EL MUNDO › CHURCHILL QUERIA EJECUTARLO SIN JUICIO PREVIO

Hitler a la silla eléctrica

 Por Marcelo Justo
Desde Londres

Confirmando una vez más su excentricidad como líder político, documentos secretos dados a la Oficina del Archivo Nacional británico revelan que el conservador y héroe de la Segunda Guerra Mundial Winston Churchill –una de las figuras históricas más veneradas del país– estaba decidido a ejecutar a Adolfo Hitler sin juicio previo a pesar de la oposición de sus principales aliados: Estados Unidos y la Unión Soviética.

Con la brutal clarividencia política que lo caracterizaba Churchill comprendió el peligro nazi antes que nadie en Gran Bretaña. Feroz opositor de la política de apaciguamiento del primer ministro Neville Chamberlain, asumió las riendas del país en 1940, y el 14 de diciembre de 1942, en una reunión de gabinete, dijo que si Hitler caía en manos británicas sería ejecutado “como los gangsters, en la silla eléctrica”. En ese momento se trataba de una improbable hipótesis –con un guiño hacia Estados Unidos donde se realizaban ese tipo de ejecuciones (en Gran Bretaña hasta la abolición de la pena de muerte en 1964 la pena máxima era la horca)– pero dos años y unos meses más tarde, cuando la derrota alemana estaba en el aire y el tema de la posguerra se discutía abiertamente, Churchill no había cambiado de parecer.

Según las minutas de una reunión ministerial en abril de 1945, el primer ministro había considerado que un juicio sería una “farsa” y que había que ejecutar a los principales responsables del conflicto “como delincuentes”. En esa reunión el ministro de Aviación Civil el vizconde Swinton manifestó su oposición a este curso de acción. “Aunque estemos de acuerdo con una ejecución sumaria, no creo que los aliados nos apoyen. Estados Unidos no lo consentirá y no creo que Stalin apruebe ese procedimiento.” Ante esta posición Churchill contempló la posibilidad de negociar con el ex jefe de las SS y virtual número dos del nazismo, Heinrich Himmler, y después de conseguir su rendición, “liquidarlo”. Esta posición obtuvo el pleno apoyo del Ministerio de Asuntos Interiores de Gran Bretaña.

Los documentos también revelan la tensa relación que mantenía con el líder de la resistencia francesa, el general Charles de Gaulle. Churchill opinaba que el general francés se había comportado “como un idiota” durante la guerra y que si se le ocurría dejar Gran Bretaña para visitar el Ejército Libre francés en el Norte de Africa debían arrestarlo. En junio de 1945 Churchill consideraba que no había posibilidad alguna de tener una relación bilateral normal con Francia “hasta que no nos deshagamos de De Gaulle”. La tensión y desconfianza mutua era tal que en su momento De Gaulle preguntó si se encontraba preso en Gran Bretaña. A la luz de estos documentos no sorprende mucho que años después el líder francés se opusiera fervientemente a la incorporación del Reino Unido a la Comunidad Europea. Otro de los grandes líderes de la época que Churchill propuso tratar sin miramientos fue el indio Mahatma Gandhi. Según los documentos, Churchill favoreció que se dejara morir a Gandhi en caso de que el indio iniciara una huelga de hambre. A diferencia de otros ministros, que consideraban que la muerte del dirigente pacifista podía desatar un levantamiento masivo y una condena internacional, Churchill dijo que “no había que dejarlo en libertad”.

A principios de los ’90 una investigación reveló que en 1910, cuando era ministro del Interior del Partido Liberal (Churchill fluctuó entre liberales y conservadores durante su larga carrera política), propuso la esterilización de más de 100 mil personas –una amalgama de locos, delincuentes, desempleados, prostitutas e indigentes– porque se reproducían a más velocidad que las clases superiores y con el tiempo podían erosionar la misión imperial y civilizadora de Gran Bretaña. La revelación pasó poco menos que desapercibida para el gran público y, entre los que la leyeron, no alcanzó a modificar un ápice la opinión que tenían de Churchill.

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