CONTRATAPA

Homo Nada

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Rodríguez nunca estuvo allí pero es como hubiese estado, porque las ha visto en tantas de esas road movies: esas señales al costado de camino que anuncian y advierten un “Absolutamente Nada durante las próximas X millas”. Carteles avisando a los conductores que entrarán en una zona sin agua ni comida ni gasolina ni amor ni sueños por un rato largo. Y que más les vale tomar recaudo y hacer acopio de lo necesario para llegar vivos no al todo pero si al algo que, con suerte, los espera al otro lado de la nada.

DOS Y en las cada vez más largas noches de su insomnio, Rodríguez –quien ya leyó un libro sobre el no dormir titulado Nada y firmado por un tal Blake Butler– piensa en que viaja por esos caminos y que llega a un pueblo fantasma de Arizona que se llama Nothing. De verdad. Existe. Casi. Fundado en 1977, Nothing fue abandonado en 2005 y comprado en su totalidad en 2008 por un tal Mike Jensen, quien en 2009 abrió allí una pizzería, que cerró en 2011. Y nada en Nothing otra vez. Y este mismo 2016 se abrió una mirilla de veinticuatro horas para quien pasara por allí pudiese quedarse con unos metros de nada. Gratis. Pero, hasta donde sabe Rodríguez, nadie fue a Nothing.

TRES Y en Nothing a nadie leyó en voz alta ese momento de “A Clear and Well Lighted Place”, gran cuento de Ernest Hemingway, donde se oye aquello de “Our nada who art in nada, nada be thy name thy kingdom nada thy will be nada in nada as it is in nada...” Y está claro que Hemingway no fue el primer ni el último en rezarle a la nada de la que el modelo de Dios a elegir creó todo, entendiendo a Dios como la forma absoluta de la nada. Frente a ella –para adorarla o negarla– se arrodillan multitudes de monjes budistas en busca de alcanzar el Sunyata (o estado vacío de la mente), Parménides, Epicuro, Leucipo, Platón, Casanova, Aristóteles, Newton, Descartes, Pascal, Torricelli, Galilei, Hegel, Sartre, Lacan, Heidegger, Kierkegaard, los más exactos matemáticos del MIT, los más informados informáticos de Silicon Valley, The Boss y Brangelina.

También, por supuesto, ese gran nadador de la nada que es Mariano Rajoy y todos los que lo rodean y que van siendo devorados por la antimateria que genera sin moverse entre sucesivas advertencias de “especialistas” y “técnicos” en cuanto a la “perdida de peso, de perfil y de influencia de España dentro del teatro internacional” por la situación de bloqueo político concluyendo que “como potencia media, los espacios que España cede son rápidamente ocupados por otros países competidores”. O los resultados de las elecciones en Galicia y en el País Vasco proponiendo “nuevos escenarios”. Pero –al igual que la semana pasada– Rodríguez no tiene nada de ganas de pensar en estas pocas cosas. Rodríguez prefiere pensar en mucha nada.

