UNIVERSIDAD

“No puedo estudiar porque no me alcanza la plata para ir a la facultad”

Una investigación analiza la pauperización de los alumnos universitarios en el conurbano y las consecuentes dificultades para estudiar.

 Por Javier Lorca

“Profe, ¿no me compra un almuerzo?” Marta Teobaldo, profesora e investigadora, cuenta que en el conurbano bonaerense no es raro que un estudiante universitario requiera comida durante una clase. O que alguno, agotado por su trabajo como vendedor ambulante, le pida: “Profe, despiérteme si me quedo dormido”. A partir de la repetida aparición de escenas como ésas, Teobaldo inició una investigación en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) para analizar cómo impactó e impacta la crisis socioeconómica en los estudiantes. Los resultados no sólo confirman la previsible pauperización de los alumnos sino que además revelan serios efectos emocionales y sanitarios.
El estudio se basa en una serie de cuatro entrevistas (la última tanda está concluyendo actualmente) realizadas a sesenta alumnos, entre el 2002 y el 2004, por un equipo de docentes y estudiantes.
El foco fue puesto sobre los alumnos ingresantes. ¿Por qué? “En primer año de las universidades nacionales hay una deserción del 50 por ciento. Primer año marca el pasaje de nivel educativo. Los alumnos llegan de la escuela acostumbrados a zafar. El conocimiento les es ajeno: lo relacionan con lo difícil, lo penoso, lo aburrido. Tienen una actitud pasiva. Prefieren las clases magistrales, les resultan más cómodas, se limitan a tomar apuntes –explica a Página/12 la directora del estudio–. Lo que guió mi investigación fue: si es habitual que los estudiantes tengan problemas en primer año, ¿cuánto peor será desde la crisis del 2001? ¿Y cuánto peor aún en el cuarto cordón del conurbano, la zona de mayor pobreza y marginalidad?”, que es donde tiene incidencia la UNGS, asentada en San Miguel. Pocos datos bastan para describir ese contexto: mientras en el primer cordón el 23,3 por ciento de la población está bajo la línea de pobreza, en el cuarto cordón la cifra trepa hasta el 71 por ciento (fuente: elaboración de Luis Beccaria para la investigación de la UNGS, sobre información del Indec).
- Drama. “Para que los estudiantes vinieran a las entrevistas tuvimos que pagarles el viaje, no tenían para el transporte –cuenta Teobaldo–. En las entrevistas nos encontramos con situaciones dramáticas, llantos, angustia. Lo que más nos impresionó fue la aparición, entre el 2001 y el 2003, de enfermedades. Nuevos cuadros de asma, alergias, manchas en la piel, depresiones, en los alumnos o en sus familias, ataques de pánico y también accidentes.”
- Vivir. “En la conversación nos fuimos dando cuenta de las condiciones de vida de los chicos: viven en casillas, el baño es un excusado, estudian con tres o cuatro hermanitos en la misma habitación.” Incluso, “ellos mismos se definen como subalimentados. ‘Vivimos a mate’, nos dicen”. La universidad tiene un importante plan de becas y también ofrece comidas a bajo precio. Pero igual no alcanza.
- Ocio. “Son muy escasos los estudiantes que realizan actividades de ocio. No van al cine. Los chicos juegan al fútbol. Las chicas van a caminar o a mirar vidrieras. O se visitan. O ven televisión en la casa. Algunos, cada dos o tres meses, van a bailar, aunque es poco común, porque no tienen plata. Muchas veces aprovechan el fin de semana para hacer alguna changa.”
- Recursos. “Ven a la universidad como un lugar que les proporciona muchos recursos: acceso a computadoras y a Internet, baños limpios, calefacción en invierno y ventiladores en verano, la biblioteca. Cosas que no tienen en sus casas. La universidad es un lugar agradable para ellos.” Por eso, a diferencia de lo que pasa en otras universidades públicas, “no rompen nada”.
- Trabajo. “Algunos estudiantes son vendedores ambulantes. Algunas chicas limpian en los supermercados. Llegan agotados a la universidad. Y los que no trabajan es porque no consiguen. Todo esto hace que muchos se vayan demorando en sus estudios y les cueste más.” Entre sus conclusiones, el estudio señala: “Los entrevistados expresan las enormes dificultades que tienen para concentrarse porque no pueden abstraerse de las dificultades que padecen a diario por las carencias económicas. La falta de trabajo y de perspectivas para conseguirlo provoca estados depresivos contra los cuales es muy difícil luchar, porque uno no ve la salida, sostenía un estudiante”. Otras frases oídas en las entrevistas: “Me siento mal”; “no puedo estudiar porque no me alcanza la plata para ir a la facultad”; “no tengo tiempo porque estoy buscando trabajo”.
Según Teobaldo, los alumnos muchas veces resultan afectados por “una densa situación familiar, con padres sin trabajo”. “Pero, cuando reciben apoyo económico familiar, por mínimo que sea, siguen estudiando. Valoran mucho el esfuerzo de sus padres, aunque el aporte sólo les alcance para pagar las fotocopias o el transporte.” Las entrevistas más recientes empiezan a detectar alguna mejoría: “Después del cambio de gobierno, notamos un mejor ánimo, cierta esperanza. Pero en general la situación real no se modificó mucho”.

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