CONTRATAPA

Audacias

 Por Juan Gelman

Se está jugando con fuego en el planeta y, lo que es peor, con fuego nuclear. Los trascendidos del 2003 acerca de la transferencia de tecnología nuclear de Pakistán a Corea del Norte, Irán, Libia, y las “confesiones” del Dr. Abdul Qadeer Khan –considerado el padre de la bomba atómica paquistaní– sacaron a luz la existencia de un mortífero mercado negro también en este rubro. Khan y los equipos de sus laboratorios entregaron materiales y equipos nucleares a terceros países por intermedio de una vasta red mundial, tal vez la más compleja y articulada que se conozca, que supo burlar los controles nacionales e internacionales. La red extendía sus actividades por varios continentes: una fábrica de centrifugadoras para obtener uranio enriquecido en Malasia, agentes en Alemania, Sri Lanka y los Países Bajos, jugosas reuniones en Turquía y Marruecos, embarques de maquinaria desde Dubai. Se movía sin trabas, desde luego, gracias al ejercicio de una robusta corrupción.
El dictador de Pakistán, general Pervez Musharraf, aceptó las explicaciones de Khan: ese tráfico era obra de “científicos individuales” movidos por “el ansia de dinero”. W. Bush también compró tales explicaciones: Musharraf, instalado en el poder tras el sangriento golpe de Estado de 1999, es un aliado principal en la lucha contra Al-Qaida. Pero quién puede darles crédito. La planta paquistaní de enriquecimiento de uranio de Kahuta se encuentra bajo estricto control militar, sus trabajadores padecen una vigilancia rigurosa y ni siquiera los ex primeros ministros del país Benazir Bhutto y Nawaz Sharif pudieron, cuando lo eran, visitar las instalaciones. Esta red nuclear subterránea no funcionaba sin el conocimiento y el consentimiento de Musharraf, quien –hecho notorio– se enriqueció a medida que aumentaba la producción local de uranio enriquecido.
En el discurso que pronunciara el 12-2-04 en la Universidad de la Defensa Nacional, el presidente Bush manifestó alarma ante la proliferación de armas nucleares, advirtió que EE.UU. no permitirá que gobiernos hostiles lo amenacen con ellas y prometió capturar a todos los involucrados en el mercado atómico clandestino. Esta denuncia de lo que podría llamarse proliferación horizontal esconde una profunda hipocresía. Bush hijo no habló de la proliferación vertical que la Casa Blanca practica, es decir, el proyecto denominado “Revisión de la postura nuclear” que propone una serie de programas de vasto alcance para renovar el arsenal nuclear norteamericano (véase Página/12, 12-6-03). Tampoco mencionó su retirada del tratado de limitación de los sistemas de misiles antibalísticos –la “Revisión” lo viola de manera manifiesta– aduciendo que era “una reliquia de la guerra fría”. Y menos explicó por qué sabotea la entrada en vigor del Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares (CTBT por sus siglas en inglés) de las Naciones Unidas, al que adhirió pero no ratificó. Y mucho menos por qué hace la vista gorda ante el armamento nuclear de Israel, la India, Pakistán, pero invade Iraq, donde no lo encuentra.
El CTBT cuenta con la adhesión de 169 países y la ratificación –el paso segundo y definitivo– de 105 Estados. Su artículo XIV establece que es necesario que lo ratifiquen los 44 países del mundo con capacidad nuclear, no en todos los casos bélica, y 12 no lo han hecho, entre ellos Corea del Norte, la India, Israel, EE.UU. En la Conferencia convocada por la ONU para facilitar la entrada en vigor del Tratado, que tuvo lugar en Viena del 3 al 5 de septiembre del año que pasó, imperaba en las sesiones públicas un silencio diplomático sobre la postura de la Casa Blanca, pero “hubo mucha discusión en los corredores acerca de cómo frustrar la aparente voluntad del gobierno Bush de liquidar el CTBT y de llevar a cabo nuevos ensayos nucleares”, informa la revista especializada Disarmament Diplomacy (N° 73, octubre-noviembre de 2003). “Un solo ensayo más –agrega la publicación–, realizado por razones miopes de políticos ideologizados y atados a ambiciones nucleares pasadas de moda, puede desbaratar este tratado y, con él, años de esfuerzos destinados a frenar la proliferación nuclear.”
El general (R) George Lee Butler señaló no hace mucho: “¿Con qué autoridad las sucesivas generaciones de dirigentes de los Estados con armas nucleares usurpan el poder de determinar la suerte de la continuidad de la vida en nuestro planeta? Y más importante aún, ¿por qué persiste esa audacia inaudita cuando deberíamos temblar ante nuestra locura y unirnos en el compromiso de abolir su manifestación más letal?”. El general Butler sabe de qué habla: de 1992 a 1994 fue jefe del Comando Estratégico de EE.UU. y tenía bajo su mando a todas las fuerzas nucleares aéreas, terrestres y navales del país.

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