CONTRATAPA

La isla y los náufragos

 Por Rodrigo Fresán

UNO Se necesita muy poco para contar un buen chiste con náufrago: a) una isla, b) una palmera con cocos, c) una botella con mensaje y, por supuesto, d) un náufrago. Una isla y demasiados náufragos son, siempre, un mal chiste.

DOS Estamos en la isla o, mejor, en el islote. El hasta ahora despoblado Islote Perejil que un puñado de brancaleónicos gendarmes marroquíes tomaron hace unos días para plantar bandera y hacerles pito musulmán a las autoridades españolas que no demoraron en ponerse nerviosas porque suficiente tienen ya con Gibraltar. Está claro que ese islote con nombre digno de figurar en film bélico/limítrofe de los Hermanos Marx no le importaba a nadie hasta que, de golpe, les importa a todos. El tema aquí es que la relación entre el mundo occidental y el mundo árabe no pasa por su mejor momento y –no sería la primera vez que ocurre– un islote, o unas islas, se convierten, súbitamente en la perfecta excusa para salir a probar juguetes nuevos y barquitos inhundibles y, enseguida, hombres al agua.

TRES De eso y de otras cosas se habló en el último “Debate sobre el estado de la nación”. Transmitido en vivo y en directo por CNN. Uno de mis programas favoritos. Una especie de “Gran Hermano” con ciertos rasgos beckettianos: Aznar expone su versión de las cosas desde la mayoría absoluta que Dios y el pueblo español le dieron, después todos a almorzar y, por la tarde, el Capitán Zapatero le cañonea el barco y le dicen cosas feas a las que el almirante Aznar contesta apoyándose en la mayoría absoluta que Dios y el pueblo español le dieron. Hay que reconocerlo: el estilo oratorio de Aznar ha alcanzado cumbres dignas de curtido stand-up comedian muy por encima del talento actoral de los miembros de la oposición que no puede sino escucharlo, en el mejor de los casos, con sonrisas desconcertadas a pesar suyo. Aunque está claro que Zapatero se lanzó al abordaje con todas las ganas y ahí lo esperaba Aznar ignorando la borrasca que lo azota estos días y siempre hábil para el manejo de sus gafas (se las saca, se las pone, se las vuelve a sacar) y de su voz (que se afina, se agudiza, roza lo plañidero para rematar, inesperadamente, en risitas traviesas) que acaban ofreciendo un espectáculo fascinante y meritorio: el paisaje de un satisfecho y feroz lobo de mar convencido de que los náufragos son, siempre, los otros. Me pregunto por qué será que en nuestro país no tenemos reality shows así. Me respondo: nuestra clase política siempre ha navegado en un “Titanic” que, a falta de isla, se conforma con un iceberg y allá vamos, a toda máquina, tocados y hundidos.
CUATRO Quizá por eso me sorprendió encontrar en la misma pantalla de mi televisor ibérico a la alférez súbitamente presidenciable Patricia Bullrich de gira por España y mostrando su carta de navegación en uno de esos programas donde el invitado dice cualquier cosa con tal de no responder a lo que le preguntan. Patricia enumeró las personas y empresas con las que se había reunido, dijo frases extrañas como “cuando una es candidata no se puede mentir con la edad, ja” y “los argentinos tenemos mucha descripción y poca acción”, pronunció un elogio de los partidos nuevos (aunque habló de la Carrió & Co. con actitud cautelosa y, digamos, apenas descriptiva), para concluir asegurando que se veía al timón de la Casa Rosada porque “tengo el coraje necesario”. Antes rogó por la desaparición de los “políticos eternos” y no, no hablaba de ella ayer ni de ella hoy ni de ella dentro de unos cuantos años, seguro, trepada a una palmera diferente pero en la misma isla de siempre. Buena suerte. Para nosotros. Por favor.

CINCO Y la botella, claro. Y el mensaje adentro. Como en aquella canción de The Police donde tres rubios teñidos se mecían con ritmo y falsa voz jamaiquina e insular porque, después de todo, Inglaterra es una isla grandota y no –como asegura George Michael en su nuevo videoclip animado- una estrella más en esa bandera a rayas ondeando sobre un portaaviones siempre listo. Ya saben: a Bush lo persigue la Comisión de Valores por vender caros sus cocos aprovechándose de información privilegiada así que, bueno, ha llegado el momento perfecto para atacar Irak y seguir buscando por todas partes a ese bromista pesado y con pinta de náufrago llamado Osama bin Laden.

SEIS Mientras tanto y hasta entonces, en dónde estamos nosotros. Alguien me dijo el otro día que la Argentina era ahora “una Cuba sin mística”. Alguien me pregunta si sé algo de mi familia como si pensaran que en la Argentina ya no hay teléfonos ni e-mails ni nada. Alguien me pregunta si “valdrá la pena” haber rescatado a Riquelme. Alguien me cuenta un chiste terrible de náufragos que empieza con un barco que se hunde, sigue con la aparición de una isla a la que llega un náufrago que, al cavar en busca de agua dulce y salvadora y cansado de no recibir respuesta alguna a tantos mensajes en botellas, hace un agujero muy grande y termina con una isla que se va a pique.

SIETE El problema no es venir de los barcos. El problema es ir siempre, una y otra vez, hacia el mismo iceberg. Y volver a naufragar. Y –cantando “La Balsa”, otro de esos himnos tan nuestros sobre cómo disfrazar la derrota de victoria donde naufragar es, cosa rara, sinónimo de navegar– encallar en lo que antes era un país con potencia de continente y ahora es una islita, alguna palmera, cocos y varios millones de marineros náufragos cansados de ser tratados como perejiles. Y de hundirse.

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