CONTRATAPA

Aristócratas y secretos

 Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Foto de una joven pareja más cerca de la infancia que de la madurez. Foto de esas mellizas tan idénticamente diferentes a las que Stanley Kubrick (alguna vez fotógrafo y compañero de trabajo) homenajeó en El resplandor. Foto del ciego visible Jorge Luis Borges. Foto de un patriota norteamericano desbordando acné por todos y cada uno de sus poros. Foto de enano mexicano. Foto de un gigante que apenas cabe en el living de sus padres. Foto de una reina de belleza depuesta hace tanto tiempo. Foto del gurú lisérgico Timothy Leary. Foto de un niño crispado sosteniendo una granada en una de sus manos. Fotos de los miembros de un club nudista. Fotos de strippers. Fotos de deficientes mentales enmascarados y corriendo barranca abajo. Fotos de uno y dos y tres y tantos freaks. Fotos de aristócratas. Fotos de secretos. Fotos de Diane Arbus.

DOS Todas estas fotos y muchas otras –hasta contar más de doscientas, sumar sus libros de notas, scrapbooks de trabajo, diarios íntimos, planchas de contactos, su ampliadora, sus curtidas cámaras Rolleiflex y Nikon, el flash que solía utilizar bajo la luz del sol– desde ahora y hasta el 14 de mayo en las salas y pasillos del centro CaixaForum de Barcelona. Estrenada en San Francisco en octubre del 2003 y de gira por los museos del mundo desde entonces, Revelations –nombre donde comulga tanto el proceso químico como la iluminación súbita– es la muestra más completa jamás organizada alrededor de la obra y visión de la fotógrafa Diane Arbus (Nueva York, 1923-1971). Y Revelations –diseñada por Nil Seikirk, ex alumno y actual albacea de Diane Arbus; imprescindible el catálogo– es uno de esos lugares donde se sabe a qué hora se entra, pero difícil afirmar a qué hora se saldrá. O si se podrá salir de allí alguna vez. Porque las fotos de Diane Arbus se introducen por la pupila, se instalan en el cerebro, y allí se quedan para siempre. Y uno que las miró y las admiró tantas veces en tantos libros de pronto descubre –en vivo y en directo, todas juntas ahora– que hay ciertas fotos que no se han visto del todo hasta que son ellas las que nos ven a nosotros, colgadas en las paredes, tamaño natural, viéndonos pasar y pasándonos, como si fuésemos las páginas de un libro de Diane Arbus.

TRES Así habló Diane Arbus: “Creo realmente que hay cosas que nadie puede ver si yo no las fotografío”. O: “En ocasiones puedo ver una fotografía y, al verla, pienso: ‘Así no es, no está bien’. No me refiero a una sensación del tipo ‘no me gusta’. Es un sentimiento del tipo ‘esto es algo fantástico, pero hay algo que falla’. Supongo que se trata de mi propio sentido de cómo deben ser las cosas. Entonces es como si sintiera un muy fuerte No, un terrible No. Es algo muy privado que me permite saber cómo son las cosas realmente”. O: “Los freaks son algo que yo he fotografiado mucho. Fue una de las primeras cosas que fotografié y me produjeron una enorme excitación. Solía adorarlos. Y aún hoy adoro a varios de ellos. No quiero decir con esto que ellos sean mis mejores amigos, pero sí que me produjeron una mezcla de asombro y vergüenza que jamás había sentido hasta entonces. Hay una cierta cualidad legendaria en los freaks. Son como esas personas en un cuento de hadas que te detienen en tu camino y te exigen que les respondas a un acertijo antes de seguir tu marcha. La mayoría de las personas que conozco va por la vida lamentándose de que han tenido alguna experiencia traumática. Los freaks han nacido con ese trauma. Se han enfrentado a una dura prueba ya desde el momento de nacer. Son aristócratas”. O: “Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te cuenta, menos sabes”.

CUATRO “Fotografiado por Diane Arbus, cualquiera es monstruoso”, escribió Susan Sontag con cierta irritación. Me parece que a lo que se refería Sontag –lo que en verdad la molestaba– es más el Mito Arbus que la Obra Arbus. Su trayectoria neogótica, casi de personaje de Poe. La Diane Arbus a la que, dicen, le gustaba conservar la sangre de sus menstruaciones. La idea de una mujer utilizando su cámara como rayo láser penetrando las tinieblas no para hacer la luz sino para hacer la sombra y, desde ellas, hacer que las categorías de lo normal y lo anormal aparecieran movidas y fuera de foco, perfectamente imperfectas y mirando fijo a una lente que, lejos de distorsionar, fijaba para siempre en inapelables y precisos blancos y negros. La leyenda urbana de una mujer hija de una familia acomodada que comienza como fotógrafa publicitaria para Russek’s, la tienda por departamentos de su padre en la Quinta Avenida; luego salta a las satinadas sesiones para la revista Harper’s Bazaar, más tarde estudia con Berenice Abbott, Marvin Israel, Richard Avedon y su mentora Lisette Model, y descubre que “lo que intento describir es que resulta imposible escaparte de tu piel para entrar en la de otro”. Así, sus fotos de fenómenos de feria y artistas de circo le ganan una beca Guggenheim y una plaza, en 1967, en la prestigiosa muestra colectiva New Documents en el Museum of Modern Art de New York. Cuatro años más tarde, Diane Arbus se abre las venas en su departamento del Greenwich Village y entonces –pocas cosas resultan más atractivas que el suicidio de un genio raro en la cima– su fantasma recorre el mundo. Ampliaciones gigantes de sus aristócratas y secretos en la Biennale de Venecia y una primera retrospectiva en el MOMA en 1972 que se exhibe por todo Estados Unidos y Canadá y que atrae a más de 7 millones de fans y curiosos. En 1973 la descubren los japoneses y los europeos y se edita el célebre libro con las mellizas en la portada que vende más de 100 mil copias en tiempo record. Y resulta imposible calcular cuántas chicas, desde entonces, decidieron comprarse una cámara luego de ver alguna de sus fotos y experimentar no un muy fuerte y terrible negativo No sino un todopoderoso y formidable positivo Sí. Y en unas semanas, el aristocrático e invisible secreto de su existencia volverá a ser invocado –y vuelto a revelar– con el estreno en Cannes de Fur, la biopic de Diane Arbus dirigida por Steven Shaimberg, basada en la modélica biografía de Patricia Bosworth, y con Nicole Kidman en el rol protagónico. Ojalá que sea buena. Si no, no importa demasiado. Porque una foto de Diane Arbus –quien aseguraba que “no acomodo a mis modelos a fotografiar, me acomodo a mí para fotografiarlos”– siempre dirá más que miles de fotogramas sobre su vida.

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