotan las figuras más dignas de la raza humana: la gentileza, el cuidado, la escucha, el intercambio, la mirada y, sobre todo, como soberana, la conversación, esa infinitud que le confiere sentido a la vida misma, para ginecólogos, críticos, políticos, curas y rústicos en general.

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Umberto Eco.
Imagen: Corbis
 
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