CUATRO Para nada –mejor, mucho más divertida– la nada de Seinfeld y sus amigos. Rodríguez ha leído el reciente best-seller Seinfeldia: How A Show About Nothing Changed Everything de Jennifer Keishin Armstrong. Y su televisión por cable tiene almacenadas todas las temporadas de la serie. Y vuelve a verlas. Y de nuevo Jerry y George y Elaine y Kramer y Rodríguez se da cuenta que ahora –tal vez por fatiga de materiales y vigor de temores– aquellos que antes te parecían más graciosos que nada ahora se te antojan un poco demasiado malas personas. Jerry & Co. divertidos, sí, pero cretinos. Y, se sabe, la idea de Seinfeld surge a partir del concepto “cómo encuentra un stand-up comedian el material para sus chistes” pero, en un episodio trascendental y metaficcional de la cuarta temporada, en “The Pitch”, se consagra como “serie sobre la nada”. Esos diálogos largos y circulares y mareantes, es “no sólo comprender algo sino el comprender qué se hará con ese algo que se comprendió”, esos tiempos muertos tan vitales, esas estructuras como líquidas y amorfas, esas conversaciones sobre la palabra “salsa”, la felicidad de silenciar para siempre a alguien que intenta venderte algo (nada) por teléfono. Y, claro, la comprobación con risas grabadas de esas que te hielan el alma (que también es parte de la nada) de que la nada no es otra cosa que… hmmm… la vida. Y lo de antes, lo que Armstrong detecta y examina y desarrolla en uno de los momentos más iluminadores de Seinfeldia es que –a diferencia de la contemporánea y adorable pandilla de Friends– el elenco de Seinfeld estaba enteramente compuesto por gente bastante unfriendly y desagradable. Y que su seductor e irresistible atractivo pasaba y sigue pasando por un hecho difícil de admitir pero imposible de negar: el/la telespectador/a inteligente le gustaría ser un Friend, pero ninguno quiere parecerse a nadie en Seinfeld. ¿Por qué? Fácil y complejo: por el tan sencillo como escalofriante motivo de que ya son más o menos exactamente iguales a todos y a cada uno de ellos. Seinfeldia, Seinfeldia: todos estuvieron y todos estamos allí. En la nada. Materialistas, narcisistas, inmaduros, egoístas, vistiendo jeans y chaquetas así, esperando mesa en un restaurant chino o buscando el auto en el parking, obsesionados por departamentos y alquileres y mudanzas y –a veces, si hay suerte– hasta siendo muy graciosos aunque vacíos de gracia. Y “Yada-yada” y “Feliz Festivus”. Y “Serenity Now” que, tal vez, es lo que se dicen esos místicos de túnicas anaranjadas en el momento exacto de alcanzar el nirvana de la nada…

CINCO ... en el que mañana nunca se sabe. Pero hoy, al menos, es día de certezas. Y Rodríguez va a ver el documental de Ron Howard (“hábil artesano” especialista en la nadería de sustancia trátese del Apolo 13, de Melville, de Nash, de Dan Brown o de Nixon) quien ahora se ocupa de The Beatles durante sus años girando para intentar cantar entre tanto grito. Y la un tanto pasteurizada Eight Days a Week no está nada mal; pero el mérito no es de Ron sino de John y Paul y George y Ringo. De los pocos millonarios que amasaron sus fortunas haciendo el bien y haciéndolo muy bien. No fallan jamás y el cine más lleno que con una de Marvel/DC/Star Wars y la felicidad de la gente al salir de oírlos. The Beatles fueron y siguen siendo todo. Difícil escoger entre uno de estos cuatro candidatos, porque todos juntos entonces y ahora y siempre. Lo suyo –como ingeniosa y certeramente apuntó el poeta y ensayista Geoffrey O’Brien– “posee una belleza tan singular que casi se lo puede calificar de infravalorado”. El documental culmina con esa frase de Lennon sobre los Beatles (el déjalo ser de Mother Mary) siendo más populares que Jesús (el Padre Jehová, por qué me has dejado) que les trajo problemas en la carretera. Y les quitó las ganas de andar dando vueltas por ahí prefiriendo –con una ayudita de su amigo George Martin– convertirse en titanes de ese vacío rebosante de posibilidades que es el estudio de grabación. Allí, a partir de entonces, grandes canciones sobre la nada como “I’m the Walrus” y “Helter Skelter” y “Strawberry Fields Forever” donde, sí, “nothing is real”. Letras intencionadamente crípticas e (in)significantes para desconcertar a fans y beatleólogos sin por eso dejar de lado a los himnos a la necesidad absoluta del amor y a ese necesario movimiento ubicado en el hombro. Movimiento que es el que se hace, al volante y silbando, mientras pasas junto a una señal que te informa que, ahí fuera y por un rato largo, no habrá nada que ver o algo que esperar.

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