CONTRATAPA

De punto

 Por Juan Sasturain

Pese a lo que supuso Alfonsín y pusieron por escrito sus punteros y legisladores sumando puntos con la mano alzada, en la Argentina no hubo ni hay punto final. Los puntos gozan de buena salud, proliferan en todas sus acepciones, pues basta consultar cualquier diccionario criollo para ver cómo se reproducen: acá se le puede poner un punto al párrafo, sumar un punto en el torneo, esperar en un punto del camino, preguntar cuál es el punto en cuestión, pedir un bife a punto, vender tejidos de punto, llegar a las nueve en punto o recibir varios puntos de sutura después de un puntazo...
Todas esas formas de puntuar no registran, sin embargo, el uso más expresivo de la palabra: la condición humana de punto. Ser punto es para el hombre –y la mujer– una cuestión de perspectiva. Y si no, que lo diga o vuelva a decir Orson Welles con la penicilina trucha en el bolsillo y desde lo alto del parque de diversiones de Viena, especulando cínicamente sobre el destino eventual de los movedizos puntitos de ahí abajo. El tercer hombre es una gran película no sólo por esa escena, pero el cínico planteo de poder hacer mal sin mirar a quién tiene la contundencia de un despreocupado pisotón al hormiguero.
Pero hay otro uso humano de punto, que es metafórico y proviene del mundo del juego: el punto y banca, claro. Del que deriva la eterna cuestión de sujeto / objeto, del tallar o recibir. El tango ha registrado largamente al punto como víctima anunciada de la joda, la derrota o el escarnio. Y las mujeres suelen hablar de puntos cuando pasan revista a eventuales candidatos aún no calificados: un punto es genéricamente apenas un tipo, sólo que considerado desde una perspectiva sentimental. No cabe asimilarlo, sin embargo, al concepto de víctima potencial de engaño, pero no deja de ser curiosa la homología. No tiene femenino, claro, pero el punto ocupa, en el relato de terceros, el mismo lugar que la mina.
La que es buena y rica es la acepción de uso ocasional “ir de punto”, que tiene la ambigüedad derivada de ser resultado de una simple apreciación de antecedentes. Porque una cosa es ser punto, condición más o menos permanente, y otra “ir de punto”, que significa llegar a la confrontación con las expectativas en contra y las supuestas posibilidades en baja. En el fútbol, donde la proclamación apresurada de favoritos y la descalificación anticipada de sus adversarios es cosa en apariencia necesaria para generar interés y consumo, el tema –el punto– tiene inesperadas vueltas de tuerca.
Hoy, el concepto generalizado entre los que compiten futboleramente es que es “mejor” ir de punto. Que la responsabilidad del triunfo caiga sobre el otro. La lógica de la presión –la enferma “obligación” de ganar de local, por ejemplo– indicaría que el que va de punto rendirá más porque lo creen o es considerado inferior, mientras que el favorito deberá luchar contra la ansiedad de demostrar que por algo lo es. Una auténtica aberración lógica.
Y es una aberración, no porque los factores psicológicos no existan ni operen en ese sentido, desinhibiendo al aparentemente más débil u ocasionalmente debilitado sino porque –llevado el razonamiento al absurdo sin mucho esfuerzo– se puede terminar deseando perder antes con cualquiera para llegar “de punto” a la cita clave, ser derrotado y vapuleado previamente para necesitar una reivindicación oportuna; incluso acumular lesionados y huecos para ir más motivado a buscar la hazaña. Mañana jugamos con Brasil y vamos ostensiblemente “de punto”. Puede, como siempre, pasar cualquier cosa y ojalá ganemos, claro. Alguna lejana vez, hace dos siglos o dos años, fuimos banca en Corea-Japón y todavía nos duele todo lo que nos rompieron, un capital en sueños. Siguiendo la lógica futbolera de moda, tal vez el error de entonces fue ganar tantos partidos, ser el mejor equipo de las Eliminatorias sudamericanas y que se nos considerara favoritos. Ahora, por lo visto, Bielsa está haciendo las cosas mejor: llegamos a Brasil de punto.

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