ECONOMíA › EL CEO DEL DEUSTCHE HABLA DE LA ARGENTINA

El muerto y el degollado

 Por Julio Nudler

“Dos largos años después de haber declarado el default sobre una deuda de aproximadamente 90 mil millones de dólares con inversores privados, sin haberles pagado nada desde entonces, la Argentina tiene pendiente todavía iniciar un diálogo honesto, abarcativo y sistemático con sus acreedores. Esto habla de la necesidad general de acordar una guía para la restructuración de deudas soberanas.” En estos términos acaba de escribir en el Financial Times quien es a la vez CEO (máximo ejecutivo) del Deutsche Bank, el segundo de Europa por activos, y presidente del Instituto de Finanzas Internacionales. Se trata del suizo Josef Ackermann. Al referirse él duramente a la Argentina es como si el muerto hablara del degollado, porque desde enero debe distraer dos días cada semana para asistir a un tribunal regional en Düsseldorf, donde se lo juzga por “Untreue”, es decir, infidelidad y defraudación de la confianza. Si el jurado lo hallare culpable podría ser condenado a una pena de hasta diez años de prisión. El proceso insumiría cinco meses.
Aunque Ackerman, que es al mismo tiempo director de Bayer, Lufthansa, Siemens y Linde, no ha perdido la calma, y hasta redacta artículos sobre cuestiones financieras, su situación es complicada. Lo que se le reprocha es haber contribuido a aprobar unos bonus por 57 millones de euros, entregados a ejecutivos de Mannesmann, una empresa de telecomunicaciones, después que aceptaron que esa firma fuera tragada por la inglesa Vodafone en febrero de 2000, en una absorción hostil por la que ésta pagó 192 mil millones de euros.
Ackermann, que se defiende en nombre de un capitalismo meritocrático, estuvo en favor por ejemplo de que se premiara a Klaus Esser, CEO de Mannesmann, con 57 millones de euros, mientras Esser asegura que él y sus colegas lograron que Vodafone elevara en 77 mil millones la oferta por el gigante germano. Pero lo que nadie objetaría en Estados Unidos, donde los ejecutivos amasan fortunas, es absolutamente condenable en Alemania. Ackermann parece más a gusto con las prácticas norteamericanas, lo que ya demostró al despedir 14.470 empleados del Deutsche para limar costos.
En su comentario, presagia que habrá más países que necesitarán restructurar su deuda (¿alusión a Brasil?), y exhorta por tanto a inversores, acreedores y deudores soberanos (gobiernos) a darse prisa y establecer un conjunto de principios voluntarios para encuadrar las finanzas de los mercados emergentes. El cree que es éste el momento para hacerlo, porque en 2003 subió un 50 por ciento el flujo de capitales hacia la periferia, saltando a un neto de 185 mil millones de dólares. La abundante liquidez y la magra rentabilidad en los países del G-7 impulsaron ese proceso. Pero en cualquier momento puede revertirse, porque Estados Unidos endurezca su política monetaria (eleve las tasas) u otra razón.
Para Ackermann, hay que evitar que algo así dé lugar a nuevas crisis y a procesos de contagio. Pero en concreto es poco lo que él aporta porque no realiza propuesta alguna. Se contenta con enfatizar la necesidad de que acreedores y deudores se sienten a negociar de buena fe, con lo que parece señalar a la Argentina como el ejemplo que nadie debería seguir, según ve las cosas una fracción del establishment financiero internacional.

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