CONTRATAPA

Superman y Übermensch

 Por José Pablo Feinmann

Una pequeña historia nos meterá de lleno en la cuestión. La “cuestión” es uno de los enfrentamientos político-culturales más complejos, más fascinantes del siglo XX. La “pequeña historia” es la que sigue: en la década del ‘60, las editoriales argentinas ocupaban la vanguardia. Los argentinos leíamos en argentino. De esta forma, la primera edición que tuve de un libro fundamental de Heidegger fue de Losada y llevaba el título de Sendas perdidas. Años después –mi edición de Sendas perdidas estaba destrozada por el tiempo y las abusivas lecturas– compré la edición que Alianza Universidad publica en Madrid en 1995. No se llama Sendas perdidas sino Caminos del bosque. Vaya y pase. Pero tiene un dato notable, disparador de este texto. El libro de Heidegger contiene un estudio (formidable) sobre Nietzsche: “La frase de Nietzsche ‘Dios ha muerto’”. Como era previsible, aparece en él la palabra “superhombre”, constitutiva del pensar nietzscheano. En mi vieja edición de Losada el “superhombre” de Nietzsche era eso que siempre había sido: el superhombre de Nietzsche. Se trata de la traducción de la palabra alemana übermensch. Los traductores de la edición de 1995 proponen otra. Traducen así a Nietzsche: “El nombre para la figura esencial de la humanidad que pasa más allá y por encima del anterior tipo humano es ‘transhombre’” (pág. 227). Y a pie de página: “Nota de los traductores: traducimos así el término Übermensch que tradicionalmente se ha venido traduciendo por ‘superhombre’, a nuestro juicio erróneamente”. No, ocurre otra cosa. Acaso “transhombre” tenga su adecuada fundamentación: el “superhombre” entendido como un “más allá” del hombre. Si en el Zaratustra Nietzsche afirma –en distintos fragmentos– cosas como “Yo os anuncio el Superhombre. El hombre es algo que debe ser superado” o “El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el Superhombre: una cuerda sobre un abismo” o (y ésta es esencial para el concepto “transhombre”) “Lo más grande del hombre es que es un puente y no una meta. Lo que debemos amar en el hombre es que consiste en un tránsito y no en un ocaso” (Así habló Zaratustra, primera parte, 3 y 4), no es arduo aceptar que la traducción “transhombre” es adecuada. Pero no es por eso que se produce el reemplazo. Ocurre que el Superhombre que se ha impuesto en la historia y hasta en la cultura de masas de la humanidad es otro, y lo crearon dos adolescentes neoyorquinos y judíos en 1934, apenas un año después de la llegada de Hitler al poder. “Este” Superhombre (el del escritor Jerry Siegel y el del dibujante Joe Shuster) terminaría por ser el Superhombre triunfante. Le adosaron al nombre todo el peso de la cultura pop, de los comics, de los pulps del ‘30, de esa cultura “baja” que los traductores de Nietzsche escasamente toleran o, al menos, no desean mezclar con las desmesuras filosóficas del creador de Más allá del bien y del mal. Finalmente deciden librarse de ese concepto con tan incómodas simetrías. Aceptemos algo: “transhombre” suena mejor que “superhombre” para la “alta” cultura. Si uno, además, dice “transhombre”, tal vez su interlocutor piense en Nietzsche o –¡por lo menos!– no pensará (como necesariamente lo hace desde décadas) en la criatura de Siegel y Shuster. En suma, Superhombre hay uno solo y es el “Superman” de los norteamericanos, ya que –en otro alarde triunfal de la cultura del Imperio– “Superman” ha dejado de ser “Superhombre”, ya no se traduce, porque el inglés se impone brutalmente como “lengua universal” y han conseguido hacernos creer que “Superman” suena actual, en tanto “Superhombre” suena a “historieta de los ‘50” y no a “comic de los ‘90”. “Superman” es a “Superhombre” lo que “transhombre” (desde la filosofía) busca ser a –precisamente– “Superhombre”. Creo que muy pronto los traductores de Nietzsche (si se atreven y deberían hacerlo) optarán por no traducir el concepto y largarlo nomás en alemán: “El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el Übermensch”. Y al que no le guste, que estudie alemán. Insistamos en esta simetría, cuanto menos, sugerente: casi en el mismo año en que en la Alemania nazi llega al poder el Übermensch nietz-scheano encarnado en la figura del Führer y las fragorosas SA y SS, “America” responde desde el poder de la historieta. De la judeo-historieta, para horror y humillación de Hitler. Siegel y Shuster crean un Superman “americano”, con menos desmesura que el nietzscheano, con menos locura, gravedad, imperativo vital y hasta axiológico, con menos Wagner, sin esvásticas y con barras y estrellas.
