CONTRATAPA

Abominaciones

 Por Leonardo Moledo

Pensá en esto: cuando te regalan un celular te regalan un pequeño infierno florido. No te dan solamente el celular, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca (...), no te regalan solamente ese menudo picapedrero que pasearás contigo. Te regalan –no lo saben, lo terrible es que no lo saben–, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo. Te regalan la necesidad de cargarlo todos los días para que siga siendo un celular; te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares. No te regalan un celular, vos sos el regalado, a vos te ofrecen para el cumpleaños del celular.
Cortázar no llegó a conocer los celulares, pero su “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj” funciona perfectamente con un simple “replace” en la computadora, y es de suponer que se habría espantado de los celulares aún más que de los relojes; el celular, al fin y al cabo, también es un reloj y un calendario y en estos días horrendos de las fiestas suena a cada momento, aparecen los mensajes de texto, “te deseo un feliz 2006”, y quién no abomina de los celulares, ese pequeño milagro de la tecnología que te permite estar más cerca de todos, con todos, en el medio de todos, en un mundo que es tuyo si querés que lo sea. Pero lo cierto es que especialmente durante las fiestas abominamos de los celulares por moda, o porque somos incapaces de ver la belleza de la tecnología, el pequeño milagro cotidiano de millones de chips metidos en algunos centímetros cúbicos, la insigne gloria de poder hablar con tu tía de Estambul, con tus padres de Haedo o Moscú, con tu prima segunda de Oslo o San Antonio de Padua, con tu sobrino de Venado Tuerto y decir cualquier trivialidad, entregarte a los encantos de la frivolidad, de la constatación rotunda de que no hay nada más interesante que decir y que esas palabras banales (¿cómo estás?, todo bien, ¿y vos?) son las únicas que garantizan la solidez del mundo, y que el resto es silencio (o es redundante).
Abominamos de los celulares, porque no hay cosa más terrible que estar conectado con todo el mundo como y cuando quieras. Abominamos de los celulares porque siempre estamos a tiro, siempre nos pueden localizar (a menos que se nos ocurra apagarlo, claro está), porque no hay nadie que no pueda acceder a nosotros.
Abominamos de los celulares porque la memoria histórica no nos permite el silencio maravillado que implica poder enviar en millonésimas de segundo el mensaje que a Marco Polo le llevaba tres años, y que a los avezados romanos, con su sistema de aceitados caminos que recorrían los cuatro puntos del imperio, semanas, para que una orden emitida en Alejandría alcanzara la muralla de Adriano en Bretaña (¡y nos asombramos de aquello!).
Abominamos de los celulares porque resulta insoportable admitir que si no hay nada que decirse es culpa nuestra, que nunca jamás en la historia humana las posibilidades de comunicación hayan sido tantas (aunque no haya nada que decirse), porque no nos damos cuenta de que los celulares nos permiten estar más cerca, siempre a tiro, volver a la aldea global del origen, antes de que empezara esa diáspora que nos arrancó del Africa.
Abominamos de los celulares porque si el celular se te pierde, o te lo olvidaste en tu casa, o te lo... (la mera posibilidad es tan horrenda que cuesta mencionarla) te lo ro..., te lo roban... , quedás aislado del mundo, quedás inerme, y enloquecido, te encerrás en un locutorio y empezás a llamar.
Abominamos del celular porque sin él quedás separado de tu familia, alejado de tus amigos, desgajado de tu historia y tus raíces, de esa atmósfera que te daba identidad, y ya no sos vos, sino tu propio vacío, un pedazo de nada deambulando por la ciudad alerta y peligrosa, donde ves a tus iguales hablando felices, sosteniendo junto a sus oídos esa joya única que te sustrajeron los bandidos, y que en este momento es objeto de oscuras transacciones en las caravanas que se dirigen al oeste.

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