CONTRATAPA

La voz cantante

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO “Calamaro regresa del infierno”, anuncia con voz tremebunda la publicidad televisiva de la edición española de Rolling Stone. “Y uno que pensaba que el infierno quedaba adelante y no detrás”, piensa uno, y hojea la revista en cuestión a la mañana siguiente, y encuentra foto de Andrés Calamaro con bigote y mate en mano y crónica en tres tiempos que pretende aclarar oscuridades e iluminar sombras. Lo cierto es que los últimos tiempos de Calamaro ya son pasto y hierba de una leyenda urbana que -según las intenciones de quién la invoquen– acercan la figura del músico argentino más admirado (y plagiado) por los ibéricos a las luces y sombras de Hugh Hefner, Howard Hughes, Hunter S. Thompson, J. D. Salinger o Bob Dylan, y a quién le importa todo eso. Una cosa es segura: a Calamaro no le importa; y cuando le pregunto dónde estuvo y en qué anduvo todo este tiempo, me ofrece literaria y literalmente una respuesta de fierro: “Vive el águila en su nido, el tigre vive en la selva y el zorro en la cueva ajena. Y en su destino inconstante sólo el gaucho vive errante donde la suerte lo lleva”, recita eléctrico vía e-mail. Y después sigue cebando mate acústico, supongo.

DOS Regrese de donde regrese, Calamaro vuelve con un disco de nueve angulosos covers clásicos y de tres redondos temas propios. Doce temas en total. Gardel y Yupanqui y Blades y Novarro y Roberto Carlos. Y Calamaro. Se llama El cantante y –tres años después de El salmón– sale a la venta en España mientras ustedes leen esto, y puede entenderse: a) como un encuentro con la música de los otros para encontrarse con la música propia (algo parecido a la desintoxicación rehabilitadora a la que se sometió Bob Dylan con Good As I’ve Been to You y World Gone Wrong); b) como una académica y científica reformulación de clásicos súbitamente calamarizados (cosa que el músico ha hecho desde el principio de su carrera por amor al arte); o c) como la alegre e irresponsable necesidad de cabalgar gauchescamente los populares pingos criados por otros y que uno siempre quiso montar. O tal vez los motivos sean otros. ¿Por qué cantar standarts? Está claro que las motivaciones de Calamaro no son las de Rod Stewart o Duran Duran y quizás estén más cerca de las de Rickie Lee Jones o Warren Zevon. Calamaro tararea: “No creo que exista una verdadera diferencia entre cantar lo propio o lo popular. La diferencia está en los ritmos, las armonías; en todo lo que pueda resultar distinto, y diferente, en las canciones. Esta vez estaba un poco cansado de versionarme a mí mismo: me parecía más creativo lo de hacer un repertorio, dárselo a Javier Limón (productor) y a las guitarras del Niño Josele, que son de altísimo nivel y belleza. Creo que estoy cubriendo y descubriendo; pero también creo que lo ajeno, aquí, también es lo propio. En este trabajo aprendí muchas cosas. Y si no las aprendí, por lo menos ahora sé que existen. Aprendí notas nuevas para mis escalas y me encontré entre músicos de otros lenguajes musicales. Los tangueros, los bluseros, los jazzeros, los futbolistas, los salseros, los brasileros y los gitanos. Aunque su música no sea la que yo escucho en casa. Pero cuando nos sentamos a investigar, tanto en la música pura como en la vanguardia, siempre flipamos con algo. La música argentina tiene mucho fondo y mucha forma. Es un universo. Me encanta conocerla y, aun así, aprenderla de cero”.

tres Le pregunto entonces si, ay, ¿hacía realmente falta otra versión de “Alfonsina y el mar”, esa apología del suicidio con estética Disney? La respuesta de Calamaro no deja lugar a dudas: “¡Sí, claro! Ya la había grabado con Gringui (Herrera) y con sus armonías propias. Pasan muchas cosas con ‘Alfonsina y el mar’ en esta versión. Tiene unas ‘falsetas’ de guitarra impresionantes, un sintetizador y coros. Además tiene otro compás que, así como a mí me resulta naturalmente ‘folklórico’, aparentementetambién es muy flamenco. Y se termina de embarrar con una mención a Jorge Cafrune y Marito (El Niño). Cafrune estaba recorriendo Argentina a caballo cuando murió (o cuando fue muerto). Qué profundidad para querer al país. ¿Y las canciones propias?: “Fuimos eligiendo el repertorio según grabábamos las guitarras de Josele; que fueron lo primero que grabamos después de los cajones y percusión que se registraron durante la grabación del último disco de Paco de Lucía con el mismo cajonero mayor: El Piraña. Y también escuchamos alguna de mis canciones; aquellas que, por su cadencia, versos y armonía, pudieran quedar buenas con esa clase de ritmos y guitarras ... Elegimos estas tres entre unas cinco o seis. Fueron las más difíciles de terminar. No es mi parte preferida del disco, tengo que decirlo”.

Cuatro A Calamaro le cambió el look y así lo atestigua el retrato con bigote –entre mosqueteril y gitanoide– que ilustra la portada de El cantante. La voz, en cambio, no le cambió demasiado; pero sí lo cambió a él. Es la voz de alguien que ahora canta los cuarenta y los canta bien. La voz cantante que hace esto o aquello a la hora de cantar lo que ya cantaron otros: “Creo que el carácter de la voz, y el timbre, están dentro de las posibilidades armónicas, siempre. La voz es realmente un instrumento. Así que yo trato de ir a cantar como si fuera a tocar un instrumento: ofrecer distintos registros, cantar en las tonalidades originales de los clásicos, adaptarme a la mejor posición del arreglo de guitarra, interpretar y reconocer distintos compases”. Y si algo le sobra a Calamaro son versiones: ha cubierto desde el “Purple Rain” de Prince al “Eres tú” de Mocedades, pasando por el “¡Hola, Don Pepito!” de Gaby, Fofó y Miliki, y todo bien. Y ya se sabe que las canciones propias las compone caminando; la duda está en cómo encuentra las canciones ajenas: “Para ser sincero: a la mañana y tomando mate”.

CINCO ¿Y cuál es su standart? ¿Cuál de sus canciones piensa Calamaro que será la más versionada por futuras voces cantantes?: “Podría ser aquella que dice ‘Brindo con lo que sea que caiga hoy en el vaso / brindo por la victoria, por el empate y por el fracaso’”, responde. Y regresa al cielo o al infierno, a ese lugar donde arden y vuelan las canciones de uno, de otro, de todos. Muy cerca. Acá nomás. Se puede ir de mañana y caminando.

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