No voy a trazar la “historia” de Superman, no voy a llenar de “información” estas líneas. Si usted quiere escoria informativa, escriba sencillamente “Superman” en algún “buscador” y lo sofocarán con datos. Tenemos demasiados datos, demasiada información. Cambio mil informaciones por una idea. La “idea” (entendida como “propuesta” o “búsqueda” o “hipótesis” o indagación político cultural) sería la siguiente: cómo y por qué la criatura pop de Siegel y Shuster tuvo más poder que el Übermensch nietzscheano, constituido, justamente, por una voluntad que su creador llamó “de poder”. No es fácil la respuesta. Superman crea la era de los superhéroes. Casi todos, durante los años de la Segunda Guerra, luchan contra nazis y japoneses. Hay dos con singularidades marcadas, notables: Batman y Capitán Marvel. Batman es un superhéroe esquizofrénico y sombrío: se lo puede rastrear en el expresionismo alemán y en el vampirismo. La “capa” de Batman semeja más a la de Drácula que a la de Superman. Este aspecto sombrío lo ha llevado a permanecer. Tim Burton lo explotó espléndidamente en sus dos versiones para el cine. Y ahora una versión de Gatúbela la mostrará no sólo mujer y protagonista sino “negra”. Se unen aquí dos facetas del multiculturalismo de la “America” de hoy: el rescate feminista y el rescate de la minoría racial. Gatúbela (de la que a comienzos de los ‘90, con Tim Burton, Michelle Pfeiffer diera una imperecedera versión “desesperada” (“¿Cómo voy a vivir con vos –le dice a Batman– si no puedo vivir conmigo misma?”), será ahora la bellísima Halle Berry, la african american “oficial” de Hollywood, versión femenina de Sidney Poitier y apuesto (aún no sé nada sobre la cuestión) que será una versión light pero “feminista” y pro-black. En suma, una Gatúbela fuerte, con músculos y, sobre todo, políticamente correcta. Sobre el Capitán Marvel debería escribir largamente. Un superhéroe con humor, que extrae su fuerza del viejo mundo de los mitos (un mundo pre-Ilustración), que lucha contra la versión desbocada y destructora de la Ciencia: contra el Dr. Sivana y contra un gusano hipersagaz llamado “Mister Mind” (El “señor Mente”). A comienzos de los ‘50 perdió un juicio por plagio contra Superman y fue retirado de circulación. Un dolor irreparable.
Superman es un alienígena. Es el primer alienígena bueno. Viene de Kripton, planeta que ha estallado, y llega a la Tierra a hacer el bien. El “bien”, para el Übermensch, es basura cristiana. Si uno repasa la obra de Siegel y Shuster encontrará sin duda propósitos imperialistas. Pero si repasa la moral del Übermensch encontrará las llamadas “frases estremecedoras” de Nietzsche que son, sí, “estremecedoras” y habrán sonado hermosamente en las orejas crueles del Führer: “La guerra y el valor han hecho cosas más espléndidas que el amor al prójimo. (...) Yo os digo: ¡la buena guerra justifica toda causa! (...) ¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre la voluntad de potencia. (...) ¿Qué es lo malo? Todo aquello cuyas raíces residen en la debilidad. (...) ¡Que los débiles y los fracasados perezcan! Y que se les ayude a bien morir” (Zaratustra y El Anticristo). Una última sugerencia: vivimos tiempos sombríos, una catástrofe civilizatoria. ¿Acaso el Superman de Siegel y Shuster y el Übermensch nietzscheano se han unido en la devastadora voluntad de poder del Imperio bélico-comunicacional “americano”? Si así fuera, la historia habría arribado a una “síntesis”, digamos, “estremecedora”.

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