CONTRATAPA

La vida distinta

 Por Rodrigo Fresán

UNO La recién publicada biografía del escritor americano Philip K. Dick –su título es Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos; su autor es el francés Emmanuel Carrère– abre con una cita de una célebre conferencia que Dick ofreció en un festival francés de ciencia-ficción. Allí se lee: “Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta”. Esta idea –que marca a fuego toda la obra y vida de Dick– fue lo primero que leí la mañana del 20 de junio de 2002. Después, por Internet, leí que el cómico Nito Artaza había pronunciado en Buenos Aires una encendida arenga en defensa de las víctimas del corralito y que había sido aclamado por las multitudes. El site donde aparecía la noticia del Artaza Power también me daba la oportunidad de escuchar sus palabras. Pero la verdad es que me dio un poco de miedo comprobar que, seguro, un cómico argentino suena mejor que un político argentino.

DOS Sobre Dick fue lo primero que leí el 20 de junio de 2002 y, aquí en España, hay huelga general. Esta es la quinta huelga desde el retorno de la democracia, la primera desde 1994, cuando comenzaba a tambalear la Era de Felipillo y, también, la primera al gobierno de José María Aznar: líder absoluto del Partido Popular, presidente saliente de la Unión Europea, y quien días atrás utilizó el verbo jorobar para con los que tuvieron la gracia de pautar huelga justo el día antes del inicio de la Cumbre Europea de Sevilla. Cumbre que busca un continente sólido para unos y blindado para otros y donde el tema de la lucha contra el terrorismo internacional ha sido suplantado por la lucha contra la inmigración ilegal.
Y ésta es –para un argentino– una huelga rara. Una huelga que se viene anunciando desde hace más de tres meses. Una huelga que se ha discutido día a día y en directo desde el Congreso por televisión en fascinantes matchs dialécticos. Una huelga para la que se pactan servicios mínimos con una caballerosidad y etiqueta dignas de las que hacían gala Richelieu a la hora de atormentar mosqueteros y viceversa. Una huelga que protesta contra un decretazo por mayoría absoluta, sin previa discusión con los representantes de los afectados y que modifica las políticas del empleo, recorta derechos y que incide sobre subsidios, indemnizaciones, jubilaciones, esas cosas. El gobierno dice que la nueva ley ordena en el buen sentido de la palabra y los sindicatos dicen que la nueva ley ordena en el peor sentido de la palabra. Y salen a la calle los piquetes. Y el portavoz gubernamental anuncia que “la convocatoria ha sido un fracaso, apenas un 16 por ciento de participación”. Y el vicepresidente segundo y ministro de Economía opta por un “no hubo paro” (a Dick le hubiera encantado). Y las centrales obreras UGT y la CC OO afirman que todo lo contrario y que “el consumo de electricidad está apenas por encima del de un día domingo; éxito total y 84 por ciento de acatamiento” (me gusta esta valoración “energética” de una huelga y estoy seguro de que a Dick también le hubiera encantado). Y José Luis Rodríguez Zapatero, del PSOE, la está gozando, pero con la cara seria que se usa para los “acontecimientos históricos”. Y poca violencia, aunque un inspector de policía muere de un ataque cardíaco en la calle. Y la gente de la calle –según encuestas– comparte la protesta, pero no está segura de que una huelga sea la mejor forma de protestar. Y yo salgo a la calle para ver si me encuentro con el fantasma de Gila arengando a las masas desde alguna barricada.

TRES Las huelgas españolas no son como las argentinas por más que, sí, reclamen para ellas ese súbito enrarecimiento de la realidad que hace pensar en la fantasía de “una vida presente distinta”. En cualquier caso, las huelgas españolas son más Bradbury que Dick y no parecen gozar de ese aire catastrofista y en constante tránsito que suele respirarse en los paros de una Argentina parada. Aquí, hoy, la sensación es de que se han adelantado las vacaciones. Los negocios cerrados, pero La Pedrera recibe visitantes entre los que hay un gordo con la camiseta de Batistuta. Algunos bares hacen trampa y atienden con las persianas bajas. No abrió la FNAC, pero sí abrió el Vip’s, los restaurantes de los hoteles hacen su agosto por más que sea junio y, al fondo de la calle y a la izquierda, veo a una manifestación con estandartes rojos a la que, por más que camino y camino, no llego nunca, como si fuera un espejismo, y hace tanto calor y seamos sinceros: aquí lo que verdaderamente importa es si Raúl va a poder jugar el sábado contra Corea.

CUATRO Hay noticieros de TV y ahí veo despachos desde Madrid: piquetes que golpean vidrieras de negocios que no quisieron parar y los obligan a unirse a la fiesta. Parece una versión futurista de algo de Zola. Los noticieros son breves y están flanqueados por una programación enlatada y, ay, otro momento inequívocamente Dick: ahí aparece una joven Araceli González en una telenovela vieja. Araceli es muda, huelgan las palabras y emite un ruido de replicante roto. “Gggghlm”, dice Araceli y, sí, ella vive en una Argentina distinta donde Biondi es ministro de Educación, Balá es jefe de las Fuerzas Armadas, Marrone es sindicalista, Olmedo es DT de la Selección, Menem sigue siendo presidente y Philip K. Dick nació y vive y escribe en La Plata; pero lo editan en otro mundo, en un mundo distinto donde todos están vivos y él también.

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